“La muerte y yo firmamos un pacto. Ni ella me persigue, ni yo le
huyo a ella. Simplemente, algún día nos encontraremos y no será, precisamente,
para tomarnos un café. ”
Gala.
Almas Errantes
Saga
Médium
1
ANDREA VALENZUELA ARAYA
Prólogo
“Hay
dos maneras de difundir la luz:
Ser
la vela, o el espejo que la refleja”.
Recuerdo que una vez, creo que fue a la edad de
siete años, le dije a una monja de mi colegio que sus luces eran más brillantes
que las que poseía la madre superiora de la congregación.
“¿Qué luces?”, contestó, arrugando el entrecejo
mientras me contemplaba dubitativa.
“Esas luces”, afirmé convencida, señalándoselas inocentemente
a su espalda.
Y también recuerdo como, a partir de ello, toda mi
vida cambió.
Ante ese episodio, me enviaron a rezar varios Padrenuestros
y también Avemarías como castigo; era obvio, creían que mentía, y mentir es un
pecado. Pero lo peor vino después, cuando supusieron, con el correr del tiempo,
que estaba desarrollando a pasos agigantados alguna enfermedad mental producto
de lo que yo veía, porque aquello no se detenía. Al contrario, esas luces
seguían ahí, alumbrando a cada persona, sin que yo supiera cuál era su real
significado.
Mi nombre es Gala, nací un 23 de junio, una noche
de San Juan. Tal vez, eso explique de alguna forma el color rojo fuego de mi
cabello, y que en otra época hubiera desencadenado, sin duda, una persecución y
una posterior quema de mi persona, todo en nombre de Dios y de la “Santa
Iglesia”, al denominárseme una bruja.
Mi madre, enamorada de la tonalidad de mi pelo y el
color níveo de mi piel, además de las pecas que poblaban mi rostro, solía
dibujarme a mano alzada, quizás, para así no sentirse tan miserable por no
haber podido estudiar la carrera profesional que añoraba. Su padre jamás se lo
permitió, mencionándole que con ello jamás iba a darle de comer a sus hijos.
Sumisa, ella aceptó sin nada que hacer frente a un padre extremadamente católico,
autoritario, pendiente del qué dirán, muchas veces inescrupuloso, violento, y
que para nada practicaba lo que profesaba con tanto fervor, y quien un día decidió
relegarla al trabajo de la casa, ocultándola entre las cuatro paredes de la
propiedad para que no hablasen de ella a sus espaldas, para que no la apuntasen
con el dedo… Sí, prefirió humillarla al ser lo que era, una madre soltera, de
la cual se sentía verdaderamente muy avergonzado.
Natalia…
Natalia se llamaba.
****
Como cada mes dejo sobre su tumba un ramo de rosas
blancas, sus preferidas, mientras deposito una de mis entumecidas manos sobre
las letras en color dorado que conforman la frase que releo, evocándola, al
mismo tiempo que con mi mano libre sitúo un mechón liso de mi cabello salvaje,
producto de la ventisca y humedad que azota el lugar, por detrás de una de mis
orejas. Y suspiro, porque sé que está bien. Ella ahora sí está en buenas manos.
Después de un breve momento de silencio, siento
unos pasos que se dirigen hacia mí, cautos, pero firmes. Estoy de espaldas a
ello, no puedo verlo, menos saber que es un hombre el que viene hacia mí;
aunque sé que es él, algo en mí me lo dice, mientras acaricio la frase que
refleja quien realmente fue mi madre, una mujer valiente, trabajadora, generosa
y abnegada.
Unos segundos después, suspiro con profundidad al
percibir cómo se detiene, sin dejar de observarme, interesado.
Espera que hable… lo sé.
—Nuestras noches siempre fueron todo un ritual
—comienzo, siempre dándole la espalda, mientras me oye en silencio—. Solía leerme
cuentos después de haberse asegurado que me hubiese bebido toda la leche que
minutos antes había preparado para mí. —Sonrío fugaz—. Luego de ello, me cubría
hasta la barbilla, viendo cómo mis ojos se cerraban lentamente; sabía que
luchaba en vano por no quedarme dormida. Y cuando eso sucedía, me apretujaba
contra ella mientras le pedía a su Dios por mí, por nosotras, por ella… Un Dios
que, al parecer, jamás solía escucharla.
