CAPÍTULO 2
“Cuando
la muerte silencie mi voz, mi corazón te seguirá hablando”.
Cada nítido recuerdo lo llevaba grabado a flor de
piel, tal y como si no hubiesen pasado tantos años desde ese primer encuentro.
Caminaba a paso firme por uno de los tantos
pasillos de la clínica “Santa Catalina”, en dirección a la unidad de cuidados
intensivos, como una más de las personas que aquí se hallaban, madres, padres,
hijos, hermanos, abuelos… todos en su afán de no abandonar a quienes se
encontraban luchando contra el tiempo.
Sí, podía oír sus voces y también cada uno de sus
lamentos.
Sabía que había sido una pésima idea llegar hasta
aquí, pero algo más fuerte que mi voluntad me había arrastrado con fuerza hasta
este sitio. Casi como un imán. Casi como un dispositivo con un especial
magnetismo significativo, el cual poseía una fuerza tal de atracción, de la que
yo aún me seguía sorprendiendo.
Necesitaba respuestas, y eso era lo que había
venido a buscar, costase lo que me costase obtenerlas.
Sujetando mi medallón ovalado, que colgaba de mi
cuello y caía a la altura de mi pecho, el cual en su interior tenía tallado un
símbolo ―una runa para ser más exactos, denominada Algiz, la cual simbolizaba advertencia y anunciaba también tiempos
de transformaciones, así como nuevas oportunidades, pero por sobre todo,
actuaba como un escudo de protección, defensa y victoria, rechazando el mal―,
no miré hacia atrás y moví mis pies hacia donde tenía que llegar velozmente.
Pero no pude alcanzar mi destino por más que así lo anhelé, siendo detenida a
mitad de camino por una voz femenina que yo bien conocía.
—¿Qué haces aquí? —Fue lo primero que me dijo, firme,
tosca, decidida, abordándome por la espalda.
Enseguida me volteé hacia ella, sin dejar de tocar
mi amuleto con las yemas de dos de mis dedos.
—Usted sabe perfectamente lo que me trae hasta aquí
—respondí resuelta, clavando mi ojos verdes en la inmensidad de los suyos.
—¿Lo que te trae hasta aquí? Tienes suerte de que
haya sido yo la que te haya visto primero.
—La verdad, mi suerte siempre la he considerado una
porquería, señora Würm.
Al oírme y comprenderme, sonrió de medio lado y
cerró por un pequeño instante los ojos. Se notaba cansada, agotada, abrumada; las
remarcadas ojeras bajo sus ojos así me lo daban a entender; pero también su cabizbaja
cabeza.
—¿Cómo está? —Era todo lo que requería saber, sin
prisas, pero ella no estuvo del todo de acuerdo con eso.
—Está estable dentro de su gravedad —comentó al deslizar
una de sus manos por la parte de atrás de su cuello—. Nada ha cambiado en estos
malditos veinte días, Gala. Nada —reiteró.
Bajé la mirada hacia el piso inmaculado de aquel
pasillo, en el cual ella y yo nos encontrábamos, antes de añadir:
—Jamás debió volver.
—Jamás debiste darle esperanzas.
Eso era nada menos que una reprimenda suya, que me
tenía bien merecida.
Después de eso, cerré los ojos con prontitud,
mientras todo mi cuerpo se conmocionaba y temblaba frente a su presencia. La
maldita culpa me hacía sentir vacía y miserable, y lo peor de todo, no me
dejaba en paz.
—Mi hijo siempre fue tan terco. —Inesperadamente se
acercó a mí y me tomó de las manos, las que palmeó con suavidad. De alguna
forma percibí su extraña condescendencia.
—Siempre fue el vivo retrato de su padre —sostuve.
—Ni que lo digas, Gala. Ni que lo digas.
Frente a su respuesta pretendí sonreír, al mismo
tiempo que ella exhalaba ligeramente.
—Siempre me gustó ese amuleto. —Puso sus ojos
castaños sobre él y lo admiró fijo—. Aunque nunca estuve de acuerdo con lo que
Nicholas hacía o creía a mis espaldas, ese medallón, extrañamente, siempre me
brindó una infinita paz.
Por mi parte, aún no me animaba a abrir los ojos,
menos a depositar la vista sobre la suya, dilucidando si Agnes Würm, en sus
entrelíneas, aún seguía reprochándome.
