CAPÍTULO 3
“¿Has
visto alguna vez algo que da tanto miedo, que se lo quieres mostrar a alguien
más?”
En el azul de sus ojos pude ver arrepentimiento,
cuando finalmente cruzó el umbral y avanzó al interior de nuestro hogar, avergonzado,
aquella tarde gris de otoño. Pero no lo entendí hasta que siguió a mi madre
hasta la sala de estar, donde ambos, y a solas, dieron inicio a una larga
charla.
La severidad en el tono de voz de mi madre me dejó
de piedra, porque aún sin verla, desde donde me encontraba —sentada al pie de
las escaleras—, pude advertir que no deseaba dar su brazo a torcer, mientras
oía las sinceras disculpas del doctor Würm por su indebido comportamiento. Sin
embargo, a pesar de su postura tan fría, la que había adoptado después de
nuestra última cita en su oficina, mi madre terminó cediendo. ¿Debido a qué? A
qué sabía que en sus manos no estaba la ayuda necesaria que me podría brindar.
Sí, de alguna forma lo necesitaba.
Después de un largo silencio, el que me impacientó,
mi madre pronunció mi nombre un par de veces para que retornara a la sala, de
la cual me había marchado hacía algo más de media hora, en el preciso instante
en que oímos tocar la puerta, cuando el doctor Nicholas Würm había vuelto a
aparecer para pedirle a mi madre que le otorgara unos minutos de su tiempo.
Cuando hice ingreso a la sala de estar, lo primero
que vi fue la serenidad en el rostro de aquella mujer, la que me transmitía una
bondad sin límites. La adoraba. Mi madre era mi vida, así como también todo mi
mundo.
—El doctor Würm quiere hablar contigo un instante.
¿Qué me dices, cariño?
Tragué saliva ante su petición, intuyendo que algo,
a partir de la visita de él a nuestra casa, había cambiado.
Al ver que yo no decía nada, ella prosiguió.
—¿Hija, tienes un minuto para concederle?
La verdad, no sabía qué responder. Yo… no deseaba
volver a revivir lo que al interior de su oficina se había desarrollado.
—Podemos dar un paseo por los alrededores de la
propiedad, si lo deseas. Afuera el aire todavía está tibio —me sugirió muy
amablemente.
Sin nada más que añadir a las palabras del
profesional de la salud, solo asentí y me volteé en el acto, dándole a entender
con ese gesto que mi respuesta era completamente afirmativa.
Al instante de que ambos cruzáramos el umbral, que
separaba el antejardín de la entrada de nuestra casa, que ahora se vestía de
una infinita gama de colores marrones, todo y gracias a las hojas secas que
yacían en él, recorrimos los alrededores de esta, hasta llegar a un pequeño
parque, solitario y vacío, en el cual se encontraban unos columpios añosos.
—¿Te quieres sentar? —inquirió el doctor Würm,
mostrándome uno de ellos.
—¿Usted? —pregunté de vuelta y en relación a que si
también deseaba hacerlo.
—Por supuesto. Aún no estoy tan viejo como para no
saber de qué va esto —me advirtió tras guiñarme uno de sus ojos claros.
Muy lentamente comenzamos a mecernos, todavía en
silencio, mientras oíamos el chirrido de las viejas y oxidadas cadenas que
sostenían el aparato, del armazón de fierro forjado que colgaban, así como
también, uno que otro trinar de lo que parecía ser el canto de alguna
golondrina; seguramente, aún no había conseguido emigrar en busca de comida y
refugio.
—Lo siento. —Así dio inicio a nuestra conversación—.
De verdad, Gala, lamento haberte presionado para que tú…
—Está bien. No es su culpa, sucedió, como ocurre
comúnmente. Ellos solo vienen a mí.
Mientras el doctor Würm me oía y no acotaba nada,
me animé a recoger del piso una brillante y hermosa hoja dorada por el ciclo
otoñal, la que hice girar varias veces con dos de mis dedos.
—¿Y conoces la razón? —prosiguió, admirando el
horizonte.
—No. ¿Deber existir una?
—Creo que sí, Gala.
—¿Y cuál sería esa razón, doctor Würm?
—Porque necesitan de tu ayuda, por ejemplo.
—¿Todos? —respondí enseguida, sorprendiéndolo.