—¿Por qué lo dices? —pregunta, posicionándose a mi
lado, deteniéndose al fin. Por mi parte, clavo mis ojos en sus zapatos negros y
lustrosos antes de proseguir y sentir un nudo que crece en mi garganta.
—Porque él jamás la protegió, aun cuando mi madre
se lo rogaba todas las noches.
—Lo siento —menciona, fijando sus ojos en el ramo
de flores que yace sobre la tumba de mi madre—. ¿Las colocarás en agua? —Ansía
saber.
—No. De todas formas van a marchitarse.
Asiente sin nada más que añadir a nuestra escueta
conversación, mientras gira su rostro hacia mí para contemplarme con ligereza.
—Qué hay de las pesadillas, ¿a su lado también
solías tenerlas?
—No. Solo venían cuando ella me abandonaba y
cerraba la puerta de mi dormitorio. A veces… soñaba con serpientes que venían
hacia mí, fieras, bravías, pero un tanto cautelosas, como si esperaran el
instante propicio para atacarme. Pero otras veces… eran, más bien, presencias
quienes me acechaban, oscuras, desafiantes, sin rostros…
—Humanas —acota, como si lo supiera o las hubiese
visto en alguna oportunidad.
—Sí. Me alegra que aún… lo recuerdes —respondo
vacilante, volteando mi rostro hacia quien sigue viéndome sin siquiera
parpadear.
—He tomado muchas notas sobre ello.
—Eres mi psquiatra. Después de todo, ese es tu
trabajo, ¿o no?
Frente a mi comentario, sonríe de medio lado y
asiente, fijándose, además, cómo mis ojos claros vuelven a situarse en la tumba
de mi adorada madre.
—Por un momento creí que… después de tanto tiempo… ya
éramos más que conocidos, Gala.
En ese minuto, el viento frío sopla, arremolinando
mi largo cabello.
—¿Qué haces aquí? No deberías pisar este sitio.
—¿Te preocupa que lo haga?
—Sí —respondo sin avergonzarme de ello.
—Necesitaba verte —confiesa sin tomarse un solo respiro.
Entretanto, yo necesito más de uno para mantenerme serena y no desfallecer.
—Tu lugar es otro, Klaus. Tu lugar no está aquí,
compréndelo. —Abro y cierro mis gélidas manos, empuñándolas fortísimo, hasta
clavar mis uñas en las palmas, advirtiendo cómo él abre y cierra la boca para
expresar lo que jamás pudo decir.
»Tu padre nunca me consideró una loca. Es más, tu
padre siempre creyó en mí, a pesar de todo. —De manera tajante cambio el tema
de nuestra conversación. Es necesario. Por su parte, Klaus no dice nada, solo
se remite a guardar silencio, mientras oye cómo me despido de mi madre,
viéndome después girar sobre mis talones para empezar a caminar por sobre la
verde hierba y por entre las cientos de tumbas del parque mortuorio en el cual,
esa tarde, nos encontramos.
Sigue mis pasos, al tiempo que su grave voz vuelve
a manifestar:
—Nunca lo has estado, Gala.
—¿Estás hablando como médico o como un simple
mortal?
—Estoy hablando como lo que soy —me advierte
sencillamente, deteniéndose, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón
del traje oscuro que luce, el que yo bien recuerdo.
—Luces alrededor de las personas —articulo en un
susurro y solo para mí, también deteniendo mi andar, mientras que muy lentamente
giro todo mi cuerpo hacia él, para finalmente clavar mis ojos en la oscuridad
de los suyos.
»Cuando percibía presencias, todo parecía
congelarse a mi alrededor. Oía también pisadas y murmullos —trago saliva y
continúo—. Crecí sin saber qué era aquello, hasta que conocí a tu padre y él se
interesó en mí.
—Y aquellas presencias… —Klaus camina hacia mí, viéndome
con fijeza.
—Eran reales y no formaban parte de mis pesadillas.