—No pudo haber caído en mejores manos —enfatizó,
asombrándome una vez más con sus impensados comentarios. Porque siempre lo hacía;
desde aquel momento, cuando el doctor Nicholas Würm me la había presentado, en
su hogar, ella se había encargado de asombrarme con sus actos, pero también con
sus prejuicios y contradicciones.
Suspiré, y envalentonada volví a mirarla a la cara,
mientras ella se aprestaba a añadir muy seriamente:
—Buscan proteger su cerebro, manteniéndolo
profundamente sedado, para así darle tiempo a su cuerpo para que se recupere.
Mientras tanto, continúan monitoreando cada una de sus actividades, por mínimas
que estas sean.
Elevé la vista y la fijé en el cielo de aquel
sitio, evocando la última vez que Klaus y yo habíamos hablado, poco antes del
fatal accidente que lo había dejado en esta tan terrible y compleja situación.
—El especialista nos comentó que el tiempo que se
puede mantener a una persona en coma farmacológico dependerá de él mismo y de
la causa que lo llevó a inducirlo al coma. Pueden ser semanas o… meses. —Liberó
una de sus manos, mientras su barbilla le temblaba, sus ojos se aguaban en
lágrimas, y terminaba llevándose aquella extremidad a la boca, para cubrírsela
con ella.
»El doctor Montes también nos informó que todo esto
tiene sus riesgos, y yo…
—No vas a perder a tu hijo, Agnes —manifesté,
sacando fuerzas desde donde no las tenía, aún sin yo saber si aquello podría
ser del todo cierto. Y la abracé. Ella, en ese momento, lo necesitaba muchísimo.
—Si Nicholas estuviera aquí… —balbuceó, sollozando.
—Lo está —aseguré, cerrando los ojos por un breve
lapso de tiempo. De inmediato, Agnes se separó de mí, me tomó el rostro con sus
manos y me miró directamente a los ojos, mientras yo de golpe abría los míos.
—¿Crees que tengo ánimos de escucharte bromear?
Tragué saliva con rapidez.
—Sabes perfectamente de lo que estoy hablando
—proseguí, envalentonada—. Jamás bromearía con algo como tal.
—¿No me estás mintiendo? —formuló esperanzada.
—Te lo repito, Agnes, jamás podría jugar con algo
semejante. Lo comprobaste por ti misma hace mucho tiempo atrás, ¿o ya lo
olvidaste?
Al oírme, tembló de pies a cabeza.
—Entonces, dile que no se lo lleve, por favor, mi
hijo tiene mucho aún por qué vivir. Además, está su familia, sus hijas, su
esposa… —Me acarició el rostro con ligereza, mientras continuaba
estremeciéndose. Pude advertirlo, sabía que en cualquier instante ella perdería
el poco control que le quedaba de la situación.
—Agnes…
—No puede quitármelo… ¡No puede irse él también y
dejarme aquí, sola! —Chilló la mujer entrada en años, apretujándome con sus
extremidades, al mismo tiempo que yo intentaba apartarlas de mi rostro, ya que con
ellas comenzaba a infringirme dolor.
—Agnes, por favor, cálmate…
—Tú puedes verlo… puedes hablar con él… puedes
decirle que yo…
—Basta, Agnes. Contrólate.
—¡Cómo mierda me pides que me controle después de
ver a mi hijo postrado en una cama sin saber si va a volver en sí! ¡Es mi hijo
quien está aquí, Gala! ¡Mi Klaus!, ¡lo único que tengo! —Vociferó ya fuera de sus
casillas, posando ahora sus fuertes manos sobre mis brazos—. ¡No eres quien
está sufriendo! ¡No eres quien está en esta posición!
—No seas egoísta. No digas eso…
—¿Qué no lo diga? —Sonrió con sorna antes de
continuar—. Por tu culpa Nicholas terminó muerto. Por tu culpa mi hijo hoy se
debate entre la vida y la muerte, ¿y me pides que haga vista gorda a esta
situación? ¡Esta vez no voy a quedarme callada, Gala!
—Estás cometiendo un grave error al enjuiciarme, y
lo sabes.
—Lo único que sé, es que el error aquí eres tú —me
indicó con su dedo índice, separándose finalmente de mí—. Siempre has sido un
gran error y una abominación de la naturaleza. ¡Asúmelo!
