martes, 1 de enero de 2019

Saga Médium / Almas Errantes Capítulo 4



CAPÍTULO 4



“Muchas veces el problema está, en que tu corazón se niega a admitir lo que tu mente ya sabe.”


Y ese día estuve gran parte de él trabajando en el cuarto frío, así como también en el laboratorio, analizando muestras de tejido, de sangre, inmunohematológicas, de orina, sacando fotografías al cadáver de Amanda, llenando fichas, entre otras cosas más. Ni siquiera estuve pendiente de cómo transcurría el tiempo a mi alrededor, en cambio, solo me dediqué a desarrollar mi labor, concentrada en cada una de mis tareas para mantener mi cabeza ocupada y a mí despierta, sin nada más en qué pensar.
A la mañana siguiente, cuando el reloj de pared ya marcaba las 06.25 horas A.M., mi colega apareció, como siempre, con un par de tazas de café humeantes en sus manos, lo que agradecí una enormidad, puesto que lo necesitaba; mi cuerpo, literalmente, lo estaba pidiendo a gritos.
—Gracias, Daniela —manifesté al recibirlo y sentir su calor, además de su agradable aroma colarse por cada fosa de mi nariz. Sí, olía exquisito.
—Bébelo y vete ya de aquí —respondió ella de vuelta—, has trabajado muy duro y tu cuerpo necesita tomar un descanso.
Inmediatamente, fijé la vista en el reloj de pared, todavía faltaba algo más de una hora para que mi turno acabara y yo pudiera salir de aquí en el oportuno horario.
—He dicho que te vayas, Gala. Yo me hago cargo de lo demás.
Enarqué una de mis cejas al oírla, al mismo tiempo que bebía y disfrutaba de un largo sorbo de mi reconfortante bebida caliente.
—Estoy hablando en serio —sentenció, dejando la suya por un instante a un costado de donde se hallaba, junto a su escritorio—. Ahora, largo —finalizó con su espontánea sutileza tras otorgarme un guiño.
Al cabo de veinte minutos tomé mis cosas y ascendí en el elevador hasta el primer piso, proveniente del subterráneo, y cuando me aprestaba a cruzar el hall de entrada, después de haber firmado mi salida, como lo hacía cada día que finalizaba mi rutina laboral, una de las secretarias del módulo de informaciones me detuvo, expresándome lo siguiente:
—Disculpe, doctora Falcó, pero el Comisario Santander la espera en los estacionamientos. Hace un momento estuvo aquí y me pidió que le avisara de su salida. Por lo que comentó, le urge hablar con usted. Dijo que era muy importante.
Asentí en concordancia a ello, por lo que tranquilamente, y cargando mi maletín y abrigo de gabardina de color gris perla, me dirigí hacia ese preciso lugar, donde también se hallaba aparcado mi todoterreno, para saber qué había venido a hacer aquí y tan tempranamente.
La verdad, no tuve que esperar mucho para eso, al verlo apoyado sobre su Chevrolet Cruce de color negro que parecía resplandecer, dándome a entender de qué manera Camilo cuidaba de su modelito del año.
—Buen día —dijo apenas me vio aparecer, dedicándome a la par una media sonrisa de entusiasmo.
—Buen día, Comisario. ¿Usted tan temprano por aquí?
—¿Formalismos para conmigo, Gala? —Ahora, la sonrisa que me brindó fue aún más prominente; aunque se notaba extenuado, como si la noche hubiese sido bastante larga y tediosa para él; sus ojos así me lo decían, sin que hubiese tenido que arrebatarle una sola palabra para confirmármelo.
—Tuviste una noche muy larga —aseguré.
—Lo mismo digo. Ahora, explícame, ¿cómo es eso de que no fuiste a descansar en todo el día?
Suspiré. Por lo que deduje, las secretarias se estaban tomando muchas atribuciones al revelar información estrictamente reservada solo para los profesionales del Servicio Médico.
