viernes, 7 de diciembre de 2018

Saga Médium / Almas Errantes Capítulo 2




CAPÍTULO 2




“Cuando la muerte silencie mi voz, mi corazón te seguirá hablando”.

Cada nítido recuerdo lo llevaba grabado a flor de piel, tal y como si no hubiesen pasado tantos años desde ese primer encuentro.

Caminaba a paso firme por uno de los tantos pasillos de la clínica “Santa Catalina”, en dirección a la unidad de cuidados intensivos, como una más de las personas que aquí se hallaban, madres, padres, hijos, hermanos, abuelos… todos en su afán de no abandonar a quienes se encontraban luchando contra el tiempo.

Sí, podía oír sus voces y también cada uno de sus lamentos.

Sabía que había sido una pésima idea llegar hasta aquí, pero algo más fuerte que mi voluntad me había arrastrado con fuerza hasta este sitio. Casi como un imán. Casi como un dispositivo con un especial magnetismo significativo, el cual poseía una fuerza tal de atracción, de la que yo aún me seguía sorprendiendo.

Necesitaba respuestas, y eso era lo que había venido a buscar, costase lo que me costase obtenerlas.

Sujetando mi medallón ovalado, que colgaba de mi cuello y caía a la altura de mi pecho, el cual en su interior tenía tallado un símbolo ―una runa para ser más exactos, denominada Algiz, la cual simbolizaba advertencia y anunciaba también tiempos de transformaciones, así como nuevas oportunidades, pero por sobre todo, actuaba como un escudo de protección, defensa y victoria, rechazando el mal―, no miré hacia atrás y moví mis pies hacia donde tenía que llegar velozmente. Pero no pude alcanzar mi destino por más que así lo anhelé, siendo detenida a mitad de camino por una voz femenina que yo bien conocía.

—¿Qué haces aquí? —Fue lo primero que me dijo, firme, tosca, decidida, abordándome por la espalda.

Enseguida me volteé hacia ella, sin dejar de tocar mi amuleto con las yemas de dos de mis dedos.

—Usted sabe perfectamente lo que me trae hasta aquí —respondí resuelta, clavando mi ojos verdes en la inmensidad de los suyos.

—¿Lo que te trae hasta aquí? Tienes suerte de que haya sido yo la que te haya visto primero.

—La verdad, mi suerte siempre la he considerado una porquería, señora Würm.

Al oírme y comprenderme, sonrió de medio lado y cerró por un pequeño instante los ojos. Se notaba cansada, agotada, abrumada; las remarcadas ojeras bajo sus ojos así me lo daban a entender; pero también su cabizbaja cabeza.

—¿Cómo está? —Era todo lo que requería saber, sin prisas, pero ella no estuvo del todo de acuerdo con eso.

—Está estable dentro de su gravedad —comentó al deslizar una de sus manos por la parte de atrás de su cuello—. Nada ha cambiado en estos malditos veinte días, Gala. Nada —reiteró.

Bajé la mirada hacia el piso inmaculado de aquel pasillo, en el cual ella y yo nos encontrábamos, antes de añadir:

—Jamás debió volver.

—Jamás debiste darle esperanzas.

Eso era nada menos que una reprimenda suya, que me tenía bien merecida.

Después de eso, cerré los ojos con prontitud, mientras todo mi cuerpo se conmocionaba y temblaba frente a su presencia. La maldita culpa me hacía sentir vacía y miserable, y lo peor de todo, no me dejaba en paz.

—Mi hijo siempre fue tan terco. —Inesperadamente se acercó a mí y me tomó de las manos, las que palmeó con suavidad. De alguna forma percibí su extraña condescendencia.

—Siempre fue el vivo retrato de su padre —sostuve.

—Ni que lo digas, Gala. Ni que lo digas.

Frente a su respuesta pretendí sonreír, al mismo tiempo que ella exhalaba ligeramente.

—Siempre me gustó ese amuleto. —Puso sus ojos castaños sobre él y lo admiró fijo—. Aunque nunca estuve de acuerdo con lo que Nicholas hacía o creía a mis espaldas, ese medallón, extrañamente, siempre me brindó una infinita paz.

Por mi parte, aún no me animaba a abrir los ojos, menos a depositar la vista sobre la suya, dilucidando si Agnes Würm, en sus entrelíneas, aún seguía reprochándome.

—No pudo haber caído en mejores manos —enfatizó, asombrándome una vez más con sus impensados comentarios. Porque siempre lo hacía; desde aquel momento, cuando el doctor Nicholas Würm me la había presentado, en su hogar, ella se había encargado de asombrarme con sus actos, pero también con sus prejuicios y contradicciones.