Moví mi cabeza de lado a lado y tragué saliva con
prontitud.
—¡Cómo qué no, si a dónde vas la maldita muerte te persigue!
¿Cómo eres tan estúpida para no darte cuenta de ello?
—Agnes, cállate, por favor…
—Y no me extraña que tu madre haya muerto por las
mismas circunstan…
—¡Basta! —grité indignada, sin realmente querer
hacerlo—. ¡No me conoces para hablar así de mí! —Añadí de la misma manera,
apartándome todavía más de su lado—. Tú no eres nadie para tratarme de esta
manera.
—¿Qué no soy nadie? Fui la esposa del psiquiatra al
cual tú volviste loco con tus mentiras y engaños. Soy la madre de quien hoy por
tu culpa está postrado en una cama, a punto de perder la vida y…
—¿Agnes? —inquirió una dulce voz a su espalda, interrumpiéndola,
llamando la atención de la anciana y, por supuesto, también la mía—. ¿Qué
ocurre? ¿Por qué gritas? ¿Estás bien? —Rápidamente, la dueña de esa cadencia
caminó hacia nosotras, mientras su rostro se desfiguraba debido a mi inusitada
presencia—. ¿Qué hace esta mujer aquí? —En cuestión de segundos pude ver toda
su ira en aquellos hermosos y cristalinos ojos azules que no cesaban de contemplarme—.
¿Qué no te quedó claro la última vez que este no era tu lugar?
Tragué saliva con dificultad, todo y gracias al
grandísimo nudo que tenía alojado en la garganta, causado en primera instancia por
la viuda del doctor Nicholas Würm, pero también por Moira Miller, la esposa de
Klaus y madre de sus hijos.
—¿Qué no tienes vergüenza? ¡Qué no tienes un poco
de decencia y dignidad!
La admiré por varios segundos, sin nada que decir,
mientras me mordía la lengua.
—Sal ahora mismo de aquí.
—Moira, por favor, escúchame… —Intenté que se
detuviera, pero fue en vano.
—¡Sal ahora mismo de aquí y no regreses, basura! —Gritó
enfurecida, al mismo tiempo que era sostenida por Agnes, quien inútilmente
pretendía calmarla y alejarla de mí.
—No. Necesito saber si él… —Y de pronto, y sin que
lo hubiese advertido, una feroz cachetada que me regaló me hizo tambalear y
voltear mi rostro hacia un costado, debido a la fuerza del impacto,
arrastrándome a lo que era, llevándose consigo toda mi miseria, mi vacío y también
mi patente frustración.
—Tú solo necesitas que te repita una y mil veces lo
que eres y siempre serás, una ofrecida de mierda.
Mi pómulo ardía de considerable manera, al igual
que lo que crecía dentro de mí, un fuego abrazador que ya me era imposible
aplacarlo.
—¡Tú te lo buscaste! —expresó fuera de sí,
recordándomelo, enfatizándomelo, restregándomelo en la cara, pero también,
justificando su, quizás, premeditado acto de violencia en contra de mi persona.
Después de ello, nadie dijo nada, solo las vi alejarse apresuradamente de mí,
una abrazada de la otra, cuando por mi parte, todo lo que podía hacer era callar,
como siempre lo había hecho, desde un principio.
Con los ojos enjuagados en lágrimas, me volteé y
comencé a caminar en dirección hacia la salida, sintiendo ante todo las miradas
furtivas de quienes allí se encontraban y seguían deleitándose, a mi espalda,
con la situación que aquí había acontecido, cuando la opresión en mi pecho no
decrecía, al contrario, aumentaba cada vez en intensidad, y sin que yo pudiese
detenerla.
Rabia, dolor, impotencia y frustración… todo eso y
más corrían ahora mismo por cada una de mis venas.
****
—¿Falcó?, ¿Falcó? ¿Estás aquí?
Podía oír aquella voz a cientos de kilómetros de mí,
llamándome reiteradamente.
—¿Te sientes bien? —preguntó quién se aprestaba a
quitarse su casaquilla de color azul con el logo del Servicio Médico Legal en
la parte posterior, como también en uno de sus costados—. Recuerda que tenemos
un cadáver que periciar.
Un cadáver… Sí, esta noche iba a ser bastante
larga.
