CAPÍTULO 5
“Y
entendí que lo que me esperaba no era seguir sin ti. Era seguir, contigo, pero
guiándome desde otro sitio.”
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Dentro de unos días nos aprestaríamos a celebrar
Navidad y este año iba a ser muy especial. No es que los otros años no lo fueran,
al contrario, mi madre siempre se esmeraba tanto, y no solo por mí, sino por quienes,
esa noche, no tenían un lugar donde disfrutar de una cena y una agradable
velada. Por eso, siempre había invitados a nuestra mesa, con quienes
compartíamos un afable momento, y algo me decía que este año iba a ser uno más.
Caminaba de regreso a casa con las compras
navideñas que había hecho esa tarde. Me sentía muy contenta porque ahora sería
yo quien se preocuparía de que a mi madre no le faltase nada.
Me había graduado con honores de la universidad
hace un par de años, y después de realizar trabajos esporádicos por algún
tiempo, sin mucha suerte, había conseguido un puesto definitivo de
laboratorista en una clínica privada. Sí, tal vez no se acercaba en demasía a
mi profesión, de médico forense, pero era lo que por ahora me generaba un
sustento muy importante, y con el cual conseguiría hacer realidad los sueños de
mamá, tal y como ella, desde niña, lo había hecho conmigo.
—¡Mamá! —exclamé con vigor cuando me disponía a
cruzar la verja que separaba la acera del jardín de nuestra casa—, ¿podrías
venir y ayudarme? Es que no encuentro mis llaves y… —De repente, la puerta de
la sala se abrió. De inmediato, no pude evitar quedarme prendada de sus ojos
levemente hinchados y enrojecidos. Mi madre había estado llorando, pero ¿debido
a qué?
En un santiamén dejé caer todo al piso, preocupada,
sin importarme siquiera que lo que había al interior de las bolsas rodara libre
y se esparciera por el suelo.
—¿Qué tienes? —Fue lo primero que le pregunté al
acercarme rápidamente a ella—. ¿Qué sucede? ¿Por qué tiemblas? —Lo hacía de
manera significativa, consternándome, angustiándome, sin darme una sola
respuesta que apartara de mí toda mi grandísima intranquilidad—. Mamá, por
favor, no te quedes callada. Sea lo que sea, solo dímelo. —Tomé su rostro con
mis manos y me perdí en el brillo de sus ojos, que en ese instante en
particular era capaz de transmitirme un cúmulo indefinido de contradictorios
sentimientos—. Por favor —repliqué muy lentamente—, estoy aquí, contigo.
—Lo sé —dijo sin apartar sus bellos ojos de los
míos.
Pacientemente esperé a que volviese a hablar. Se
estaba tomando algo de tiempo para, al parecer, recomponerse. ¿Pero de qué?
Luego, vi que parpadeó varias veces y que finalmente suspiró, como si de un
momento a otro se le estuviera acabando el aliento.
Después de eso, ya no conseguí quedarme callada.
—¿Mamá?
—Te ayudaré con todo lo que tiraste —comentó en
relación a las bolsas que yacían desordenadas en el piso. Acto seguido, se
separó lentamente de mí, pero antes de que comenzara a hacerlo la detuve.
—Ya habrá tiempo para eso. Ahora dime, ¿qué ocurre?
Estuviste llorando, ¿verdad?
Mi madre abrió la boca para manifestar lo que jamás
consiguió que saliera de sus labios. Me pregunté de inmediato el por qué.
—Mamá —insistí, y ya perdiendo la compostura.
—Hija, por favor, no preguntes nada…
—Mamá —repetí, endureciendo a la vez mi semblante—,
¡cómo me pides eso! ¿Qué tienes? ¡Qué sucede para que estés…! —Pero no pude
seguir hablando, porque de pronto fui interrumpida por una gravísima voz, una
que no me era familiar, pero no así su rostro, el cual sabía que había visto en
más de alguna parte.
Y como si todo estuviese pasando en cámara lenta,
dirigí mi vista hacia la dueña de esa extraña cadencia, quien de inmediato clavó
sus ojos verdes sobre mí, al mismo tiempo que nerviosamente entrelazaba sus blancas
y algo avejentadas manos. La mujer que me contemplaba interesada se hallaba de
pie en el umbral de nuestra propiedad, envuelta en un chal de color oscuro, una
prenda de vestir que había visto en otra ocasión, pero que no recordaba exactamente
dónde ni cuándo.