—Así que te fueron con el cuento —comenté, deteniéndome finalmente frente a él. Entretanto, Camilo esperó pacientemente a que prosiguiera—. Necesitaba adelantar algo de trabajo. —Mentí. Era la segunda vez que lo hacía, no al cien por ciento, pero le estaba mintiendo al fin y al cabo.
—No deberías auto exigirte tanto.
—El burro hablando de orejas. —Sonreí, robándole de inmediato una de las suyas con mi particular comentario—. No lo hago, solo aprovecho de manera positiva mi tiempo libre. ¿Y tú? —Cambié el tema de la conversación, centrándome solamente en él—. Podría decir lo mismo de ti.
—Tuvimos un procedimiento extenuante —me explicó de manera general, mientras se llevaba ambas manos a la nuca—. Y cuando me di cuenta de la hora que era, creí que ya no era necesario volver a casa.
—Entiendo, pero lo que no, es saber qué fue lo que te trajo hasta aquí. ¿Necesitas más información? ¿Algún otro detalle? Te comenté que Daniela estaba a cargo y…
—No se trata de la investigación, Gala, sino de ti —me interrumpió.
—Pues, tú dirás. —Hablé relajadamente.
—Sube, por favor.
No comprendí que quiso decir con eso, hasta que abrió una de las puertas de su coche, la del copiloto para ser más exactos.
—Mi todoterreno también está aquí —le recordé.
—Créeme, no vas a necesitarlo.
Exhalé profundo.
—De qué va todo esto, Camilo.
—Es importante, Gala. Por favor… seré breve, lo prometo.
—Nunca prometas lo que jamás llegarás a cumplir —articulé muy lentamente, fijando la vista en sus ojos, que ahora parecían verme de una manera muy especial, pero a la vez un tanto tristes.
Por algo más que un instante, ninguno de los dos se atrevió a pronunciar una sola palabra, hasta que accedí a su requerimiento, metiéndome en el espacioso auto de una buena vez.
Ya dentro, salimos de ahí en dirección a uno de los dos muelles de la zona, el que se hallaba muy cerca del humedal, en el cual su unidad policial había encontrado el cadáver de Amanda en las condiciones que se me había entregado para los correspondientes análisis de rigor.
Camilo detuvo el coche, pero no así la calefacción que nos mantenía a gusto y con la temperatura apropiada para que pudiéramos dar inicio a una amena y distendida charla.
Mientras ambos continuábamos en silencio, a lo lejos pude divisar el embarcadero, así como también las gaviotas que sobrevolaban el lugar en busca de alimento, el que se encontraba en los distintos cargueros, que a esa hora de la mañana realizaban labores de almacenaje de lo que había sido la noche anterior, en la extracción de peces y mariscos. Plenamente concentrada estaba en ello, cuando Camilo retomó la conversación.
—¿Me dirás la verdad o de nuevo tendré que hacerme una idea de ella?
Me bastó solo un segundo para observarlo detenidamente, dándole a entender con ese directo gesto que por mí podía hacer lo que quisiera.
—Tus apreciaciones son cada vez más exactas, más certeras, más… eficaces —añadió, sin mirarme.
—Me gradué con honores. ¿Eso responde a tu pregunta?
—Sabes que no. Así como también sabes que no es la primera vez en más de tres años que te formulo la misma interrogante.
Y yo lo sabía muy bien. Sin duda, con Camilo no había lugar para generalismos y menos para ambigüedades.
—Daniela y yo hacemos una muy buena dupla y…
—¡Basta de citar a Daniela en todas nuestras conversaciones! —Algo exasperado elevó el tono de su voz.
Por mi parte, volví a situar la vista en el embarcadero, así como también en los navíos más pequeños que allí se encontraban, unos junto al muelle y otros detenidos por sus enormes anclas, las que estaban sumergidas en la profundidad del mar.
Las gaviotas también seguían allí, pero ahora surcaban el grisáceo cielo, que a esa hora de la mañana se hallaba cubierto de imponentes nubes que en cualquier minuto, seguramente, iban a explotar.
Movida por un raro sentimiento, decidí salir del coche para tomar un poco de aire frío antes de volver a hablar. No debía precipitarme. No frente a él. No.