Suspiré, y envalentonada volví a mirarla a la cara, mientras ella se aprestaba a añadir muy seriamente:

—Buscan proteger su cerebro, manteniéndolo profundamente sedado, para así darle tiempo a su cuerpo para que se recupere. Mientras tanto, continúan monitoreando cada una de sus actividades, por mínimas que estas sean.

Elevé la vista y la fijé en el cielo de aquel sitio, evocando la última vez que Klaus y yo habíamos hablado, poco antes del fatal accidente que lo había dejado en esta tan terrible y compleja situación.

—El especialista nos comentó que el tiempo que se puede mantener a una persona en coma farmacológico dependerá de él mismo y de la causa que lo llevó a inducirlo al coma. Pueden ser semanas o… meses. —Liberó una de sus manos, mientras su barbilla le temblaba, sus ojos se aguaban en lágrimas, y terminaba llevándose aquella extremidad a la boca, para cubrírsela con ella.

»El doctor Montes también nos informó que todo esto tiene sus riesgos, y yo…

—No vas a perder a tu hijo, Agnes —manifesté, sacando fuerzas desde donde no las tenía, aún sin yo saber si aquello podría ser del todo cierto. Y la abracé. Ella, en ese momento, lo necesitaba muchísimo.

—Si Nicholas estuviera aquí… —balbuceó, sollozando.

—Lo está —aseguré, cerrando los ojos por un breve lapso de tiempo. De inmediato, Agnes se separó de mí, me tomó el rostro con sus manos y me miró directamente a los ojos, mientras yo de golpe abría los míos.

—¿Crees que tengo ánimos de escucharte bromear?

Tragué saliva con rapidez.

—Sabes perfectamente de lo que estoy hablando —proseguí, envalentonada—. Jamás bromearía con algo como tal.

—¿No me estás mintiendo? —formuló esperanzada.

—Te lo repito, Agnes, jamás podría jugar con algo semejante. Lo comprobaste por ti misma hace mucho tiempo atrás, ¿o ya lo olvidaste?

Al oírme, tembló de pies a cabeza.

—Entonces, dile que no se lo lleve, por favor, mi hijo tiene mucho aún por qué vivir. Además, está su familia, sus hijas, su esposa… —Me acarició el rostro con ligereza, mientras continuaba estremeciéndose. Pude advertirlo, sabía que en cualquier instante ella perdería el poco control que le quedaba de la situación.

—Agnes…

—No puede quitármelo… ¡No puede irse él también y dejarme aquí, sola! —Chilló la mujer entrada en años, apretujándome con sus extremidades, al mismo tiempo que yo intentaba apartarlas de mi rostro, ya que con ellas comenzaba a infringirme dolor.

—Agnes, por favor, cálmate…

—Tú puedes verlo… puedes hablar con él… puedes decirle que yo…

—Basta, Agnes. Contrólate.

—¡Cómo mierda me pides que me controle después de ver a mi hijo postrado en una cama sin saber si va a volver en sí! ¡Es mi hijo quien está aquí, Gala! ¡Mi Klaus!, ¡lo único que tengo! —Vociferó ya fuera de sus casillas, posando ahora sus fuertes manos sobre mis brazos—. ¡No eres quien está sufriendo! ¡No eres quien está en esta posición!

—No seas egoísta. No digas eso…

—¿Qué no lo diga? —Sonrió con sorna antes de continuar—. Por tu culpa Nicholas terminó muerto. Por tu culpa mi hijo hoy se debate entre la vida y la muerte, ¿y me pides que haga vista gorda a esta situación? ¡Esta vez no voy a quedarme callada, Gala!

—Estás cometiendo un grave error al enjuiciarme, y lo sabes.

—Lo único que sé, es que el error aquí eres tú —me indicó con su dedo índice, separándose finalmente de mí—. Siempre has sido un gran error y una abominación de la naturaleza. ¡Asúmelo!

Moví mi cabeza de lado a lado y tragué saliva con prontitud.

—¡Cómo qué no, si a dónde vas la maldita muerte te persigue! ¿Cómo eres tan estúpida para no darte cuenta de ello?

—Agnes, cállate, por favor…

—Y no me extraña que tu madre haya muerto por las mismas circunstan…

—¡Basta! —grité indignada, sin realmente querer hacerlo—. ¡No me conoces para hablar así de mí! —Añadí de la misma manera, apartándome todavía más de su lado—. Tú no eres nadie para tratarme de esta manera.

