jueves, 24 de enero de 2019

Saga Médim / Almas Errantes Capítulo 6




CAPÍTULO 6



“Lo único que nos separa de la muerte es el tiempo.”

Imagina lo que ocurre cuando soñamos, y para nosotros esa es la realidad. Solo logramos comprender que era un sueño cuando despertamos. Claro que para despertar se necesita un cuerpo físico, así que, entonces, ¿qué pasaría si de pronto ese cuerpo físico ya no estuviera? Es muy simple, no tendríamos los medios para salir de esa realidad alterna y entender lo que nos ha sucedido.
»Así el médium se vuelve un elemento clave, ya que si sabe cómo hacerlo, puede prestar por un momento su cuerpo para que esa persona despierte y recuerde lo que ha sucedido, es decir, que ha fallecido. Solo así ese ser será capaz de ascender hacia la luz, para ir a donde todos vamos.
—Eso quiere decir que ¿toda mi vida seré un instrumento para aquellas almas que no saben a dónde ir y que no saben que están muertas? Solo tengo dieciséis, doctor Würm, ¿cómo se supone que haré eso? —inquirí un tanto asustada.
—Gala, no tengas miedo, el médium se va encontrando con estos fenómenos que produce su habilidad, de una forma accidental, sin siquiera proponérselo, y poco a poco va descubriendo sus dotes.
—¿Y qué cree usted que sucedería si yo rechazo estos dotes? ¿Si el pavor que siento es más fuerte que mi voluntad?
—Intentarías taparlos, como se le dice habitualmente.
Mi cara de contrariedad se lo dijo todo.
—Es decir, tratarás de evitar desarrollarlos, no hablarás de esto con nadie, y si es posible, atrofiarás estas capacidades por miedo a lo que el uso de ellas te ha dejado ver, o lo que se ha manifestado en forma de poder o del tipo de percepción que poseas, como telekinesis, sanación, profecías, comunicación interdimensional, posesión, etc.
Abrí la boca y luego la cerré. Preferí quedarme callada frente a la última palabra que él había pronunciado.
Al verme en silencio, el doctor Würm prosiguió.
—Pero al final casi todos terminan, de una forma u otra, desarrollando en mayor o menor medida esta capacidad. Y es que la vida no nos da dones solo por nada, Gala.
—Una vez, usted me dijo que gracias a mi condición yo estaba en medio de dos mundos.
—Así es, en el cielo y la tierra, en lo material y lo espiritual, y en el de los vivos y el de los muertos —especificó, provocándome con su enunciado que mi menudo cuerpo se estremeciera—. Un médium es… como un faro de luz en medio de la oscuridad —explicó metafóricamente.
Tomé aire repetidas veces, al mismo tiempo que mis ojos se depositaban en el grisáceo cielo que se hallaba en lo alto, por sobre nuestras cabezas.
—A veces, me gustaría ser tan solo una chica normal.
—Lo eres, pero con un propósito concreto, con unos dones concretos, y como los utilices dependerá de las experiencias que tengas, de tu entorno, y también de tu determinación personal.
Ahora, mis ojos se dejaron caer en los suyos. Lo vi sonreír. El doctor Würm, con el paso de los años, ya no era tan solo mi psiquiatra, sino que se había convertido en mi confidente, pero también en mi amigo.
—Solo hay que saber escuchar, muchachita. Recuérdalo siempre, solo hay que saber escuchar.
Con una de sus tibias manos palmeó enseguida una de las mías, pero con cariño, como solía hacerlo siempre.
—Debemos volver. La tarde se está poniendo helada.
Asentí en concordancia a ello.
—Y mis huesos ya lo notan más que ayer y anteayer —se quejó mientras se levantaba del asiento de madera en el cual nos encontrábamos—. Además, ansío probar las galletas de tu madre —acotó, regalándome un travieso guiño.
No pude más que reír frente a eso.
Y como todo un caballero, me tendió uno de sus brazos para que lo tomara, como lo hacía siempre que caminábamos y charlábamos por la ciudad, disfrutando de las hojas cómo caían a nuestro alrededor, en la temporada otoñal, como el frío hacía de las suyas, estremeciéndonos en invierno. Pero también, como las flores renacían en primavera y todo se llenaba de color en verano, mientras en lo alto, el astro rey nos cobijaba brindándonos todo su calor.