Lo entendí cuando cumplí 13 años de edad y vi finalmente a mi abuelo oculto
detrás de una de las cortinas de mi habitación, a quien, ciertamente, habíamos
velado y enterrado hacía ya una semana.
Muy delicadamente, y como lo hace siempre, toma mis
manos y las entrelaza con las suyas. Estas aún están tibias.
—Quería hablar con ella. Mi abuelo quería decirle
lo que en vida jamás se atrevió a manifestar.
Siento cada uno de sus apretoncitos. Sí, me oye
atentamente.
—La culpa no lo dejaba descansar en paz, Klaus.
Por unos segundos, obvio su insistente mirada y
vuelvo a clavar la mía en sus zapatos negros y lustrosos, cuando me suelta para
que yo me deje abrazar por él. De inmediato, su perfume con notas amaderadas de
cedro, sándalo, vainilla y canela se cuela por mis fosas nasales,
hipnotizándome, dejándome a su merced.
—Todos tenemos una misión en el mundo y nadie viene
aquí para no hacer nada. Solo hay que saber escuchar… Solo hay que saber
escuchar —expreso y suspiro al mismo tiempo que mi cuerpo se estremece debido a
su inminente cercanía. Acto seguido, cierro mis ojos y deposito mi cabeza sobre
su pecho. Sí, me quedaría así por el resto de mis días.
Unos segundos después, logro desprenderme de él a
regañadientes.
—¿Y qué sucedió con aquella presencia, Gala?
Se refiere a mi abuelo.
—Finalmente se marchó. Ahora está… donde siempre
debió estar. Del otro lado. —Vuelvo a sacudirme ante aquel espantoso recuerdo
que todavía consigue intimidarme.
—¿Tu madre alcanzó a escucharlo?
—A él no, pero a mí sí —enfatizo, para luego sonreír
de medio lado.
—Gala…
—Lo sé, no tienes que repetírmelo. Todos y cada uno
de nosotros moriremos algún día. Unos, más pronto que otros, tal vez.
Sus ojos me lo dicen. Siempre hay escepticismo en
la calidez de su mirada.
—Yo no tengo que convencer a nadie, no estoy aquí
para eso. Muy tarde lo comprendí. Pero aunque no lo creas, aunque no lo
sientas, aunque dentro de ti gane la batalla el poderoso y científico argumento
que solo tú y yo conocemos, cuando te ocurra algo, o te estés muriendo, te
acordarás de mí, y acabarás diciendo, sí, esa demente tenía razón. Ahora…, sin
más preámbulos, necesito que te vayas.
—¿Realmente quieres que me vaya? —formula incrédulo
y lleno de dudas, enarcando una de sus castañas cejas.
No. No lo quiero, pero sé que es lo mejor.
—Te lo repito, Klaus, este no es tu sitio. Tu lugar
no está aquí.
Me observa como si no acabara de comprender el par
de enunciados que acabo de proferirle.
—Entonces, ¿dónde está mi sitio? Dime, ¿a dónde
debo ir?
Pretendo sonreír, más no puedo hacerlo, maximizando
el espacio que nos separa.
—No hace falta que yo te lo diga, cuando tu corazón
ya lo sabe.
Nuestras miradas se conectan, como hace tanto que
no lo hacen, mientras a nuestro alrededor el viento frío vuelve a soplar, recordándome
que yo sí lo siento. Con posterioridad, mis ojos se humedecen debido a
las lágrimas que se agolpan en ellos y también, gracias a los inevitables
recuerdos que se niegan a abandonarme.
—Debes irte, Klaus.
—¿Por qué? —formula desconcertado, embelesado por
el brillo particular de mis ojos claros.
—Porque ya debes despertar.
Sin más, me alejo de él apresuradamente, y sin
voltearme a verlo, replico tan solo para mí lo que he mencionado desde que comenzó este maldito martirio.
—Solo respira, Klaus. Por favor… solo vuelve a
respirar.
Continuará...
**Próximo Capítulo de "Almas Errantes" 1, Saga Médium, 3 de diciembre.
¡¡No te lo pierdas!!
Y desde ya, muchísimas gracias por brindarme tu tiempo y animarte a leer y conocer el transcurso de este, mi nuevo proyecto y aventura literaria.
¡Nos leemos!
Besos.