—¿Qué no soy nadie? Fui la esposa del psiquiatra al cual tú volviste loco con tus mentiras y engaños. Soy la madre de quien hoy por tu culpa está postrado en una cama, a punto de perder la vida y…

—¿Agnes? —inquirió una dulce voz a su espalda, interrumpiéndola, llamando la atención de la anciana y, por supuesto, también la mía—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué gritas? ¿Estás bien? —Rápidamente, la dueña de esa cadencia caminó hacia nosotras, mientras su rostro se desfiguraba debido a mi inusitada presencia—. ¿Qué hace esta mujer aquí? —En cuestión de segundos pude ver toda su ira en aquellos hermosos y cristalinos ojos azules que no cesaban de contemplarme—. ¿Qué no te quedó claro la última vez que este no era tu lugar?

Tragué saliva con dificultad, todo y gracias al grandísimo nudo que tenía alojado en la garganta, causado en primera instancia por la viuda del doctor Nicholas Würm, pero también por Moira Miller, la esposa de Klaus y madre de sus hijos.

—¿Qué no tienes vergüenza? ¡Qué no tienes un poco de decencia y dignidad!

La admiré por varios segundos, sin nada que decir, mientras me mordía la lengua.

—Sal ahora mismo de aquí.

—Moira, por favor, escúchame… —Intenté que se detuviera, pero fue en vano.

—¡Sal ahora mismo de aquí y no regreses, basura! —Gritó enfurecida, al mismo tiempo que era sostenida por Agnes, quien inútilmente pretendía calmarla y alejarla de mí.

—No. Necesito saber si él… —Y de pronto, y sin que lo hubiese advertido, una feroz cachetada que me regaló me hizo tambalear y voltear mi rostro hacia un costado, debido a la fuerza del impacto, arrastrándome a lo que era, llevándose consigo toda mi miseria, mi vacío y también mi patente frustración.

—Tú solo necesitas que te repita una y mil veces lo que eres y siempre serás, una ofrecida de mierda.

Mi pómulo ardía de considerable manera, al igual que lo que crecía dentro de mí, un fuego abrazador que ya me era imposible aplacarlo.

—¡Tú te lo buscaste! —expresó fuera de sí, recordándomelo, enfatizándomelo, restregándomelo en la cara, pero también, justificando su, quizás, premeditado acto de violencia en contra de mi persona. Después de ello, nadie dijo nada, solo las vi alejarse apresuradamente de mí, una abrazada de la otra, cuando por mi parte, todo lo que podía hacer era callar, como siempre lo había hecho, desde un principio.

Con los ojos enjuagados en lágrimas, me volteé y comencé a caminar en dirección hacia la salida, sintiendo ante todo las miradas furtivas de quienes allí se encontraban y seguían deleitándose, a mi espalda, con la situación que aquí había acontecido, cuando la opresión en mi pecho no decrecía, al contrario, aumentaba cada vez en intensidad, y sin que yo pudiese detenerla.

Rabia, dolor, impotencia y frustración… todo eso y más corrían ahora mismo por cada una de mis venas.



****



—¿Falcó?, ¿Falcó? ¿Estás aquí?

Podía oír aquella voz a cientos de kilómetros de mí, llamándome reiteradamente.

—¿Te sientes bien? —preguntó quién se aprestaba a quitarse su casaquilla de color azul con el logo del Servicio Médico Legal en la parte posterior, como también en uno de sus costados—. Recuerda que tenemos un cadáver que periciar.

Un cadáver… Sí, esta noche iba a ser bastante larga.

—Estoy… bien. Solo me duele un poco la cabeza —le di a entender mientras suspiraba y pretendía apartar de mí, prontamente, cada una de mis preocupaciones, ante los acontecimientos que se estaban suscitando.

—¿Quieres hablar?

—No hace falta, Villegas. Gracias —me excusé, otorgándole en el acto una torcida y fugaz sonrisa a mi compañera y colega de trabajo, la médico forense Daniela Villegas.

Sin nada más que decir, me preparé con agilidad, al mismo tiempo que ella no cesaba de contemplarme, perpleja, incrédula, como si no hubiese creído en mis palabras.

—Estoy bien —repetí, vistiéndome de forma apresurada con la indumentaria correspondiente, antes de entrar al “Cuarto frío”, como solíamos llamar a nuestro maravilloso e idílico lugar de trabajo.

Unos minutos después, ambas cruzábamos el umbral para adentrarnos en ese particular sitio, el cual se hallaba rodeado por tres cámaras frigoríficas que contenían en su mayoría a víctimas de muertes violentas, de tipo homicida, suicida o accidental.

Cuanto frío se sentía y respiraba aquí… pero no precisamente debido a la temperatura que albergaba esta área, sino por la específica energía que aquí yacía. Un lugar al cual no cualquiera tenía acceso y, por supuesto, no cualquiera desearía entrar.