—¿A qué te refieres con “todos”? —Ansió saber.
—No todo el mundo puede verlos, ¿verdad?
—Así es. No todos podemos hacerlo.
—¿Y por qué yo sí puedo y usted no?
—Porque tú eres especial, y posees ese don que yo
no tengo.
—¿Don? A veces me gustaría no poseerlo —confesé y
clavé la vista en la hoja que aún hacía girar con mis dedos.
—¿Por qué?
—Porque no solo siento miedo.
—¿Y qué más sientes, Gala? —inquirió levemente
interesado.
—Dolor. —Dejé escapar un profundo suspiro.
—Ellos… ¿te lo provocan?
Moví la cabeza hacia ambos lados antes de
responder.
—No. Ellos lo sienten y me lo transmiten —afirmé
convencida—, tal y como lo sentía su madre ese día, cuando la vi.
Un nuevo mutismo nos envolvió, el que nos hizo
respirar con más intensidad, como si ambos, de pronto, hubiésemos perdido el
aliento.
—Tus palabras… —manifestó, retomando el habla—, ya
las conocía. Y tenías razón —sonrió a medias—, ella las escribió para mí en una
carta. Una carta que… me dejó antes de tomar la decisión de despedirse de este
mundo.
—¿Logró perdonarla, doctor Würm?
Al oírme, su barbilla tembló.
—Aún me cuesta mucho trabajo hacerlo. —Sollozó
bajito, al mismo tiempo que clavaba la vista en el piso polvoriento y en
algunas hojas rotas y resquebrajadas.
—Lo siento mucho.
—También yo.
—¿La extraña?
—No imaginas cuánto. Después de tanto tiempo
transcurrido, todavía me hace muchísima falta.
Sin siquiera pensarlo, terminé situando una de mis
manos sobre su extremidad, más, específicamente, sobre la chaqueta gruesa y de
color caoba que vestía.
—Ella necesita su perdón. Quizás, usted, algún día
podría…
—Tal vez, algún día, Gala. Sé que eso sucederá…
algún día.
Asentí en concordancia a ello.
De pronto, una fría ventisca arremolinó mi rojo
cabello, desordenándolo y llevándose con él la hoja que sostenía con mis dedos.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—¿Podría elegir no contestarla?
—Estás en todo tu derecho a hacerlo.
—Entonces, hágala, doctor Würm.
Tomó aire antes de proseguir.
—Un día leí por ahí que ellos desean volver a
formar parte de nuestro mundo.
Lo miré atentamente a la profundidad de sus ojos
claros.
—Gala… ¿Ellos te han tocado alguna vez?
—No —respondí, viendo como sacaba desde el interior
de uno de los bolsillos de su pantalón algo envuelto en una tela de color rojo,
que deshizo delante de mí, pero sin llegar a tocar el contenido con sus dedos.
A pesar de mi repentina curiosidad, mantuve la
calma.
—Es para ti —dijo, después de unos minutos de
silencio. Entretanto, y al escucharlo, solo parpadeé, confundida.
—Es un regalo simbólico —me anunció.
—¿Simbólico?
—Sí, y también de protección. Me gustaría que lo
llevaras contigo, siempre. —Al terminar de hablar, por fin destapó lo que pude
apreciar en todo su esplendor. Tenía frente a mí un medallón ovalado, que en su
parte frontal se hallaba tallado un signo, no con mucha elaboración, y el que
jamás había visto, hasta este momento.
—No sé si pueda aceptarlo, no quiero contradecir a
mi madre sobre lo de aceptar regalos.
—No la vas a contradecir, ella ya sabe de esto.
Tranquila, en nuestra conversación le expliqué que te lo daría.
Me lo tendió frente a mis manos, esperaba que lo
tomara.
—Pero no voy a obligarte a aceptarlo. Aunque… me
gustaría que así fuera. Tómalo como… el regalo de un buen amigo.
—Pero usted es mi doctor.
Lo hice sonreír con aquello.
—No imaginas lo que me gusta volver a escuchar eso.
Después de meditarlo, algo en mí me hizo
extrañamente alzar las manos para finalmente tomar el medallón, cuando de su
boca volvía a oír vigorosamente:
—Nunca te lo quites, por favor.
