CAPÍTULO 7
“No
estamos tan lejos, todavía los dos vemos la misma luna.”
Cerré los ojos y temblé al momento de cerrar la
puerta. Estaba siendo cobarde, sí, lo estaba siendo, pero tenía mis razones. Después
de todo lo que él y yo habíamos vivido, no era fácil estar aquí y menos verlo así,
conectado a todo tipo de cables y dependiendo únicamente de máquinas que
monitoreaban sus signos vitales y/o cada uno de sus movimientos, por más
mínimos que estos fueran.
Klaus luchaba, lo sabía, lo conocía… él jamás iba a
dar su brazo a torcer. Él no iba a perder esta batalla.
Torpemente me acerqué a la cama en la cual se
encontraba, y de la misma manera alcé una de mis manos para tocar una de las
suyas, aquellos dedos que acaricié de principio a fin en tantas ocasiones y que
terminé entrelazando con los míos, cuando volvía a cerrar los ojos y lograba
suspirar para recomponerme.
Necesitaba fuerzas para proseguir, pero también
necesitaba decirle algo. Él debía oír mi voz, pero por más que pensaba, nada
bueno venía a mi mente.
Sollocé de rabia, pero también de impotencia y
frustración, mi cobardía me estaba haciendo sentir tan estúpida e inútil… hasta
que oí su voz, aquella que hacía inexistente a la distancia cuando su sonido lo
colmaba todo.
—Se habían encontrado por fin, pero estaban tan
diferentes —articuló a mi espalda, de improviso, consiguiendo que yo abriera
mis ojos de golpe—. Por una parte, ella sentía que había sanado de él, se
habían saciado sus ganas de amarlo. Por otra parte y por desgracia, a él le volvieron
a brillar los ojos al verla. La veía como jamás la había visto: más linda y más
segura que antes.
Volví a temblar, pero esta vez ante los nítidos y
hermosos recuerdos que en mi cabeza se agolpaban unos tras de otros.
Klaus continuó.
—Ella, para ese tiempo, lo había llorado lo
suficiente, soñado lo suficiente, buscado lo suficiente, pero nada, nada había
sido suficiente.
Las lágrimas rodaron por mis mejillas encendidas,
sin que pudiese detenerlas, al igual que a su cadencia, que a cada palabra que
pronunciaba me hacía estremecer.
El alma de Klaus se situó a mi espalda, mientras
proseguía.
—Y ahí fue cuando ella comprendió que el destino,
como tal, salva a unos y condena a otros de por vida —concluyó, enmudeciendo
finalmente.
Mi mano libre ascendió hasta llegar a su rostro, el
cual delineé con mi dedo índice, siguiendo la línea de su contorno, hasta
detenerse en su mentón.
—Estoy aquí… —logré pronunciar al fin y con los
ojos llenos de lágrimas.
—Llámalo Karma —me dijo tras liberar un suspiro, al
mismo tiempo que podía sentir el deliberado, pero muy sutil roce de sus brazos vagar
por sobre mi cuerpo. Klaus anhelaba tocarme. De alguna forma necesitaba comprender
lo que estaba sucediendo con él.
Sonreí con muchísima tristeza y desazón.
—¿Por qué no puedo tocarte? —dijo.
—Porque estás dormido.
—¿Dormido? —preguntó sin comprender.
Asentí y lo admiré fijo, pero a su rostro, no a su
espíritu, a quien aún tenía a mi espalda.
—Sí, aún estás dormido, esperando regresar.
—¿Regresar de dónde?
—De un lugar… en el cual no debes quedarte.
Me acerqué para besar su tibia frente y acariciar
por última vez cada una de sus mejillas.
—No comprendo…
—No es fácil comprender. Solo aférrate a la vida y
a lo que quieres de ella, ¿de acuerdo?
—Te quiero a ti —manifestó de inmediato, cogiéndome
desprevenida con su inminente y tan sincero comentario.
Apoyé mi frente junto a la suya antes de susurrar:
—Lo sé, mi amor. Lo sé…
Muchas más lágrimas rodaron por mis ahora
humedecidas mejillas, pero debía ser fuerte, no podía decaer. No ahora que él
estaba aquí conmigo y habíamos vuelto a tener “esta” especial conexión.
Después de ello, y sin soltar todavía la mano que
nos mantenía unidos, tomé coraje y me levanté para poder verlo a los ojos, a
esos que amaba y extrañaba tanto.
—“Porque cuando se ama así, como te amo, ¡qué
poquita es la vida para amarte! Qué rota voz, si con mi voz te llamo, porque el
alma también sabe llamarte.”
Klaus me observó en silencio y reconoció aquel
verso, pero también quiso tocarme el rostro, más no lo consiguió.
—¿Por qué lloras?
—De felicidad.
Quiso coger una lágrima, pero no logró detenerla.
—¿Y eres feliz?
—Sí, porque estoy contigo.
—¿Dónde estoy, Gala?
—Aquí, frente a mí, conmigo.