—¿Qué tienes para mí? —pregunté, terminando de colocarme la pechera plástica sobre mi uniforme de color azul, en el mismo instante en que ella se acercaba a la mesa de autopsias, la rodeaba, y con posterioridad, abría el cierre de una gran bolsa oscura que se hallaba sobre ella.

—Víctima de sexo femenino, de alrededor de treinta años de edad, encontrada en un humedal de la ribera del río, al suroeste, y, al parecer, fallecida por inmersión.

—¿Suicidio? —Me acerqué al cadáver para observarlo en todo su esplendor.

—Es lo que certifica el informe de los peritos de la Policía de Investigaciones. No creo que esta mujer haya salido precisamente a nadar tan temprano Gala.

Asentí y guardé silencio, mientras mi compañera de trabajo seguía con su vista cada uno de mis silenciosos movimientos.

—¿Data de muerte? —continué, enfocada precisamente en las primeras informaciones que ella me entregaba.

—Algo más de treinta y seis horas.

—Treinta y seis horas —repetí, pero no del todo convencida, tocando con lentitud cada uno de los costados de su abdomen, y también su caja torácica—. Costillas rotas, Villegas. —Enarqué una de mis colorinas cejas al informárselo—. ¿Eso también se detalla en el informe?

—No, Gala. Aquí no hay nada de eso.

Suspiré, temiéndomelo.

—¿A qué hora fue encontrada esta mujer?

—A las seis de la mañana con trece minutos, precisamente.

Me dediqué con afán a realizar mi labor, cuando mi compañera volvía a entregarme pequeños y ambiguos detalles sobre este caso.

—Hace más de diez días la víctima había desaparecido de su hogar —acotó.

—¿Alguna constancia por presunta desgracia?

—Sí, de su ex pareja. El parte dice que el individuo tardó más de tres días en dar aviso a la policía de su desaparición.

—¿Extraño, no te parece? ¿Cómo se llamaba la víctima, Villegas?

—Amanda. Amanda… López.

—¿Qué fue lo que te sucedió, Amanda? —susurré bajito,  tan solo para ella y para mí, mientras comenzaba a desarrollar el correspondiente examen tanatológico a su cuerpo, tratando de determinar las causas exactas de su muerte y las circunstancias en las que se produjo.

—Siempre me he preguntado una cosa, y con todo respeto te lo menciono, debido a nuestros años como médicos forenses y trabajando en este lugar…

—Habla de una vez, Daniela. ¿Qué ocurre?

—¿Por qué siempre tratas por su nombre a un cadáver, siendo lo que ya es?

Me detuve y alcé la cabeza para fijar mis ojos en los suyos por un brevísimo momento.

—La muerte extingue la personalidad, por lo que en el cadáver no se reconocen los atributos que la ley les concede a las personas —me recordó lo que yo bien sabía.

—No lo hubiese dicho mejor —respondí socarronamente, todo y gracias a su asertivo comentario, volviendo a inspeccionar lo que mis ojos podían ver a simple vista, como los hematomas en sus rodillas, por ejemplo.

—¿Entonces? —insistió, ansiaba que le respondiera.

—No lo sé. Siento que ellos aún merecen todo mi respeto, y más, en este tipo de condiciones —expliqué, fijándome también en los moretones de consideración que yacían en sus extremidades superiores, que según el parte oficial, no estaban en su cuerpo al momento del hallazgo.

—Nunca terminaré de comprenderte, Gala.

—Esa siempre ha sido mi idea, Daniela —giré mi cabeza hacia ella, otorgándole un guiño—, ser para ti un bendito misterio.

La oí sonreír, así como también vi como ponía los ojos en blanco.

—¿Qué hay del lugar de los hechos? —Continué.

—Al parecer, nada que pueda entregarnos información más relevante sobre lo que allí aconteció.

—A eso yo lo llamo habilidad pura —comenté, desconcertándola.

—¿A qué te refieres con eso?

—A que… si te fijas bien y te concentras, el cadáver siempre terminará contándonos lo que con él ocurrió, sin importar lo que los demás no vean o no quieran ver.

Enseguida entrecerró la vista antes de volver a formular:

—¿En qué estás pensando, Gala?

—Ve por el instrumental, por favor. Vamos a tomar algunas muestras.

Daniela así lo hizo, dejándome un par de minutos a solas con quien yacía inerte sobre la mesa de autopsias, en el mismo momento en que me atreví a preguntar:

—¿Por qué? —Miré fijamente y con paciencia a sus ojos cerrados—. Dime, ¿por qué? —reiteré, como esperando a que Amanda pudiese decirme algo más. Algo de lo que, evidentemente, solo ella estaba al tanto.

Al cabo de treinta minutos, el cuerpo comenzó a entregarme ciertos detalles que los peritos de la policía habían pasado por alto, negligentemente.