Intenté comprender sus entrelíneas, porque allí
había algo más, estaba segura, solo era cuestión de tiempo que yo lo
descubriese.
—Su nombre es Algiz, y es una runa —reveló,
mientras lo exploraba con mis dedos, percibiendo su relieve, sus contornos y su
textura—. ¿Sabes lo que es una runa?
—No. Lo siento.
—La palabra runa significa “lo que se susurra al
oído, lo secreto o lo desconocido”. La naturaleza y el universo inspiran el
significado de las runas. Y quienes las interpretaron en la antigüedad, con el
correr del tiempo, fueron agregándole simbolismos a cada una de ellas.
—Como el que tiene la que usted acaba de regalarme.
—Así es, Gala, y reglas también.
Enarqué una de mis colorinas cejas al no comprender
a qué se refería con ello.
—Regla número uno, jamás te lo quites —reafirmó un
tanto serio—. Algiz va a protegerte. Esa es su misión.
—¿De ellos? —Anhelé saber, sin despegar mis ojos
verdes de lo que tenía entre mis manos.
—Sí, de todos ellos —aseveró realmente convencido,
transmitiéndome su incomparable seguridad.
—¿Cómo está tan seguro de eso, doctor Würm?
—Porque conozco su poder, Gala.
Tragué saliva con prontitud, al mismo tiempo que él
añadía:
—Ahora, póntelo, por favor.
Obedecí a su requerimiento, preguntándole, además,
por la regla número dos.
—Confía en tus instintos, siempre.
—¿Hay más reglas que deba conocer?
—Las hay —asintió un par de veces—, pero ya
tendremos tiempo tú y yo para hablar de eso.
Tras otra fría ventisca que nos entumeció, me quedé
viendo, inesperadamente, el horizonte, como si algo o alguien estuviese allí,
acechándonos. Y él lo notó de inmediato.
—¿Qué ocurre? ¿A quién ves?
—A un hombre —declaré, temblando—. Hay un hombre
que me está mirando. ¿Usted lo puede ver?
El doctor Würm lo admiró todo a su alrededor,
constatando de que allí no había nadie más que ambos.
—Deberíamos irnos a casa, en esta estación el
tiempo es muy cambiante. Además, tu madre debe estar preocupada.
Ratifiqué sus palabras viendo cómo se ponía de pie
y se apartaba serenamente del columpio.
—Y no tengas miedo, solo haz como si él no
estuviera aquí. Como si no existiera.
—No creo que pueda hacer eso —comenté nerviosa e
intranquila, levantándome también desde donde me encontraba sentada, oyendo aún
el rechinar de las cadenas del columpio, que no cesaba de balancearse de
adelante y hacia atrás.
—Al menos, inténtalo.
Sin embargo, mientras asentía por tercera o cuarta
vez, un insólito escalofrío recorrió mi cuerpo.
—Todo irá bien. Y recuerda lo que te he dicho con
respecto a Algiz.
Comenzamos a caminar con destino a casa, mientras
él desarrollaba una conversación superflua; tal vez lo hacía para mantener mi
miedo al margen y para que así yo pudiera olvidar a quien seguía, muy atento, cada
una de nuestras huellas.
—No les temas —dijo cuando ambos subíamos las
escaleras de la entrada de la propiedad de mi madre, deteniéndose en una de
ellas—, los muertos no pueden hacerte daño, pero los vivos sí.
—¿Esa es la regla número tres?
—Veo que aprendes rápido, Gala.
A continuación, lo vi sonreír a medias, y después
levantar una de sus manos, incitándome con ese sutil y delicado gesto a que
entrara prontamente a casa; así lo hice, mientras él volvía a observar a su
alrededor, como lo había hecho la vez anterior, queriendo encontrar, tal vez, a
un fantasma.
****
Aquel recuerdo se esfumó rápidamente de mi mente
cuando sentí la puerta abrirse de par en par, y vi entrar por ella a Daniela,
cargando un par de cafés en cada una de sus manos.
El reloj de pared ya marcaba las seis de la mañana
con cuarenta y ocho minutos, mientras que afuera, el día, muy lentamente,
comenzaba a aclarar.
—Gracias —dije desperezándome, apartándome por un
instante del módulo en el que me encontraba todavía trabajando, junto al
microscopio y las muestras que habíamos obtenido ya entrada la madrugada.