—¿Debo tener miedo?
—No. Claro que no.
Ambos guardamos silencio por algunos segundos, solo
nos bastaba con vernos, porque las palabras, para nosotros, en ese momento,
parecían sobrar.
—Tócame… —dijo de pronto—, te necesito.
—Lo estoy haciendo, mi amor…
Apreté mi mano con la suya, aquella que aún nos
mantenía unidos.
—No me dejes aquí. No quiero estar en este sitio…
solo.
—Entonces despierta, abre los ojos y lucha por
quienes más amas, por favor. Todos te estamos esperando.
—¿Estarás ahí cuando suceda?
—Sí, lo estaré siempre.
Me perdí en su mirada y mentí, porque ni yo estaba
segura de que eso sucedería, no con Agnes cerca y tampoco con su mujer. Sin
nada más que proferir, decidí voltearme para verlo otra vez, pero cómo
profundamente seguía dormido. A continuación, levanté nuestras manos
entrelazadas y las besé una a una, para luego acercar mi boca a su oído, en el
cual finalmente expresé:
—Cuando veas una pequeña luz brillar, síguela. No
tengas miedo. Si te dirige a algún pantano, sé que saldrás de él, eres fuerte.
Pero si no la sigues, toda tu vida vivirás arrepentido, porque nunca, nunca
sabrás si esa… era tu verdadera estrella.
Y muy lentamente solté su mano para alejarme de él,
aun no queriendo hacerlo. Ya no escuchaba su voz. Klaus había desaparecido.
Caminé hacia la puerta de su habitación y allí, de
espaldas, me quedé orando en silencio, sumida en mis plegarias, pero no como lo
hacía el resto de los mortales, sino como mi madre, un día, me lo enseñó: más
que con palabras, con el corazón.
—Camilo está afuera —recordé—. Te extraña, Klaus. Él
haría lo que fuera por ti, sin dudarlo.
Liberé un largo suspiro antes de volver a hablar
con la voz un tanto rota.
—No te rindas —mencioné con todas mis esperanzas
puestas en esas únicas tres palabras—. Por lo que más quieras, mi amor, no te
vayas a rendir.
****
Sin siquiera voltearme a ver a Agnes, salí
apresuradamente de la habitación, deshecha y conteniendo el llanto que no
cesaba de aflorar de mí, mientras a mi espalda la voz de Camilo se hacía
patente a cada paso que yo daba. Él intentaba detenerme.
—Gala… ¡Gala, espera!
Pero nada sucedía. Ni su voz, ni sus acalorados
gritos conseguían parar a mis pies que parecían moverse por inercia. Y no los
podía culpar, ya que solo deseaba alejarme de allí para quitarme esta maldita
agonía que me aquejaba, de saber que, quizás, esta sería la primera y la última
vez que podría estar cerca del hombre al cual yo amaba.
—¿Dónde vas?
—Déjame en paz, Camilo.
—¿Por qué me pides eso?
—¡Sólo déjame en paz! —Vociferé con todas mis
fuerzas, cuando conseguía detenerme frente a uno de los elevadores, al que no
pude ingresar, golpeándolo precipitadamente. Y a continuación, todo lo que percibí
fueron sus brazos a mi alrededor, conteniéndome, sujetándome, impidiéndome caer.
—Tranquila, Gala… Todo va a estar bien.
—¡Suéltame!
—Olvídate de eso, ¿quieres? Sabes que no lo haré.
Me giré hacia él y golpeé su pecho en varias
oportunidades, en señal de ira contenida y queriendo zafarme de sus
extremidades y su poderío, pero por más que lo intenté, no lo conseguí. Y
lloré, lloré como hace mucho tiempo no lo hacía, aferrada a él como una niña
pequeña, asustada y desconsolada, tal y como lo había hecho cuando había
perdido a mi madre, una tarde fría, lluviosa, otoñal y gris, quedándome
completamente sola.
—Mírame y confía en mí.
Pero me negaba a hacerlo, hasta que sentí cómo sus
manos, rápidamente, ascendieron hasta situarse en cada uno de mis encendidos pómulos.
Camilo quería verme a los ojos antes de volver a hablar y se estaba asegurando
de que aquello ocurriese en ese preciso momento.
—Klaus regresará, ¿me estás oyendo?
Tragué saliva ansiando que aquello sucediese.
—Klaus regresará —aseveró con fuerza en la voz,
admirándome a la inmensidad de mis ojos claros—. Jamás pienses lo contrario.
Guardé silencio, preferí comerme todo mi
padecimiento.
—Maldita sea, Gala, y no vuelvas a huir así de mí.
Todavía, viéndonos a los ojos, decidí realizar un
leve asentimiento de cabeza.
—Y no me obligues a usar la fuerza bruta, por
favor.
Una media sonrisa se dibujó en sus labios, una que,
por más que así lo quise, no pude dejar de contemplar. Era… realmente bella.