—Costillas rotas, el bazo roto, hematomas en la parte inferior de sus extremidades, en clara alusión de que Amanda fue arrastrada en contra de su voluntad; además de los hallados en cada uno de sus brazos y que no se detallan en el informe. Esto no pinta para un suicidio, Daniela. Esto es simple y llanamente, una muerte con violencia y de forma homicida.

—Llamaré al comisario Santander —proclamó con cierto entusiasmo.

Asentí y advertí un brillo especial en sus ojos castaños, porque con mis palabras, y también las suyas, a mi querida compañera de trabajo solo le hacía falta aplaudir y saltar de alegría.

—Dile que lo necesito aquí a primera hora de la mañana, por favor —le indiqué—. Después de eso, puedes hacer con él lo que tú quieras.

Villegas sonrió e hizo de inmediato abandono del cuarto frío con una sonrisa de oreja a oreja estampada en su semblante. Entretanto, me quedé allí por un momento más, siempre invadida y acompañada por la soledad y el mutismo del lugar. Y con posterioridad, y mientras los minutos transcurrían, crucé mis brazos por sobre mi pecho, de espaldas a la mesa de autopsias, percibiendo como la temperatura del lugar parecía bajar, más y más, erizándome todavía más el vello cubierto de mi piel.

Sí, sabía lo que a continuación ocurriría. De hecho, desde que había cumplido los trece años de edad, esto estaba sucediéndome.

—¿Tienes algo que decir? —inquirí sin siquiera voltearme a ver a quien se erguía sobre la mesa de autopsias, de torpe y muy lenta manera.

—Sí —susurró la dueña de una débil y rota voz, mientras caía de su boca un espeso y fétido líquido viscoso, y se acercaba a mí para murmurar muy cerca de mi oído una única palabra que con atención conseguí escuchar, la que en definitiva logró helar cada parte de mi cuerpo. Cerré con prontitud mis ojos y percibí cómo me envolvía con su gélido aliento, pero por sobre todo, con su inquietante y paradójica presencia.

Porque Amanda estaba ahí. Finalmente, ella me estaba respondiendo. 

Continuará...

**Próximo capítulo, miércoles 12 de diciembre.
Nos leemos!!
 

domingo, 2 de diciembre de 2018

Saga Médium / Almas Errantes Capítulo 1




CAPÍTULO 1




“Valiente no es la persona que no tiene miedo, sino la que, a pesar de sentir miedo, sigue adelante”.