De pronto, al cruzar la calzada, y cuando ya nos aprestábamos a entrar al jardín de la propiedad, oímos una poderosa voz a la distancia, una que yo bien recordaba, la que no había escuchado en mucho tiempo, pero que aun así no había conseguido olvidar con tanta facilidad.
—¡Papá!
De la sola impresión que me causó el haberla oído, no pude dejar de temblar. El doctor Würm así lo advirtió de inmediato.
—Tranquila, todo va a estar bien. Es solo Klaus, mi hijo.
Sí, su hijo, a quien no había visto desde aquella vez, cuando se había suscitado “esa particular situación” al interior de la oficina de su padre. Todavía recordaba cómo me había llamado, pero también cómo me había hecho sentir tras sus acalorados gritos y furiosas recriminaciones.
Nicholas Würm se volteó en el acto y sonrió al ver a su hijo como venía hacia él, con una gran sonrisa estampada en su semblante. Evidentemente asombrado ante tamaña sorpresa, levantó la extremidad derecha, en la que sostenía su bastón de apoyo, su nuevo amigo y leal compañero de sus habituales caminatas.
—¡Hijo! ¡Pero qué haces aquí! —exclamó aún tomado de mi brazo. Debido a ello, tuve que girarme hacia él. Klaus había crecido, su cuerpo ya no era el de un muchacho, sino el de un joven atlético de salvaje cabellera castaña, que solía peinar hacia atrás, o en cualquier dirección, desordenándola. Sin duda alguna, la universidad le había sentado muy bien, llevándose consigo todos sus rasgos de adolescente.
—¿Crees que iba a perderme tu fiesta de cumpleaños, papá?
Al estar ya muy cerca, ambos se confundieron en un gran abrazo colmado de cariño y devoción, situación que me permitió alejarme un poco para no invadir su intimidad de padre e hijo.
—Mamá dijo que podría encontrarte disfrutando de tu paseo habitual.
—¿Recuerdas a Gala, Klaus?
No quise levantar la mirada, pero cuando el doctor Würm pronunció inevitablemente mi nombre, cambiando el curso de la conversación, no me quedó otra alternativa que hacerlo.
—Claro que sí —contestó con frialdad, fijando sus ojos en los míos por un breve instante—. ¿Cómo estás?
—Bien, gracias.
—Me alegro —fue solo lo que mencionó, centrando toda su atención en su padre—. ¿Nos vamos? Vine a buscarte —le comunicó con desembozo, sonriéndole, gesto que evitó obsequiarme a mí; seguramente porque recordaba lo que había sucedido conmigo en el pasado.
—No antes de que probemos las exquisitas galletas de Natalia. ¿Te nos unes, Klaus?
Su hijo no supo qué decir, es más, aunque lo quisiera no podía contrariarlo; lo conocía, sabía que frente a ello no iba a dar su brazo a torcer. Por mi parte, no me quedó más que tragar saliva con efusividad.
—¿Le podrías avisar a tu madre, Gala? No quiero importunarla.
—Sí, claro, yo… iré enseguida.
Me separé de ambos mientras los oía cuchichear. Probablemente, su hijo le estaba diciendo que eso no era necesario, que podrían comprar en cualquier dulcería algunas galletas más sabrosas y deliciosas que las que hacía mamá.
No me tomó mucho tiempo entrar a la casa y comentarle a mi madre lo que afuera sucedía, asombrándome enseguida de su inusitada reacción.
—Por supuesto —dijo, y sonrió—, en nuestra mesa siempre habrá cabida para alguien más—. Diles que pasen.
Al cabo de un momento, y ya desprendidos de sus chaquetas, los invitados de mi madre probaban el exquisito chocolate caliente que había preparado para acompañar el dulzor de las galletas caseras de canela que el doctor Würm disfrutaba como si fuera un niño, comparándolas con las que preparaba su madre, cuando ella vivía, pero asegurando que estas eran todavía mejor.
La charla entre ambos fluía muy bien, si hasta reían con naturalidad, cosa que no sucedía con su hijo, que no se veía para nada contento y cómodo con estar hoy aquí, al interior de nuestro hogar.
—¿Gala, puedes avivar el fuego de la chimenea, por favor? —preguntó mi madre de pronto. Obedecí a su requerimiento pidiendo permiso para retirarme de la mesa, sin saber qué minutos más tarde Klaus llegaría hasta la sala para ofrecerme su ayuda.
—¿Me dejas hacerlo? —formuló, sorprendiéndome, situándose a mi lado, mientras veía cómo me ponía los guantes de protección para quitar con ellos la rejilla caliente que cubría el frontis de la chimenea.