—¿Cómo estás, Gala? —intervino, llamando nuestra
atención. Por mi parte, la miré expectante, sin saber quién era la extraña de
al menos sesenta y tantos años que ahora nos acompañaba, y la que había
pronunciado mi nombre tan resueltamente, como si me conociera. Mi madre,
entretanto, realizó un pequeño y torpe movimiento, luego otro y otro más. Su
voz… parecía haber enmudecido.
—Disculpe, pero… ¿Me podría decir quién es usted y
qué hace al interior de nuestra casa? —dije extrañada.
—Esta es también mi casa —respondió casi al
instante, dejándomelo muy en claro.
Había una cierta tensión en el ambiente, además de
un extraño matiz de miedo en la mirada resplandeciente de mi madre que me
intranquilizó todavía más. Ella, en ese minuto, me parecía más una niña
asustadiza que una mujer adulta y decidida.
—¿Qué ha dicho? —repliqué muy curiosa frente a su
inesperada acotación.
—Que esta también es mi casa —aseguró con cierto
aire de arrogancia. Pero su voz no me sobresaltó, es más, me envalentonó todavía
más para enfrentarla, mientras advertía que daba un par de pasos en mi
dirección.
—No lo creo, porque esta casa es de mi madre. De
Natalia Falcó —subrayé tajantemente—. Y nadie, menos usted va a…
—Lo sé. —Asintió en el acto, interrumpiéndome.
—¿Y si lo sabe por qué vuelve a insistir?
—Porque esta propiedad sigue estando a mi nombre.
Entrecerré la mirada, confundida. «¿Qué demonios
está sucediendo aquí?», me pregunté.
—¿Podría ser un tanto más clara? —Le pedí, pero mi
voz sonó, más bien, como una tajante exigencia.
—Natalia Falcó es mi hija —recalcó sin titubear—, lo
que quiere decir, que tú debes ser mi nieta.
Me dejó boquiabierta y sin que pudiese decir una
sola palabra para rebatir sus dichos. En cambio, solo me permití girar con
rapidez mi rostro hacia un costado para contemplar una vez más a mi madre, que
en silencio y temor así me lo daba a entender.
—Pero me dijiste que tu madre…
—¿Murió? —comentó enseguida la desconocida, sin
dejar de vernos a las dos, intensamente.
Tragué saliva y esperé a que mi madre volviese a
hablar, cosa que no hizo.
—Mamá, ¿cómo puede ser esto posible? —Añadí sin
darme cuenta que la desconocida ya venía hacia mí.
—No soy una aparición —mencionó al tocar mi brazo con
una de sus tibias manos—, si en eso estás pensando.
Con agilidad volteé mi semblante hacia el de ella,
la verdad, muy sorprendida con sus palabras, pero también gracias al tibio roce
que percibí en mi piel. Y reí, pero hecha un manojo de nervios.
—Sea quien sea, no se acerque a mí ni a mi madre
—expresé en el acto, separándome de su agarre. Debía tenerla muy lejos de mí, algo
muy extraño me pedía a gritos que así fuera
—Si estoy aquí no es precisamente para hacerles una
visita de cortesía. Solo he venido para hablar y espero que me escuchen —manifestó
con un dejo de desenfado.
—Mi madre no tiene nada que hablar con usted, y por
ende, yo tampoco. Así que, por favor, márchese cuanto antes de nuestra
propiedad —fue la clara respuesta que le di.
—Gala…
—¡Largo! —exclamé fuera de mis cabales—. ¡Qué no ve
cómo se encuentra por su causa! ¡Por su impensada aparición!
—Lo que debo decirles es importante y…
—Ella también lo era, pero usted se fue —la indiqué
con mi dedo índice—. No sé por qué, no me interesa el motivo, pero un día usted
decidió marcharse así como así de esta casa y de la vida de su hija, ¿o ya lo
olvidó, “señora”? —Subrayé con ira. Porque conocía la historia. Había oído en
innumerables ocasiones, cuando el padre de mi madre bebía y se emborrachaba, el
porqué de su insospechada desaparición—. ¡La abandonó miserablemente y sin
siquiera lamentarse por haberlo hecho! —Grité con todas mis fuerzas—. ¿Qué
clase de madre hace algo así?
—Gala, por favor —articuló de pronto mi madre—, ya
basta —deteniéndome y acallándome, mientras se abrazaba a sí misma, muy
nerviosa y acongojada.