Klaus Würm era su nombre.
La primera vez que lo oí nombrar fue cuando el doctor Nicholas Würm me habló de él en una de mis tantas visitas a su oficina; yo tenía catorce años de edad y él se aprestaba a cumplir diecisiete.
Recuerdo perfectamente que poseía una fotografía enmarcada de su hijo sobre su escritorio, la que siempre llamó mi atención, sin que yo pudiese verla de frente hasta ese momento. Sus ojos negros, como noche sin luna, me encandilaron de inmediato, al igual que su sonrisa espléndida, que dejaba entrever su dentadura blanca. Su padre se sentía orgulloso de él, así me lo demostraba con cada una de sus palabras, mientras delineaba con la yema de uno de sus dedos el contorno de su rostro.
«Verdaderamente, ese chico tiene muchísima suerte», pensé.
El doctor Nicholas Würm era mi psiquiatra, al que había comenzado a visitar hacía menos de seis meses por estrictas órdenes médicas de mi último psicólogo, el que había derivado mi caso clínico a un especialista más experimentado, cuando ya las pesadillas eran escalofriantes y difíciles de asimilar.
Por cuenta propia me había obligado a no cerrar los ojos, menos a dormir por miedo a ver y oír todo lo que mi madre no creía que a mi alrededor estuviese sucediendo. Porque ya no eran tan solo luces lo que veía en torno a las personas, sino entes que venían por mí, y nada menos que a pedirme ayuda. Pero… ¿Por qué? ¿Quién era yo? ¿Por qué no querían dejarme en paz? ¡¡¿Qué estaba aconteciendo precisamente?!!
Y eso lo supe cuando finalmente tuve a Klaus frente a mí.
Una tarde cualquiera, de un día cualquiera, el doctor Nicholas Würm quiso experimentar, o más bien, llevar a terreno una de sus teorías más prominentes, todo bajo el consentimiento y la supervisión de mi madre, por supuesto, quien terminó aceptando su propuesta al oír las hipótesis que él ya barajaba, pero no como una eminencia en su área, sino como un férreo estudioso de la espiritualidad y los fenómenos paranormales y extrasensoriales. ¡Quién lo hubiese dicho! Y aunque nadie lo creyese, el doctor Würm terminó siendo un avezado especialista también en esa materia.
Mientras mi madre me decía que todo iba a estar bien, y acariciaba mis manos con ternura, él salió de su oficina para pedirle a quien sea que estuviese fuera de ella que entrara con rapidez, consiguiendo que con su presencia, yo instantáneamente elevara la mirada hasta posicionarla en la del joven de cabello castaño y altura destacada que en ese momento se disponía a entrar por la puerta. Estaba nervioso, el continuo movimiento de sus manos, así como el vaivén de su cuerpo, me lo daban a entender.
Sin saber qué hacer, admiré a mi madre, y en reiteradas ocasiones moví la cabeza de un lado a otro en forma de negativa. El doctor Würm quería comprobar algo, y ese algo tenía que ver con su hijo, quien ahora nos admiraba perplejo y extrañado, mientras pretendía sonreír.
Luego de las debidas presentaciones y el temor que él podía ver en mis ojos, se sentó en uno de los sofás de la sala sin nada que acotar. Bajaba la mirada, la perdía en la de su padre, y volvía a clavarla en la alfombra de color caoba que tenía bajo sus pies, mientras este le entregaba las correspondientes instrucciones que debía realizar, todo el tiempo que él estuviese grabando la escena, casi como si se tratara de algún episodio de alguna película vieja.
—Aquí no va a ocurrir nada que tú no quieras que suceda, ¿confías en mí? —comentó el doctor Würm al tomarme las manos, admirándome como siempre lo hacía, sin una cuota de prejuicios, recelo y desconfianza, tal vez, porque la primera vez que lo vi le hablé de su aura, el color que lo rodeaba ―sí, después de investigar por mi cuenta supe realmente qué eran esas luces y qué significaban esas tonalidades―, siendo la suya de color amarillo y muy diferente a la de los demás.
Me perdí en su profunda mirada, la que se parecía muchísimo a la de su hijo, quien ahora no nos quitaba la vista de encima, mientras suspiraba; seguramente, todo esto le parecía una soberana estupidez, no había que ser una vidente para dilucidarlo.
—¿Puedes hacerlo por ti y también por mí, Gala? —Me pidió casi como si fuera una súplica, antes de comenzar—. Es importante. Es verdaderamente importante que yo crea en ti después de todo lo que hemos hablado. Te prometo que nada malo va a suceder.
Pero yo no estaba tan segura de eso.
—No estoy loca —fue lo primero que dije, aseverándolo firmemente; no era la primera vez que se lo mencionaba así; llamando la atención de quien ahora nos contemplaba con una cierta cuota de interés, mientras que rápidamente parpadeaba.
—Lo sé. Me consta —acotó el profesional, palmeándome las manos—, pero tenemos que avanzar, de eso se trata todo este proceso.
«¿Realmente teníamos que hacerlo, o solo se trataba de una más de sus investigaciones, y yo, sin saberlo, me estaba convirtiendo de a poco en su chivo expiatorio?», cavilé.