Jamás dejaría que él descubriera lo evidente.
—Gala… —Camilo pronunció mi nombre a viva voz, deseaba detenerme—. Gala, espera un segundo… ¡Gala, por favor!
—No necesitas endurecer tu cadencia para interrogarme, no soy uno de tus detenidos —le advertí en el acto, volteando la vista para verlo con fijeza—. Además, no sé a dónde quieres llegar haciéndome este tipo de preguntas insidiosas, cuando lo más importante para ti debería ser el objetivo final y no el medio.
—Lo siento —se disculpó, moderando el volumen de su voz.
—Me conoces desde hace ya… varios años, ¿no?
Asintió.
—Estás al tanto de mi forma de trabajar y de lo responsable que soy y he sido, como para estar elucubrando teorías absurdas sobre si puedo o no llegar a hablar con los muertos —subrayé un tanto ofuscada, además de irónica.
—Cada vez que un caso está en la palestra, y es analizado por ti, créeme, es en lo primero que pienso —reveló sin ningún tipo de rodeos—. ¿Qué quieres que haga, Falcó?
—Que no pienses más en ello, por ejemplo. En mi trabajo todo es ciencia, Camilo, todo debe estar comprobado, nada existe porque sí. Nada es por mero azar.
—¿Y si hubiese algo más? —sostuvo categóricamente.
—¿Algo más? —Sonreí con sorna—. Lo lamento, pero no poseo el súper don de invocar a los muertos, menos el de hablar con ellos vía ultratumba, si es a eso a lo que te refieres. —Bromeé sin apartar mis ojos de los suyos—. Una vez más, Comisario, sigue perdiendo su tiempo al pensar en algo que no tiene pies ni cabeza.
—Eso no es cierto —rebatió en el acto, muy convencido de sus palabras.
Volteé la vista hacia un costado, pero luego volví a situarla en él.
—No tengo ganas de discutir. Estoy muy cansada como para mantener una disputa contigo, y precisamente a esta hora de la mañana. Solo ansío llegar a casa, tomar una ducha caliente, relajarme, beber algo de vino, quizás, y dormir.
—¿Para dejar de pensar en tantas cosas?
Y ahí iba otra vez con sus deducciones policíacas.
Situé una de mis manos en mi fría frente. Luego, suspiré; sabía que poco a poco esta conversación no iba a llevarnos a ninguna parte.
—Estoy preocupada, sí, como cualquier persona que lo estima y desea su bien.
—No fue eso lo que te pregunté.
—Lo sé, pero quise decírtelo. ¿O prefieres que te mienta?—No más de lo que ya lo había hecho hasta este momento—. Ya tengo demasiado con todo lo que Agnes y Moira comentan de mí, y no tan solo a mi espalda, como para estar victimizándome frente a lo que sucedió, y de lo cual no me arrepiento. —Y una vez más, un prominente suspiro se me arrancó del pecho—. No soy una puta o una zorra como ellas afirman, Camilo, ni lo seré jamás.
—Y eso Klaus también lo sabe, Gala —reafirmó resuelto.
No pude evitarlo, por más que así lo deseé, mis ojos se aguaron inmediatamente en lágrimas que no conseguí contener, dejando que estas resbalaran libres por cada una de mis mejillas.
—Intenté alejarme de él. De hecho, hice todo lo que estaba a mi alcance para que el destino no volviera a ponerlo en mi camino —confesé, permitiendo que un sollozo también hablara por mí, ante la amargura que sentía.
—Pero eso no solo dependía de ti —expresó Camilo sin siquiera verme.
Y en eso él tenía muchísima razón.
Rápidamente, me limpié mi humedecido semblante.
—Cuánto daría por devolver el tiempo… —expresé con vigor, pero a la vez con mucha ira.
—¿Hasta el día del accidente? —formuló, pero ahora viéndome levemente interesado.