En el acto, no pude creer lo que abiertamente
manifestaba. Y de pronto, todo fue muy claro para mí, porque recordé tantas
cosas en tan poco tiempo, como las fotografías que había encontrado cuando era
niña al interior del desván.
—No puedo creerlo, tú… después de tanto tiempo… ¿piensas
recibirla como si no hubiese sucedido nada?
—Perdóname, hija, no debí mentirte, pero…
Bufé ofuscada, porque en ese momento me sentí una
completa estúpida desde los pies hasta la punta de mi cabeza.
—En eso tienes toda la razón. —Después de verlas a
ambas de reojo, comencé a recoger todas las bolsas sin tanta serenidad—.
Entonces…
Al oírme, mi madre movió la cabeza de adelante
hacia atrás en actitud resignada. No tuvo que decir más, con ese gesto fui
capaz de comprender lo que cavilaba. Después de muchísimo tiempo iba a recibir en
nuestro hogar a esa extraña mujer que para mí no significaba nada.
—¿Así de fácil? —Volví a inquirir sin que mi madre
pudiese añadir una sola palabra más a cada uno de sus enunciados—. De acuerdo,
es tu vida, son tus decisiones. Solo… evita inmiscuirme en ellas, por favor.
—Gala…
—Estaré en la cocina. No te preocupes, no las voy a
interrumpir —dije por si acaso, irónica.
Después de ello, entré a la casa con rapidez, no
sin antes dar un fuerte portazo.
—Tiene carácter —le señaló la desconocida después
de sonreír con efusividad.
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte? —Quiso saber mi
madre, centrando el tema de su conversación en lo que más le preocupaba, su
estadía en nuestro hogar.
—Solo por esta noche. No quiero ponerlas otra vez
en peligro.
Natalia Falcó cerró los ojos y suspiró antes de
volver a dirigir sus torpes pasos hacia la entrada.
—¿Puedo pedirte un favor? —prosiguió, retomando las
fuerzas que en un primer instante había perdido por su causa.
—El que quieras, hija.
—En realidad son dos. Ya no vuelvas a llamarme de
esa manera.
—Eres y seguirás siéndolo, Natalia.
—Tal vez para ti, pero no para mí. Hace muchísimo
tiempo tú dejaste de ser mi madre.
La desconocida apretó sus labios uno contra otro
antes de animarse a continuar.
—¿Cuál es el siguiente favor?
—Esta vez… procura no decir adiós —profirió satisfecha mientras se detenía frente
al umbral de la puerta—. Esta vez… procura no regresar jamás.
—¿Estás segura de que eso es lo que quieres?
—Sí, eso es lo que quiero.
—¿Aún a costa de la vida de tu hija? —formuló
envalentonada, sacudiéndola con aquella particular interrogante que caló muy
hondo en su corazón, pero también en sus entrañas.
—Sí —sentenció fríamente, y aun temblando.
—No seas ilusa, Natalia. No imaginas lo que podría
llegar a suceder si…
—¿Te quieres quedar? Entonces, cállate. —Sacó a
relucir su entereza para mantenerse en pie frente a quien una parte de ella
odiaba con toda su alma.
—Tienes que oírme, Natalia.
—Lo haré —asintió, resignada—, pero no vas a
obligarme a hacer lo que tú quieres que haga. Te recuerdo que ya no soy una
niña y que ya no posees un solo derecho sobre mí.
Y ella lo sabía perfectamente.
—Veo que tu padre te educó muy bien.
—Si te refieres a los golpes, malos tratos y
humillaciones que recibí de él, por supuesto, lo hizo de una formidable manera
—le aseguró con sus ojos ya encharcados en lágrimas.
—Natalia, para todo existe una razón y…
—Ya no para mí. No la necesito. —Prosiguió su andar
hasta que su madre, con su preponderante voz la detuvo.
—Pero tu hija sí va a necesitarla. Ella tendrá que
escucharme lo quiera o no.
Mi madre cerró los ojos fuertemente, y por un
brevísimo momento, y de la misma forma terminó apretando sus puños, blanqueando
al instante sus nudillos.
—No te metas con mi hija —subrayó determinantemente
y sin dudar.
—No me pidas lo que por lógica jamás haré.
—Te lo repetiré nuevamente, deja a mi hija en paz
si no quieres llegar a conocerme.