—No te preocupes, puedo hacerlo sin problemas —contesté.
—Es peligroso, podrías quemarte —acotó, apartándomelos con sutileza de las manos, poniéndoselos él segundos después para quitarla por mí—. Ahora, déjame ayudarte con los troncos, por favor. ¿Dónde están?
—Junto al recibidor —mencioné de inmediato, observando cada movimiento suyo, por mínimo que este fuera. Con posterioridad, lo vi cargar un par de troncos cortados, los que acomodó en el fuego, intensificando las brasas que no demoraron en encender. Ninguno de los dos dijo nada por un buen rato, no hasta que terminó de realizar su labor.
—Ahora está mejor, ¿te parece?
Asentí en agradecimiento. Luego, me senté en uno de los sofás, mientras él se ponía de pie, esperaba que yo lo invitase a tomar asiento en otro de ellos.
—¿Puedo acompañarte?
—Claro que sí, perdona… —Me sentía muy nerviosa frente a su presencia. Es más, no sabía qué hacer o qué decir, al mismo tiempo que él se reclinaba y entrelazaba sus manos.
—Las galletas de tu madre son muy buenas. ¿Las sabes preparar?
—He visto como las hace. La receta es sumamente sencilla —respondí.
—A mi padre le encantan.
—Por eso siempre prepara unas especiales para él, sin gluten y bajas en sodio y azúcar. Pero no le digas, por favor, mi madre solo quiere cuidar de su salud sin que él lo note.
—No te preocupes —sonrió a medias—, me llevaré ese secreto a la tumba.
Yo también sonreí a medias al escuchar y comprender su comentario.
Un nuevo silencio nos envolvió, mientras oíamos como mi madre y su padre disfrutaban de la amena charla que mantenían en el comedor.
—Yo… —se rascó una vez la nuca. Al parecer, se sentía nervioso frente a lo que iba a mencionar—, tu madre es una persona muy generosa, Gala. Por un momento, y en cuanto me vio, creí que iba a echarme a patadas de tu casa.
—Mi madre cada vez me sorprende más. Siendo sincera, también temí lo mismo.
Klaus asintió y sonrió espontáneamente por primera vez.
—Todavía recuerdo lo que pasó hace algún tiempo.
Enseguida, clavé mi mirada verdosa en el piso, avergonzada.
—No quiero hablar de eso, por favor.
—Comprendo. Yo… mejor me callo la boca —proclamó así sin más. No deseaba importunarme, algo en su tono de voz me lo dio a entender, ya que procuró cambiar de tema en el acto.
—Y… ¿Cómo va la escuela?
Parpadeé y tomé aire repetidas veces.
—Me va muy bien, gracias.
—¿Pretendes ir a la universidad?
—Sí, dentro de dos años.
—O sea, tienes dieciséis —dedujo.
—Pero el próximo mes ya serán diecisiete —especifiqué, dejándoselo en claro.
Al oírme, otra sonrisa delineó en sus labios.
—¿Y qué deseas estudiar?
Parecía interesado en oír cada una de mis respuestas. Si hasta su mal humor había mejorado con el transcurso de los minutos.
—Algo relacionado con medicina, tal vez.
—Entonces, creo que seremos colegas, futura doctora Falcó.
Asombrada, clavé mis ojos en los suyos gracias a cómo se refirió a mí. Conocía mi apellido o quizás, aún lo recordaba.
—Mi padre habla mucho de ti. Te tiene mucho cariño.
—Lo siento.
—¿Lo sientes? ¿Por qué? —Entrecerró la vista, parecía confundido.
—No debería ser así. Él es mi psiquiatra.
—Ya son varios años compartiendo con tu madre y contigo, creo que ya se puede dar ese lujo, ¿no? Me refiero al de apreciarlas. Además, me gusta ver cómo sonríe y bromea; en casa no sucede igual.
Estaba siendo sincero, demasiado para mi gusto, tanto que… pude ver una pizca de tristeza en sus ojos al mencionarlo.
—Si no te parece bien o a tu madre, yo podría, tal vez…
—No he dicho tal cosa, Gala, no me malinterpretes, por favor. Solo fue un comentario.
—Espero que tú tampoco lo estés haciendo con nosotras. Después de aquella vez, me quedó muy claro que… —Sin darme cuenta, yo misma estaba sacando a relucir aquella situación que solo deseaba apartar de mi mente.
—Lo siento mucho —comentó, mirándome con preocupación—. No quise tratarte de la manera en que lo hice.