—No, hasta el día en que lo conocí. —Contemplé a la distancia el cielo sumamente nublado, en el cual no existía cabida para que se colara por él un solo rayo de sol—. Precisamente, hasta hace más de veintitrés años, cuando yo era una niña y él un adolescente —especifiqué. Un breve instante después, me abracé con mis extremidades y temblé, presa del dolor y el desasosiego que me invadía, pero también me estremecí por todos los recuerdos que tenía de él, por los nítidos y también por los vagos. Por los que con el correr del tiempo se habían vuelto difusos, etéreos, incandescentes… pero también por los palpables, por los patentes… porque sí, había conseguido desprenderme de ellos aun en contra de mi voluntad y de mis ganas de querer olvidarlo. Olvidar a quien un día había sido muy importante para mí. Olvidar a quien aún lo seguía siendo. Sí, en definitiva, olvidar a quien un día y con tan solo veintiún años de edad me había dicho “te amo”.
Suspiré con más fuerza, mientras conseguía mantenerme serena frente a esos recuerdos.
—Gala, ¿estás bien?
—Sí. Solo pensaba. ¿Podrías llevarme a mi casa, por favor?
—¿Qué te parece si… te llevo a un lugar mejor que ese?
Tragué saliva con prontitud, al mismo tiempo que Camilo me observaba y tendía frente a mí una de sus manos para que yo la tomase.
—¿Conoces un mejor lugar que mi hogar? —pregunté tontamente.
—Por supuesto. ¿Me dejas llevarte a él?
Por algo más que un breve lapso de tiempo presentí que mi corazón se detenía frente a lo que había dicho tan suelto de cuerpo, como si en sus palabras hubiese algo más, algo que yo ya presentía que allí existía.
—Le hará bien verte —manifestó sincero, admirándome a mí, pero también a su mano, la que aún se hallaba suspendida en el aire.
Lo observé expectante antes de hablar.
—¿Cómo lo sabes? —Ansié saber tímidamente, cuando mi barbilla me temblaba y todo de mí se estremecía gracias a la impresión que su pregunta me había generado.
—Solo lo sé. —Su voz sonó suave y esperanzadora—. No tengas miedo y acepta mi oferta, por favor.
Pero yo no estaba tan segura de eso. No después de lo que Agnes y Moira me habían reclamado tan humillantemente a sus anchas en aquel pasillo de la clínica.
—Camilo, no quiero más problemas y tampoco que ellas…
—No es hora de ser cobarde, Gala. Y más, frente a lo que Klaus también siente por ti.
—No entiendo… ¿Qué intentas hacer? —Me perdí en sus ojos, pero también en el particular y especial brillo que de ellos emanaba.
—¿Esta vez…? —Pronunció, pero más bien como si se estuviera interrogando a él mismo—, hacer las cosas bien. Es importante para mí —enfatizó, moviendo mínimamente la mano que yacía estirada frente a mi cuerpo—. Se lo debo.
—Camilo, tú no estás obligado a…
—Jamás ha sido una obligación. Confía en mí, por favor.
Pero para mí no solo se trataba de confiar. Ciertamente, había mucho más en juego que eso.
—No puedo.
—Sí, puedes.
—¡Cómo puedes afirmar una cosa así! —Grité en forma brusca.
—Porque te conozco.
Lo contemplé sin siquiera parpadear, mientras me dirigía una fugaz sonrisa con sus ojos, como diciendo “fue difícil, pero lo conseguí”.
—Y no solo como profesional. —Su respuesta logró estremecerme—. Por favor, Gala, confía en mí —repitió con auténtica convicción, desarmándome.
—¿Por qué? ¿Por qué debería hacerlo?
—Porque estaré ahí. Porque a mi lado “Nadie, Jamás” volverá a hacerte daño.
Quise creer en sus palabras. Extrañamente, ansié creer que eso, algún día, podría llegar a suceder, pero lamentablemente, y desde que tenía uso de razón, frente a todo lo que había experimentado, no estaba tan segura de eso.
Con los ojos vidriosos me quedé pensativa. Y dudé. Sí, pero de igual manera terminé tomando su mano, meditando todavía más la única interrogante que con fuerza daba cientos de vueltas al interior de mi cabeza: «Después de tanto tiempo transcurrido, ¿qué más podría perder?».

Continuará...