—Pensé que lo necesitabas.
—Pensaste muy bien. Mi cuerpo, así como mi humor te
lo agradecen infinitamente.
Mi colega sonrió y luego bebió un buen sorbo de su
agrio café, cuando el teléfono de la sala comenzaba a sonar, llamando nuestra
atención de inmediato.
—Yo iré —me anunció, dejando la taza caliente sobre
una pequeña mesa. Luego, la oí tomar la llamada, mientras yo bebía, en
comparación a ella, de mi dulce café—. Habla la doctora Villegas. Sí, perfecto.
Hazlo pasar al salón de reuniones, por favor, la doctora Falcó baja enseguida.
Gracias por avisarnos. Adiós.
—¿Ya está aquí? —pregunté al ver cómo cancelaba la
llamada. Por el resplandor de sus ojos me di cuenta que su respuesta obedecía a
un perfecto “sí”.
—Acaba de llegar, y puntual, como siempre.
—¿Podrías entretenerlo por mí? Necesito ordenar los
documentos. —Sonreí tras guiñarle uno de mis ojos claros.
—Eso es música para mis oídos. Te esperamos arriba.
Gracias.
—Gracias a ti.
Bebí otro sorbo de mi caliente café, cuando ella
hacía abandono del módulo, radiante; sabía lo mucho que a mi compañera le
gustaba ese hombre, por ende, también sabía que unos minutos disfrutando de su
compañía no le vendrían nada de mal.
Con agilidad ordené el informe que había impreso
hace más o menos media hora, y con él, más mi taza ahora tibia de café,
abandoné la sala para caminar, tomándome mi tiempo, hacia uno de los ascensores.
Un par de minutos después, bebí el último sorbo mientras me detenía frente a la
puerta de la sala de reuniones, la que toqué un par de veces antes de entrar,
para no interrumpir lo que fuese que allí dentro estuviese sucediendo.
—Buen día —saludé, creyendo que Daniela aún estaba
ahí, a quien no vi por ningún lado, precisamente.
—Buen día, doctora Falcó —me saludó el hombre que
ahí se encontraba, poniéndose rápidamente de pie, dejando entrever, como
siempre, su elevada estatura, además de su afabilidad—. ¿Cómo se encuentra hoy?
—dijo, estirando una de sus manos, mientras sonreía de medio lado.
—Un tanto cansada debido a que sus subalternos no
están haciendo su trabajo como corresponde, Comisario Santander. —También le
dediqué una sonrisa, un tanto agria, pero sonrisa al fin y al cabo, mientras
estrechaba su mano en señal de saludo.
—¿Qué le puedo decir? —prosiguió, admirándome con
cierta altanería, una que por lo demás era innata en él.
—¿Dónde está Daniela, por ejemplo?
—Tuvo que salir a atender un llamado importante.
Pero ya que está aquí, podríamos comenzar a charlar, ¿no le parece? —Enarcó una
de sus castañas cejas antes de volver a hablar—. Tú dirás, Gala. ¿Qué tienes
para mí? —Abordándome con la confianza de siempre, la que salía a relucir,
particularmente, en instantes como este.
En el acto le tendí el informe detallado de mis
análisis, mientras tomaba asiento en una silla, frente a él.
—Amanda no se suicidó, Camilo. Amanda fue
asesinada.
—¿Su cadáver te lo dijo? —formuló burlonamente,
tomando la carpeta para comenzar a revisarla, también sentándose frente a mí.
—Sí —sostuve decididamente, contemplándolo fijo,
mientras él me observaba a mí y luego a lo que tenía entre sus manos.
—¿Quieres intimidarme para que de una vez por todas
termine cayendo rendido a tus pies? —Sonrió una vez más, al mismo tiempo que se
relamía los labios, dichoso.
—Sabes muy bien que ese trabajo no es mío, sino de
alguien más.
Camilo movió su cabeza de lado a lado mientras
continuaba leyendo con muchísima atención cada línea del informe.
—No eres Cupido, Gala. ¡Cuántas veces debo
decírtelo para que comprendas mis palabras!
—¿Por qué eres tan obcecado? Daniela es una gran
mujer.
—En eso tienes toda la razón. Tu colega es una
mujer increíble, pero no es mi tipo. Lo siento.
Al oírlo, suspiré profundamente.