Hundí la vista en mis zapatos, mis mocasines de color café para ser exactos, pidiendo que todo transcurriera de prisa, al mismo tiempo que asentía y cerraba por un instante los ojos, sintiendo el cálido afecto de mi madre sobre mí; me abrazaba y se estremecía junto conmigo; probablemente, las dudas comenzaban a mermar en ella al verme así, tan frágil, vulnerable y llena de pavor, cuando la voz de aquel chico volvía a sonar al interior de ese cuarto.
—Pensé que me habías citado para algo más importante, papá —espetó con arrogancia pura, remarcando cada una de las sílabas de esa despectiva frase, sin importarle que nosotras estuviéramos ahí—. ¿Ya me puedo ir?
—Todavía no hemos comenzado, Klaus —respondió su padre, obligándolo a que se mantuviera en su sitio, cuando se dirigía veloz hacia un costado de su escritorio para darle play a la enorme cámara que allí se encontraba, elevada sobre un grueso soporte.
—¿De qué va todo esto, eh? No me digas que es una más de tus absurdas investigaciones sin sentido.
Al mismo tiempo que los oía charlar, empecé a sentir mucho frío, como si, de pronto, en esa habitación la temperatura hubiese bajado una enormidad. Y me sacudí, sin llegar a controlarme, tanto que me castañetearon los dientes. Porque volvía a suceder. Sin trucos, ni magia, todo volvía a acontecer de la misma manera.
—No… Por favor, no de nuevo —balbuceé con miedo.
—¡Doctor! —exclamó mi madre al verme así, inquieta y preocupada, sin levantar la cabeza y sumida en mis propios pensamientos y contradicciones.
—Papá, recuerda que mamá dijo que ya no…
—¡Cállate, Klaus! —Le ordenó su padre con frialdad, cuando muy quedamente yo levantaba la cabeza e incrustaba la vista en alguien que ahora también se encontraba al interior de esa habitación, en la cual ya no éramos cuatro, sino seis.
Tragué saliva un par de veces y traté de mantenerme todo el tiempo en mis cabales, viendo cómo una deslumbrante mujer de cabellera cana, vestido a lunares, collar de perlas, zapatos de tacón y guantes blancos en sus manos, lo admiraba a él; sí, a Klaus, precisamente.
—Gala… —Como si la voz del doctor Würm, repentinamente, se hubiese apagado, solo conseguí leer sus labios, deduciendo que me llamaba, y no una, sino dos veces más, cuando más bien, mi vista se hallaba posicionada en la figura de la desconocida de al menos setenta y tantos años que lo admiraba con cuasi devoción, como si lo conociera desde siempre.
—Dile que lo quiero —me pidió súbitamente y sin mirarme—. Dile que lo extraño demasiado, y que me perdone, por favor.
Aterrada, abrí la boca y la cerré, sin poder balbucear una sola palabra.
—Sé que puedes verme y oírme, muchachita. Así que no me temas. Después de todo, fuiste tú quien me trajo hasta este lugar.
Me atraganté con mi propia saliva mientras todo mi cuerpo no cesaba de estremecerse, porque lo que ella afirmaba con tanta convicción no era del todo real.
—No creo que a estas alturas de su vida le guste jugar con trenes. Era de color azul y a mi nieto le encantaba. —Sonrió bellamente, fascinada con su presencia—. En su tiempo… fue el juguete favorito de su padre.
—Ya… no juegas con trenes —proferí tímidamente, dirigiéndome a él—, y en su tiempo fue el juguete favorito de tu padre —agregué, viéndolos a ambos como sorprendidos abrían sus ojos como platos.
—¿Papá? ¿Qué está ocurriendo? ¿De qué habla esta chica? —inquirió Klaus, nervioso y confundido frente a mi inesperada intervención.
—Silencio, hijo —le pidió el doctor Würm, dando un par de pasos en mi dirección—. ¿Gala? ¿Está todo bien contigo?
En el acto, terminé levantando mi mano izquierda, con la cual le di a entender que era mejor que se quedara en su sitio. Después, admiré a la bella y anciana mujer, que ahora nos acompañaba, quien también me contemplaba, y para nada estupefacta.
—Dile que el cigarrillo no es un buen amigo y consejero. Y que tarde o temprano terminará matándolo.
—Debería dejar de fumar, doctor Würm —expresé enseguida, llamando todavía más la atención de los presentes con mi atrevido comentario.
—¿Qué fue lo que dijiste? —Mencionó Klaus, envalentonado.
—¿Gala…? —Pronunció el doctor Würm un tanto descolocado—. ¿Quién está aquí? ¿A quién ves? —Parecía muy ansioso de conocer ambas respuestas.
—¿Cómo que a quién ves? —Alzó la voz Klaus, aún más embrollado que antes.
Carpe Diem, Nicholas, eso fue lo que te enseñé, ¿o ya lo olvidaste?
Carpe Diem, Nicholas, eso fue lo que te enseñé, ¿o ya lo olvidaste? —Sin vacilar, repetí las palabras de aquella mujer, cuando él pronunciaba entrecortadamente…
—¿Ma-má?
Casi como un acto reflejo, volteé la vista hacia las cortinas, pero en específico hacia la oscura figura de quien no cesaba de acecharnos, oculta entre las sombras. Sí, él estaba ahí, aguardando, como siempre.
De repente, de forma impetuosa oí la voz de Klaus.