—Sé quién eres, Natalia. Naciste de mí.
—Para mi mala suerte —respondió fuerte y claro—.
Para mi maldita mala suerte —reiteró iracunda, zanjando así, y por su parte, la
dichosa conversación, mientras la dejaba a solas en el jardín de la que un día
había sido su casa. Entretanto, la anciana mujer cerró los ojos y suspiró,
pensaba seriamente en que la suerte, aquella que por muchos años le había sido
tan esquiva, por esa noche tampoco iba a estar, precisamente, de su lado.
Tendría que improvisar.
Ya no le quedaban dudas al respecto.
****
Cuando abrí los ojos por la mañana, lo primero que
vino a mi mente fue mi madre. Me había despedido de ella, y la había dejado a
regañadientes con quien, al parecer, iba a mantener una larga conversación, en
la que yo, por supuesto, no estaba interesada.
Suspiré mientras me sentaba en la cama y me
refregaba la vista, una, dos, hasta tres veces, para luego fijarla y
perpetuarla en las cortinas de mi habitación, que muy quedamente bamboleaban,
producto de una sutil corriente de aire que emanaba de la entreabierta ventana.
Luego de ello, parpadeé, aclarando mi visión, pero sin apartarla del movimiento
rutinario de la liviana tela que iba de adelante hacia atrás. La verdad, no
deseaba preguntarme nada, no quería elucubrar cosas sin sentido, pero en mi
mente ya estaban formulándose varias interrogantes, a las que necesitaba
prontamente otorgarles algún tipo de explicación.
Lentamente me puse de pie y descalza caminé hasta
la puerta de mi alcoba, la que abrí y dejé entreabierta mientras salía de ella
con rumbo hacia las escaleras. Había mucho silencio a mi alrededor, un
sepulcral mutismo envolvente que no me gustaba para nada. Y no supe el porqué de
ello hasta que lo vi y comprobé con mis propios ojos, porque el bendito silencio,
a veces, suele guardar tantos y tantos secretos…
Al pie de las escaleras, más, específicamente en el
segundo peldaño se hallaba mi madre de espaldas a mí, con la vista quieta y
perdida en el umbral de la puerta entreabierta de la sala, por la cual deduje
que se había marchado su madre, dejándola sola, abandonándola a su suerte, como
lo había hecho con anterioridad, pero hace muchos años atrás.
Inhalé aire con prontitud, necesitaba colmar de ese
vital elemento mis pulmones ante lo que iba a acontecer, porque sabía que ella me
necesitaba, quizás, no para hablar de lo que había sucedido entre ambas, pero
sí para confortarla con un cariñoso y apretado abrazo, el que estaba dispuesta
a darle sin que nada más me importara, aunque eso era fácil de decir, pero no de
llevar a cabo.
Y eso fue lo que hice al bajar las escaleras y
situarme en el mismo peldaño que ella se encontraba, susurrándole que todo iba
a estar bien, mientras la abrazaba. Mi madre, en cambio, no dijo nada, al
parecer, nuevamente había logrado enmudecer, al mismo tiempo que con sus
temblorosas manos a mis extremidades se aferraba.
Después de un brevísimo instante en que ninguna de
las dos se animó a hablar, ella rompió el mutismo, confesando:
—Muchas veces quise huir de su opresión, de su
egoísmo, del maldito cariño enceguecedor con el que solía educarme —sonrió a
medias, agriamente—, pero no pude, me acobardé. Y lo odié, tal como la odié a
ella… tantas veces y con tanta fuerza por haberme… abandonado.
Se refería a su padre y a su madre, sin duda alguna.
—¿Y aún la odias? —Ansié saber mientras que con
cada yema de mis dedos la acariciaba.
—Sí —declaró escuetamente, y sin siquiera
sorprenderme con su afirmación.
En ese momento pude haberle dicho tantas cosas,
encendiendo y avivando la hoguera que crecía en su maltrecho corazón, diciéndole
todo lo que yo pensaba de ella. Pero no lo hice, no le iba a causar más daño del
que su padre y esa desconocida ya le habían infringido. Por lo tanto, solo la
abracé con fuerza mientras la acunaba entre mis brazos y tarareaba la canción
de cuna que ella solía cantarme cuando yo era pequeña y llegaba el instante de
irme a dormir; sí, una hermosa melodía de una oruga que se convertía en una
bella mariposa, y con la cual me hacía sentir segura y protegida de todo lo que
se encontraba allá afuera, más allá de mí, pero también en las sombras.