—Estoy… bien. Solo me duele un poco la cabeza —le
di a entender mientras suspiraba y pretendía apartar de mí, prontamente, cada
una de mis preocupaciones, ante los acontecimientos que se estaban suscitando.
—¿Quieres hablar?
—No hace falta, Villegas. Gracias —me excusé,
otorgándole en el acto una torcida y fugaz sonrisa a mi compañera y colega de
trabajo, la médico forense Daniela Villegas.
Sin nada más que decir, me preparé con agilidad, al
mismo tiempo que ella no cesaba de contemplarme, perpleja, incrédula, como si
no hubiese creído en mis palabras.
—Estoy bien —repetí, vistiéndome de forma
apresurada con la indumentaria correspondiente, antes de entrar al “Cuarto
frío”, como solíamos llamar a nuestro maravilloso e idílico lugar de trabajo.
Unos minutos después, ambas cruzábamos el umbral
para adentrarnos en ese particular sitio, el cual se hallaba rodeado por tres
cámaras frigoríficas que contenían en su mayoría a víctimas de muertes
violentas, de tipo homicida, suicida o accidental.
Cuanto frío se sentía y respiraba aquí… pero no
precisamente debido a la temperatura que albergaba esta área, sino por la
específica energía que aquí yacía. Un lugar al cual no cualquiera tenía acceso
y, por supuesto, no cualquiera desearía entrar.
—¿Qué tienes para mí? —pregunté, terminando de
colocarme la pechera plástica sobre mi uniforme de color azul, en el mismo
instante en que ella se acercaba a la mesa de autopsias, la rodeaba, y con
posterioridad, abría el cierre de una gran bolsa oscura que se hallaba sobre
ella.
—Víctima de sexo femenino, de alrededor de treinta
años de edad, encontrada en un humedal de la ribera del río, al suroeste, y, al
parecer, fallecida por inmersión.
—¿Suicidio? —Me acerqué al cadáver para observarlo
en todo su esplendor.
—Es lo que certifica el informe de los peritos de
la Policía de Investigaciones. No creo que esta mujer haya salido precisamente
a nadar tan temprano Gala.
Asentí y guardé silencio, mientras mi compañera de
trabajo seguía con su vista cada uno de mis silenciosos movimientos.
—¿Data de muerte? —continué, enfocada precisamente
en las primeras informaciones que ella me entregaba.
—Algo más de treinta y seis horas.
—Treinta y seis horas —repetí, pero no del todo
convencida, tocando con lentitud cada uno de los costados de su abdomen, y también
su caja torácica—. Costillas rotas, Villegas. —Enarqué una de mis colorinas
cejas al informárselo—. ¿Eso también se detalla en el informe?
—No, Gala. Aquí no hay nada de eso.
Suspiré, temiéndomelo.
—¿A qué hora fue encontrada esta mujer?
—A las seis de la mañana con trece minutos,
precisamente.
Me dediqué con afán a realizar mi labor, cuando mi
compañera volvía a entregarme pequeños y ambiguos detalles sobre este caso.
—Hace más de diez días la víctima había
desaparecido de su hogar —acotó.
—¿Alguna constancia por presunta desgracia?
—Sí, de su ex pareja. El parte dice que el
individuo tardó más de tres días en dar aviso a la policía de su desaparición.
—¿Extraño, no te parece? ¿Cómo se llamaba la
víctima, Villegas?
—Amanda. Amanda… López.
—¿Qué fue lo que te sucedió, Amanda? —susurré
bajito, tan solo para ella y para mí, mientras
comenzaba a desarrollar el correspondiente examen tanatológico a su cuerpo,
tratando de determinar las causas exactas de su muerte y las circunstancias en
las que se produjo.
—Siempre me he preguntado una cosa, y con todo
respeto te lo menciono, debido a nuestros años como médicos forenses y
trabajando en este lugar…
—Habla de una vez, Daniela. ¿Qué ocurre?
—¿Por qué siempre tratas por su nombre a un
cadáver, siendo lo que ya es?
Me detuve y alcé la cabeza para fijar mis ojos en
los suyos por un brevísimo momento.
—La muerte extingue la personalidad, por lo que en
el cadáver no se reconocen los atributos que la ley les concede a las personas
—me recordó lo que yo bien sabía.