—¿Qué ocurre, papá? ¿Quién es ella, y por qué me trajiste hasta aquí? —Todavía más confundido, corrió enseguida hacia su padre, quien había regresado tras sus huellas y ahora yacía a un costado de la cámara y el enorme y grueso soporte, impertérrito.
—Porque necesitaba que alguien más corroborara todo esto, hijo —le confió serenamente, pero sin dedicarle un solo vistazo con sus radiantes ojos claros—. Necesitaba que alguien más, y de mi total confianza, creyera, y no solamente en mí.
Frente a eso, Klaus no supo qué responder.
—No solo su madre se encuentra en esta sala, doctor Würm —intervine, tragando saliva con prontitud. Podía sentir mis manos cómo resbalaban las unas de las otras, producto de la sudoración fría que envolvía mi cuerpo, y también, perlaba mi rostro y mi frente.
—¿Quién más se encuentra aquí, Gala? —Reiteró vehemente—. ¿Quién nos acompaña?
Al instante, moví mi cabeza de lado a lado, negándome a proclamarlo.
—Gala, por favor —insistió.
—Papá, ya basta. Sea quien sea, solo termina con esto y déjala en paz. ¡No comprendes que nos está mintiendo!
Y realicé el mismo movimiento, no una, sino varias veces más, fijando la vista en la figura confundida de su hijo, al mismo tiempo que mi madre intercedía, furiosa.
—¡Mi hija no es una mentirosa!
—Gala… —articuló otra vez el doctor Würm, casi al borde de la desesperación y un colapso nervioso. Su serenidad, al parecer, se había esfumado—. ¡Gala, te lo pido! —vociferó esta vez como una ferviente súplica.
—¡Díselo! ¡Qué no lo estás oyendo! —exclamó con poderío la voz de su desconfiado hijo, ordenándomelo, haciéndome temblar, taladrándome los ojos con su irascible mirada. Sí, quería que este absurdo circo acabara de una buena vez, y tal vez, para siempre.
—Está jugando con fuego —comenté decidida, alcanzando una de las manos de mi madre, la que apreté con fuerza segundos después, diciéndole con ello que era hora de marcharnos de este sitio—. ¿Qué no lo siente? —agregué, cuando ambas ya caminábamos hacia la puerta.
—¿Sentir qué, Gala?
Varias lágrimas rodaron por mis, ahora, humedecidas y gélidas mejillas.
—¡Sentir qué! —Reiteró, enfebrecido.
—Déjela en paz, doctor Würm —comentó mi madre, apurando el paso—. Ya no más, por favor. Ya no insista más.
—Gala, sea lo que sea, quiero saberlo —comentó, sin prestarle atención a las palabras de mi madre—. Es más, daría todo lo que tengo por…
Pero solo un segundo me bastó para abrir la boca e interrumpirlo antes de que cometiera el peor de los errores al concluir su desfavorable comentario.
—¡Basta! —proferí duramente, admirándolo desde la puerta de su oficina. Y sollocé, temblando de pies a cabeza, y no precisamente de frío—. No querrá saberlo. Se lo advierto —aseguré—. Jamás querrá llegar a saberlo.
—¿Por qué?
—Porque la muerte no es mala, ni es piadosa, solo es ella, tiene un trabajo y debe cumplir con él.
—¡Quién te dijo eso! —formuló iracundo, mientras se le desencajaba la mandíbula. Y empuñó sus manos, como si mis palabras le hubiesen sonado realmente familiares.
—Su madre, doctor Würm.
Abrió aún más sus ojos como platos.
—¿Qué has dicho? ¿Mi madre? ¿Estás segura?
—Sí. ¿No fue eso lo que ella le escribió en una carta antes de morir?
Su barbilla le tembló un par de veces. Por mi parte, clavé mis ojos en el piso, avergonzada, antes de volver a alzar la mirada y manifestar en su dirección.
—Ella… solo ansía que la perdone.
El doctor Nicholas Würm no dijo nada, solo se limitó a aferrarse con fuerza a su escritorio, al mismo tiempo que pretendía regular el precipitado ritmo de su respiración. Era evidente, estaba shockeado.
—No sé quién eres, ¡pero deja ya de mentir! —atacó Klaus, gritándomelo al rostro sin ningún tipo de condescendencia.
—¡Te lo repito, muchacho, mi hija no es una mentirosa! —proclamó mi madre de vuelta, fuera de sus cabales.
—Entonces, ¿qué quiere conseguir con todo esto? ¡¡¿Engañarnos como si fuéramos dos idiotas?!!
—Nada —contesté en el acto, limpiándome la cara con la manga de mi suéter de lana—. Solo tengo catorce años y…
—Vamos, hija, no des más explicaciones en vano. Ya no tenemos nada más que hacer aquí —me interrumpió mi madre, abriendo la puerta con prontitud. Quería tanto como yo abandonar este cuarto.
Sin más preámbulos, me aferré a ella, al mismo tiempo que le dedicaba un último vistazo a quien, desde su lugar y verdaderamente intrigado,  no cesaba de contemplarme.
—Lo siento, doctor Würm. Realmente, lo siento muchísimo —comenté al detenerme en el umbral de la puerta.
—Hija, por favor… —suplicó mi madre.
—Yo no pedí ser así. ¡Tiene que creerme! —Enfaticé con fervor—. No es mi culpa… Se lo juro… —finalicé, antes de perderme tras ella.

Continuará...

**Próximo capítulo de Almas Errantes, Saga Médium, sábado 08 de diciembre.
Muchísimas gracias por cada una de sus lecturas y sus comentarios.
¡Nos leemos!
Un besote grande.