—Te quiero —dije al finalizar la canción, besándole
la sien dulcemente.
—No va a regresar —aseguró, mientras procuraba
alzar su vista vidriosa hasta mis ojos claros, anclándola en ellos—. No va a
regresar jamás —repitió plenamente convencida.
De inmediato, asentí en concordancia a aquella
frase, creyendo firmemente en sus palabras.
—Por lo tanto, todo va a estar bien —añadió de la
misma manera, causándome enseguida una cierta extrañeza que se apoderó de mí de
inevitable manera—. Tú vas a estar bien —acotó, sonriéndome fugaz.
—Vamos a estar bien —reiteré al acariciarle su
rostro con suma delicadeza—, te lo prometo. —Fue lo último que proferí al
sentir cómo temblaba entre mis brazos.
Extrañamente, mi vista se quedó absorta en el
espacio que se generaba entre el umbral y la puerta entreabierta de la entrada
de la casa, un vacío que había dejado su madre al momento de partir y por el
cual cabía exactamente una persona. Sí, esa mujer se había marchado, pero jamás
había cerrado la puerta en su totalidad.
Tal vez, yo estaba pensando de más. Quizás, solo
eran absurdas tonterías mías, pero ¿por qué no conseguí apartar la vista de ese
no menos particular gesto? Es más, ¿por qué lograba hacerme tanto ruido en la
cabeza?
Tragué saliva con dificultad y cerré los ojos
mientras seguía acariciando con las yemas de mis dedos a mi madre, en el
preciso instante en que una familiar voz, a lo lejos, muy a lo lejos, pronunció
claramente mi nombre, consiguiendo que despertara de golpe de mi ensoñación, la
que había venido a mi mente sin que yo supiera el porqué de su regreso.
—¿Estás bien? —Deseó saber Camilo, una vez que
detuvo por completo el motor de su coche.
—Sí, yo… —me llevé rápidamente una de mis manos a
la frente, confundida, sin saber dónde estaba y cómo había llegado ahí—, estoy
bien. Parece que… me quedé dormida —añadí, pretendiendo poner mis ideas en
orden.
—Desde que salimos del muelle. No quise despertarte,
Gala. Te veías cansada.
—Debiste haberlo hecho.
—Pero te quedaste profundamente dormida. ¿No te
hizo bien descansar un poco?
Abrí la boca y luego la cerré al tener su vista
penetrante de nuevo sobre la mía.
—Tal vez —respondí sin tanto convencimiento,
apartándola de ella al girar mi cabeza hacia el cristal de la ventana y ver
exactamente en dónde nos encontrábamos.
—Abrígate, afuera hace frío —mencionó enseguida, sugiriéndomelo
y saliendo del coche, dejándome sola dentro de él.
Volví a tragar saliva con dificultad, como en mi tan
nítido recuerdo, como aquella vez con mi madre en la escalera de nuestro hogar,
cuando la puerta de mi lado se abría y Camilo se situaba a un costado de ella.
—Es hora de entrar —dijo sin siquiera sonreír,
aunque trataba de hacerlo—. No perdamos tiempo. —Con posterioridad, me tendió
su mano, tal y como lo había hecho en el muelle—. No se vale ser cobarde ahora,
Gala.
Por mi parte, me sujeté a ella sin nada que decir,
mientras que rápidamente mi mirada hacía un escaneo del lugar en el cual nos encontrábamos
y precisamente a esa hora de la mañana. Y suspiré. Yo, ciertamente… lo
necesitaba.
Unos minutos después, ambos hacíamos ingreso a la
clínica, él con una sola convicción alojada en su cabeza y yo, con una
particular incertidumbre arraigada en mi corazón, la que a cada paso que daba
se engrandecía, sin que supiera el porqué de aquello.
Algo sucedía… Algo iba a acontecer… Algo me estaba
pidiendo a gritos que me detuviera y devolviera tras mis pasos, y no eran
precisamente las voces de las almas errantes que deambulaban a mi alrededor
buscando paz, anhelando que yo las ayudase a llegar a la luz. No, allí había algo
más, algo que misteriosamente me congelaba la piel y me erizaba hasta los más
finos vellos de mi cuerpo.
Una sombra, una presencia, tal vez una señal… sea
lo que fuese que allí estuviera, había logrado encontrarme.
Continuará...