Al oírlo, me puse de pie y terminé temblando frente a él como una pálida hoja de papel.
—No tienes que hacer esto.
—Yo creo que sí, y prefiero que sea en este momento y no después.
Sin parpadear ni responder, lo contemplé a la belleza de su penetrante mirada.
—Seguramente, nos veremos más a menudo después de esta invitación —aseveró.
La verdad, yo esperaba que eso jamás ocurriera.
Segundos después, lo vi ponerse de pie y refregarse las manos en sus jeans desgarbados.
—Así que… espero que puedas perdonarme. O al menos, saber que lo intenté.
Las voces del doctor Würm junto a la de mi madre, nos dieron a entender que ambos venían hacia donde nos encontrábamos.
—Ya podemos irnos, hijo. Natalia se aseguró de convidarme una buena ración para acompañar el café de esta tarde.
Sus palabras nos hicieron sonreír. Fue en ese momento en que Klaus y yo logramos intercambiar un par de fugaces miradas. Acto seguido, lo vi sonreír y agradecerle a mi madre su invitación, así como disculparse también con ella. Luego, cogieron sus abrigos, y ya con la ropa puesta se despidieron de nosotras mientras mi madre los acompañaba hasta el umbral de la puerta. Afuera, la luz de sol comenzaba a decaer, dándole paso a un hermoso crepúsculo que no dejé de admirar por entre las cortinas semi abiertas de la sala, por las cuales también pude verlo a él.
—¿Todo bien? —dijo mi madre al entrar y cerciorarse de que la chimenea tuviese madera suficiente para gran parte de la tarde y de la noche.
—Sí, todo bien.
—Estaremos calentitas —añadió enseguida—. Gracias, hija.
—Fue obra de Klaus. Él lo hizo.
—Qué amable.
—Mamá, ¿por qué decidiste invitarlo después de lo que sucedió?
Mi madre me observó con extrañeza.
—Sabes a qué me refiero. Ahora, dime, ¿por qué no lo echaste a patadas después de cómo nos trató?
—En primer lugar, por el doctor Würm.
—¿Y en segundo lugar?
—Porque no voy a juzgarlo, Gala. Porque si yo hubiese estado en su lugar, créeme, me habría comportado igual o peor que él ante lo que estaba viendo y escuchando.
Mi madre siempre procuraba ser tan asertiva con cada uno de sus comentarios.
Crucé mis brazos por sobre mi pecho y suspiré.
—Bienaventurados los que no ven y creen —filosofó. A continuación, se aceró a mí para regalarme un dulce beso y un cariñoso abrazo.
—No cuesta nada ser generosos, hija.
—¿Lo serás también con Agnes Würm?
—No me pidas imposibles, ¿quieres?
Ambas reímos a viva voz.
—Él… me pidió disculpas, mamá.
—Me alegra escuchar eso.
—A mí también —susurré, sintiéndome un tanto avergonzada por haberle confiado aquello.
—No tienes de qué avergonzarte, menos si a él le nació hacerlo. Haya o no haya sido de corazón, ya es un gran paso, ¿no crees?
—Tú… ¿crees que él aún piense en lo que vio?, y que asimismo crea que yo estoy…
—Gala, lo que te tiene que importar eres tú, no lo que piensen los demás acerca de ti. ¿Estamos claras?
—Sí, mamá.
—Muy bien. Ahora, si deseas ayudarme a limpiar, ya sabes dónde encontrarme.
Me acarició el rostro con ternura y desapareció, anunciándome que iría a ordenar el desastre que aún la esperaba en la cocina.
Pensé en lo que me dijo y en la situación que minutos antes había vivido con él, dejando que por algo más que una milésima de segundo se me escapara una risilla traviesa.

****

Me detuve abruptamente al bajar del ascensor. Mis pies, al parecer, se negaban a continuar andando.
Camilo lo notó y se detuvo, confundido.
—¿Por qué te detienes? —mencionó.
—Intuición —manifesté, alzando la mirada hacia quien ya conseguía ver de espaldas.
Camilo siguió la dirección de mi vista para comprender a qué me refería exactamente con aquella palabra.
—No te preocupes por ella —me sugirió—. Deja todo en mis manos.
—Esto es una locura. ¿Realmente quieres que yo…?
—Gala, lo que te tiene que importar eres tú, no lo que piensen los demás acerca de ti. ¿De acuerdo?