Suspiré como si el aire me faltara. De pronto, tuve
que aferrarme a él para evitar caer al piso de rodillas.
—¡Gala, qué tienes!
Por un breve instante todo comenzó a dar vueltas a
mi alrededor, Camilo, las personas que allí se encontraban, las voces, las
presencias, los sonidos, todo parecía formar parte de una maldita centrífuga
que no paraba de girar.
—¿Estás bien?
—No me sueltes —mencioné bajito, casi como un
ruego, cerrando los ojos y apretándolos fuertemente, anhelando que todo se
detuviera. Después de un instante y cuando al fin pude levantar la cabeza y
abrir los ojos, me sentí un poco mejor. Tuve que lidiar con la excesiva preocupación
de Camilo, exigiéndole que me sacara de allí, que necesitaba tomar un poco de
aire. Al cabo de unos minutos conseguimos cruzar el umbral que separaba la
entrada de la clínica del hall de informaciones.
—¿Segura que estás bien? No estaría mal que te
viera un médico, ya que estamos aquí.
—No va a revisarme un maldito médico, porque no
tengo nada. Solo es agotamiento físico y mental, algunas veces sucede —le
confié sin entregarle mayores detalles. En realidad, lidiar con los espíritus y
sus energías era verdaderamente agotador—. Desde niña me ocurren estos
episodios. Solo dame unos minutos para recuperarme, por favor.
—Gala…
—Acabo de mencionarte que estoy bien —manifesté con
todas sus letras. Camilo estaba preocupado, podía corroborarlo por la forma en
la que no cesaba de verme—. Son incidentes que ya aprendí a controlar.
—¿Desde hace cuánto suceden?
—Doce o trece años, ya no lo recuerdo con
exactitud.
Me acompañó hasta una banca que se encontraba muy
cerca de la entrada, en la que finalmente pude sentarme, bajo un frondoso árbol
que nos cobijó y nos regaló algo de sombra.
—¿Necesitas algo? ¿Agua, un café, quizás…?
—Que me lleves a casa, si no te importa.
—Es lo menos que puedo hacer por ti. Después de
todo…
—Me raptaste —concluí por él, arrancándole una
prominente sonrisa, a la que segundos después correspondí.
—En eso tienes toda la razón. ¿Vas a demandarme?
—¿Qué te parece si vas por tu auto y yo me quedo
aquí?
Camilo suspiró y se rascó la nuca. Al parecer, mi
idea no le había agradado para nada.
—Voy a estar bien —insinué, recuperando el aliento—.
De hecho, ya me siento mucho mejor.
Me miró con cara de pocos amigos antes de volver a
expresar:
—No te muevas.
Levanté las manos en señal de rendición.
—Estoy hablando muy en serio, Gala.
—Solo ve por tu coche, y mientras antes, mejor.
—Está bien —pronunció no muy convencido, alejándose
de mí.
Un par de minutos después, el sonido de un claxon
me sacó de mi ensimismamiento. Camilo estaba allí, me esperaba al interior de
su vehículo.
Me puse de pie y caminé hacia él todavía sintiéndome
algo extraña, lo que no iba a comentarle, por supuesto. Acto seguido, tomé aire
repetidas veces, y cerré los ojos por un brevísimo instante, hasta que me detuve
para tomar la manilla del coche y entrar en él, no sin antes situar la mirada
en un punto en particular, uno del cual misteriosamente me quedé prendada, casi
hipnotizada, porque… inusitadamente una figura apareció de un modo bastante
etéreo, sin rastro de daño alguno, haciéndome dudar de si realmente estaba viva
o muerta. Pero sus ojos… con solo verlos pude comprender fehacientemente que
todavía corría sangre tibia por sus venas.
Su mirada seguía siendo verde y centelleante, y
todavía era capaz de trasmitirme esa frialdad tan característica de su persona,
la que no poseía límites, si se trataba de ella.
En vez de encogerme de miedo, como me había
sucedido la última vez, cuando la vi hace algún tiempo, entre el gentío, en la
ciudad, la contemplé detenidamente, al mismo tiempo que también lograba oír la
voz de Camilo preguntándome qué me pasaba, que por qué me negaba a subir al
coche. Por razones más que suficientes no le respondí. En cambio, decidí
sostenerle la mirada a la extraña que se encontraba a varios metros de mí,
admirándome fijo, como si nada más le importara. Y tragué saliva con prontitud,
mientras se me secaba la garganta, cuando Camilo se bajaba del vehículo para
cerciorarse de que todo estuviese bien.
Unos segundos después, rodeó su auto. Solo percibí
su presencia gracias al tibio roce que recibí de parte de una de sus manos,
cuando ésta recayó en una de las mías, al igual que su dura mirada que me
desconcertó.
Me observó sin nada que acotar, aunque yo sabía,
algo me lo decía, que luchaba consigo mismo por formular sus propias
interrogantes.
De repente, en lo único que pude pensar fue… iba a ser un viaje muy
largo de regreso a casa.
Continuará...