—¿Cómo que no es tu tipo?
—No es mi tipo, Gala, no me gusta como mujer. Sí,
es hermosa, inteligente, interesante, divertida, pero… —alzó sus hombros—, no me
atrae, no me provoca, por decirlo de alguna manera.
—No te provoca —repetí, como no creyendo en sus
palabras.
—Eso fue lo que dije —añadió, cuando cambiaba su
postura y comenzaba a acariciar con una de sus manos su barbilla, por sobre la
prominente barba oscura que la cubría. De un momento a otro, entrecerró la
mirada al corroborar los dos informes y darse cuenta de lo evidente—.
¿Femicidio? —inquirió seriamente, depositando su ahora fría mirada en la mía.
—Su ex pareja demoró tres días en hacer la denuncia
de su desaparición. ¿Extraño no? Más aún, hay un detalle muy relevante que
llamó poderosamente mi atención.
—¿Y cuál es ese detalle?
—Amanda sí sabía nadar.
Entrecerró la vista por algo más que un breve
instante, confundido.
—¿Cómo puedes afirmar algo como eso con tanta
seguridad?
—Porque murió envenenada, y no por inmersión o
hipotermia, como detalla el vago informe de los peritos de tu unidad.
Camilo me retó con su mirada castaña, como solía
hacerlo siempre.
—¿Estás segura?
—Al cien por ciento, Camilo.
—¡Vaya! Una vez más, me dejas totalmente
sorprendido con cada una de tus apreciaciones.
Al oírlo, crucé mis brazos por sobre mi pecho y
recliné mi espalda contra el respaldo de la silla, imitando su postura.
—No deberías sorprenderte de mí, sino de quienes
están a tu cargo y del mediocre trabajo que realizan. Se supone que son profesionales.
Camilo abrió la boca y luego la cerró, en el preciso
instante en que sus dedos tamborileaban en la mesa de reuniones, que se
encontraba a un costado de él.
—Esa mujer necesita justicia, y tú se la vas a dar.
Un perturbador silencio nos envolvió, hasta que él
lo rompió, cuando decidió realizar un par de llamadas muy, pero muy exasperado.
Lo vi deambular por el salón con su figura
imponente, mientras se llevaba una y otra vez una de sus manos a su cabello
castaño y le entregaba las correspondientes órdenes a quien oía, del otro lado,
su prominente voz de mando.
—¡Ahora! —enfatizó soberbiamente, elevando su
cadencia y finalizando la llamada. Después de eso, guardó un incómodo silencio,
mientras balbuceaba lo que no logré llegar a comprender.
—Respira —le sugerí de inmediato, viendo como
lentamente se volteaba hacia mí y ponía sobre mis ojos su mirada impaciente,
además de furiosa.
—¿Disculpa?
—Que respires o podrías llegar a ahogarte.
—¿Estás hablando en serio o solo quieres joderme?
—Daniela ansía joderte, pero no en la connotación a
la que te estás refiriendo. ¿Se entiende lo que acabo de decir? Por mi parte, solo
pretendo que te calmes.
Camilo tomó aire y cerró los ojos. Sí, comenzaba a
sacarlo de quicio con cada uno de mis enunciados.
—Así que siéntate, por favor, que comportándote
como un embrutecido neandertal, no conseguirás nada.
Y como por arte de magia, así lo hizo,
obedeciéndome.
—¿Algo que añadir a nuestra interesante conversación,
doctora Falcó?
—¿Sigues cuidando tu presión? Recuerda que ya no
eres el chico apuesto de veintitantos —bromeé malévolamente para distender este
tenso momento.
En el acto, Camilo liberó un par de carcajadas,
mientras echaba la cabeza hacia atrás y volvía a suspirar, profundamente. Entretanto,
y sin nada más que añadir, me levanté y caminé hacia la puerta. Y cuando
conseguí llegar a ella, su grave voz me detuvo y contuvo rápidamente.
—Y tú sigues siendo la misma chica de siempre. La
dueña de esa preciosa e inconfundible mirada.
No tuvo que decir más para que todo mi rostro se
enrojeciera al instante.
—¿Ya te vas? ¿Así? ¿Sin despedirte?
—Sí, tengo cosas aún por hacer.
—¿Aquí? —Quiso saber, poniéndose también de pie.