Me perdí en sus ojos al evocar a mi fallecida madre. Y sonreí, asintiendo.
—Agnes Würm es una mujer difícil de manejar y comprender, Camilo.
—Te lo repito, confía en mí y deja todo en mis manos.
Suspiré prominentemente, y me llevé una de las mías a la frente. Camilo estaba arriesgando demasiado, y lo peor de todo era que no se estaba dando cuenta de ello. O quizás, sí, y la razón solo deseaba pasarla por alto.
—Gala… solo una cosa más.
—Dime.
—Cuanto estés allí, con Klaus… dile que lo extraño y que me… perdone, por favor.
Sinceridad. Eso irradiaba su mirada.
—Sé muy bien que no puede oírte por su condición, pero…
—Pase lo que pase, así lo haré —lo interrumpí—. No te preocupes, Camilo, a pesar de lo que todos crean o piensen, él sí puede oírme. Sé que puede oírme —proferí con convicción.
—Gracias —contestó tímidamente; parecía apenado, pero también muy avergonzado. Luego de ello, se apartó de mí para avanzar en solitario hacia donde se encontraba la madre de Klaus, junto a otras personas que parecían ser parte de su círculo de amistades. Por mi parte, me quedé de pie junto a los ascensores, observando lo que entre ambos acontecía, la forma en como ella lo abrazaba y lloraba, desconsolada, y como él la confortaba y le decía, tal vez, que todo iría bien, que solo debía tener fe y jamás perder las esperanzas.
Por Klaus supe lo muy amigos que habían sido, y por él también supe cómo todo llegó a su fin, luego de una golpiza en la cual ambos se vieron enfrascados. ¿El motivo? Eso jamás me fue revelado. Pero la razón debía ser muy compleja para que Camilo hoy estuviese aquí, dando todo de sí frente a Agnes para que yo pudiese entrar a la sala donde tenían internado a su amigo. Porque jamás se refería a Klaus de manera diferente o con rabia, como debía de ser, tras esa situación. Es más, la tristeza que habitaba en sus ojos debía ser igual o mayor a la que existía en su corazón maltrecho.
Mis manos sudaban de considerable manera, mis ojos parpadeaban sin poder dejar de hacerlo y en mi cabeza solo estaba él, junto a la remota posibilidad de verlo, de tocarlo, de sentir que todavía su espíritu estaba conmigo, luchando por quedarse, peleando por salir airoso de esta pesadilla que parecía no tener final, la que había empezado el maldito día en que había tomado la decisión de quedarse conmigo, a mi lado, obviando todo lo demás.
Mi barbilla tembló frente a ese poderoso recuerdo y una lágrima fugaz se derramó por mi mejilla. De pronto, Agnes se volteó hacia mí para verme fijo, desde su sitio, con ira. Estoica, no conseguí mover un solo músculo de mi cuerpo, esperaba una reacción suya, quizás su histeria, tal vez sus gritos recriminadores, pero en especial, todo el odio que ella sentía por mí y que cínicamente ocultaba tras ese disfraz de mujer condescendiente y madre abnegada.
En aquel lugar los segundos parecían eternos, mientras yo sentía que a mi alrededor el tiempo transcurría de prisa, hasta que su vista volvió a recaer en la de Camilo, obviándome, como si yo no existiera. Agnes se volteó, dándome finalmente la espalda. Frente a ese gesto, mi última posibilidad parecía haberse ido por completo al tacho de la basura. Esa mujer me odiaba con todo su corazón y jamás daría su brazo a torcer con respecto a mí y lo que sentía por su hijo.
Comencé a lloriquear en silencio, no pude dejar de hacerlo por más que así lo deseé, al mismo tiempo que Camilo sonreía y me hacía un gesto cómplice con su cabeza. Sí, un sorpresivo y determinante gesto que me hizo llorar todavía más, al comprenderlo, pero de auténtica felicidad e inmensa alegría.
Torpemente caminé hacia ambos y de la misma manera y con el rostro totalmente humedecido le agradecí a Camilo lo que había hecho por mí, apresurando cada vez más mi andar, percibiendo el frenético latir de mi corazón desbocado, que en ese momento ambicionaba solo una cosa: volver a ver a Klaus para repetirle, al igual que aquella vez, y con las mismas palabras que él había utilizado para conmigo, que lo amaba… sin tiempo, sin obstáculos y sin razón.
Él no iba a morir, tenía que ser fuerte.
Y yo… no iba a dejarlo partir. Su alma aún formaba parte de este mundo.
Continuará...