—No lo hubiese dicho mejor —respondí socarronamente,
todo y gracias a su asertivo comentario, volviendo a inspeccionar lo que mis
ojos podían ver a simple vista, como los hematomas en sus rodillas, por ejemplo.
—¿Entonces? —insistió, ansiaba que le respondiera.
—No lo sé. Siento que ellos aún merecen todo mi
respeto, y más, en este tipo de condiciones —expliqué, fijándome también en los
moretones de consideración que yacían en sus extremidades superiores, que según
el parte oficial, no estaban en su cuerpo al momento del hallazgo.
—Nunca terminaré de comprenderte, Gala.
—Esa siempre ha sido mi idea, Daniela —giré mi
cabeza hacia ella, otorgándole un guiño—, ser para ti un bendito misterio.
La oí sonreír, así como también vi como ponía los
ojos en blanco.
—¿Qué hay del lugar de los hechos? —Continué.
—Al parecer, nada que pueda entregarnos información
más relevante sobre lo que allí aconteció.
—A eso yo lo llamo habilidad pura —comenté,
desconcertándola.
—¿A qué te refieres con eso?
—A que… si te fijas bien y te concentras, el
cadáver siempre terminará contándonos lo que con él ocurrió, sin importar lo
que los demás no vean o no quieran ver.
Enseguida entrecerró la vista antes de volver a
formular:
—¿En qué estás pensando, Gala?
—Ve por el instrumental, por favor. Vamos a tomar
algunas muestras.
Daniela así lo hizo, dejándome un par de minutos a
solas con quien yacía inerte sobre la mesa de autopsias, en el mismo momento en
que me atreví a preguntar:
—¿Por qué? —Miré fijamente y con paciencia a sus
ojos cerrados—. Dime, ¿por qué? —reiteré, como esperando a que Amanda pudiese
decirme algo más. Algo de lo que, evidentemente, solo ella estaba al tanto.
Al cabo de treinta minutos, el cuerpo comenzó a
entregarme ciertos detalles que los peritos de la policía habían pasado por
alto, negligentemente.
—Costillas rotas, el bazo roto, hematomas en la
parte inferior de sus extremidades, en clara alusión de que Amanda fue
arrastrada en contra de su voluntad; además de los hallados en cada uno de sus
brazos y que no se detallan en el informe. Esto no pinta para un suicidio,
Daniela. Esto es simple y llanamente, una muerte con violencia y de forma
homicida.
—Llamaré al comisario Santander —proclamó con
cierto entusiasmo.
Asentí y advertí un brillo especial en sus ojos
castaños, porque con mis palabras, y también las suyas, a mi querida compañera
de trabajo solo le hacía falta aplaudir y saltar de alegría.
—Dile que lo necesito aquí a primera hora de la
mañana, por favor —le indiqué—. Después de eso, puedes hacer con él lo que tú quieras.
Villegas sonrió e hizo de inmediato abandono del cuarto
frío con una sonrisa de oreja a oreja estampada en su semblante. Entretanto, me
quedé allí por un momento más, siempre invadida y acompañada por la soledad y
el mutismo del lugar. Y con posterioridad, y mientras los minutos transcurrían,
crucé mis brazos por sobre mi pecho, de espaldas a la mesa de autopsias, percibiendo
como la temperatura del lugar parecía bajar, más y más, erizándome todavía más
el vello cubierto de mi piel.
Sí, sabía lo que a continuación ocurriría. De
hecho, desde que había cumplido los trece años de edad, esto estaba
sucediéndome.
—¿Tienes algo que decir? —inquirí sin siquiera
voltearme a ver a quien se erguía sobre la mesa de autopsias, de torpe y muy
lenta manera.
—Sí —susurró la dueña de una débil y rota voz, mientras
caía de su boca un espeso y fétido líquido viscoso, y se acercaba a mí para
murmurar muy cerca de mi oído una única palabra que con atención conseguí
escuchar, la que en definitiva logró helar cada parte de mi cuerpo. Cerré con
prontitud mis ojos y percibí cómo me envolvía con su gélido aliento, pero por
sobre todo, con su inquietante y paradójica presencia.
Porque Amanda estaba ahí. Finalmente, ella me
estaba respondiendo.
Continuará...
**Próximo capítulo, miércoles 12 de diciembre.
Nos leemos!!