Asentí, evitando entregarle más detalles.
—Lo que necesites puedes pedírselo a Daniela. —Le
otorgué un guiño.
—Gala, no comiences, por favor.
—Discúlpame, a veces olvido que soy un poco
obsesiva. Es mi TOC. —Sonreí.
—Como con tu trabajo. —Caminó hacia mí, hasta que
se detuvo a unos pocos centímetros de mi cuerpo—. No deberías preocuparte de
Daniela o de mí, sino de ti.
—Si te refieres a eso del “amor”, no lo necesito,
Camilo. Gracias.
—¿Estás segura?
—Muy segura.
—No te creo —profirió, mientras volvía a admirarme
con su analítica vista, impaciente y a la vez amenazante.
Me giré sobre mis talones, y cuando decidí tomar el
pomo de la puerta para salir de allí, Camilo, con una de sus interrogantes
volvió a detenerme.
—¿Aún no puedes verlo?
Tragué saliva y me estremecí. Sin tanto detalle,
sabía a quién se refería exactamente.
—No. —Mentí por razones más que obvias.
—Lo siento.
—También yo —respondí, cuando desde fuera abrían la
puerta. Era Daniela la que volvía a hacer ingreso a la habitación.
—¿Se puede?
—Por supuesto.
—Pero tú dónde vas…
—Tengo mucho trabajo aún por realizar. Por de
pronto, el Comisario Santander se remitirá a ti si necesita alguna información
relevante. ¿Puedes hacerte cargo?
—Claro que sí.
—Doctora Falcó… —expresó Camilo al verme cruzar el
umbral, sin siquiera voltearme. Detuve mis presurosos pasos una vez más, y a
regañadientes terminé girándome para verlo por última vez.
—¿Sí, Comisario?
—Gracias por la información.
Asentí conforme a su enunciado.
—Con permiso —fue lo último que mencioné, pero al
dar algo más que un par de pasos recordé súbitamente cierto detalle que había
pasado por alto. Por ende, decidí regresar para decirle—: Comisario…
—¿Sí?
—Amanda llevaba un anillo.
Al oírme, Camilo enarcó una de sus frondosas cejas.
—Tiene una marca en su dedo anular, el que
obviamente no estaba en su sitio al momento del hallazgo de su cuerpo.
—Tal vez la marea se lo llevó —contestó, planteando
una supuesta hipótesis.
—Cuando yo hablo de marca, Comisario, significa que
el anillo estaba metido en su dedo a presión, y por ende, no era de su talla.
Si le hubiese quedado holgado, créame, no le estaría haciendo este tipo de
comentario.
—¿A dónde quiere llegar? —insinuó con altivez,
cruzando sus brazos por sobre su pecho.
—Al parecer, esa joya era bastante importante…
—Como para que se la hubiesen arrancado, ¿no?
Indudablemente, ambos volvíamos a estar en sintonía
después de tanto tiempo.
—Una vez más, muchas gracias doctora Falcó.
—No tiene que dármelas, es parte de mi trabajo. —Y
sin nada más que decir o hacer, me volteé para seguir mi camino, sintiendo todo
el tiempo las miradas de Daniela y de Camilo recaer sobre mí.
—Debería divertirse —profirió mi colega una vez que
ambos se quedaron a solas—. Es una mujer maravillosa como para que termine
quedándose sola, ¿no crees?
Él solo asintió y guardó silencio, llamando de
inevitable manera la atención de quien ahora se hallaba junto a él.
—¿Crees que Klaus despertará?
—Es lo que todos queremos y lo que todos esperamos
que suceda.
—¿Hace cuánto lo conoces, Camilo? —formuló Daniela con
cierta intriga.
—Exactamente… desde hace muchísimo tiempo. Él y yo
fuimos muy buenos amigos.
—¿Fueron? ¿Y se puede saber lo que los separó?
—El destino, Daniela —contestó, observando todavía a
la mujer que se perdía a lo lejos, por uno de los pasillos del Servicio Médico
Legal—. Esa cosa a la que todos llaman… destino.
Continuará...
**Próximo capítulo de "Almas Errantes", martes 18 de diciembre.
Cariños y muchísimas gracias por cada una de sus lecturas.
¡Besos!

No hay comentarios.:
Publicar un comentario