viernes, 7 de diciembre de 2018

Saga Médium / Almas Errantes Capítulo 2




CAPÍTULO 2




“Cuando la muerte silencie mi voz, mi corazón te seguirá hablando”.

Cada nítido recuerdo lo llevaba grabado a flor de piel, tal y como si no hubiesen pasado tantos años desde ese primer encuentro.

Caminaba a paso firme por uno de los tantos pasillos de la clínica “Santa Catalina”, en dirección a la unidad de cuidados intensivos, como una más de las personas que aquí se hallaban, madres, padres, hijos, hermanos, abuelos… todos en su afán de no abandonar a quienes se encontraban luchando contra el tiempo.

Sí, podía oír sus voces y también cada uno de sus lamentos.

Sabía que había sido una pésima idea llegar hasta aquí, pero algo más fuerte que mi voluntad me había arrastrado con fuerza hasta este sitio. Casi como un imán. Casi como un dispositivo con un especial magnetismo significativo, el cual poseía una fuerza tal de atracción, de la que yo aún me seguía sorprendiendo.

Necesitaba respuestas, y eso era lo que había venido a buscar, costase lo que me costase obtenerlas.

Sujetando mi medallón ovalado, que colgaba de mi cuello y caía a la altura de mi pecho, el cual en su interior tenía tallado un símbolo ―una runa para ser más exactos, denominada Algiz, la cual simbolizaba advertencia y anunciaba también tiempos de transformaciones, así como nuevas oportunidades, pero por sobre todo, actuaba como un escudo de protección, defensa y victoria, rechazando el mal―, no miré hacia atrás y moví mis pies hacia donde tenía que llegar velozmente. Pero no pude alcanzar mi destino por más que así lo anhelé, siendo detenida a mitad de camino por una voz femenina que yo bien conocía.

—¿Qué haces aquí? —Fue lo primero que me dijo, firme, tosca, decidida, abordándome por la espalda.

Enseguida me volteé hacia ella, sin dejar de tocar mi amuleto con las yemas de dos de mis dedos.

—Usted sabe perfectamente lo que me trae hasta aquí —respondí resuelta, clavando mi ojos verdes en la inmensidad de los suyos.

—¿Lo que te trae hasta aquí? Tienes suerte de que haya sido yo la que te haya visto primero.

—La verdad, mi suerte siempre la he considerado una porquería, señora Würm.

Al oírme y comprenderme, sonrió de medio lado y cerró por un pequeño instante los ojos. Se notaba cansada, agotada, abrumada; las remarcadas ojeras bajo sus ojos así me lo daban a entender; pero también su cabizbaja cabeza.

—¿Cómo está? —Era todo lo que requería saber, sin prisas, pero ella no estuvo del todo de acuerdo con eso.

—Está estable dentro de su gravedad —comentó al deslizar una de sus manos por la parte de atrás de su cuello—. Nada ha cambiado en estos malditos veinte días, Gala. Nada —reiteró.

Bajé la mirada hacia el piso inmaculado de aquel pasillo, en el cual ella y yo nos encontrábamos, antes de añadir:

—Jamás debió volver.

—Jamás debiste darle esperanzas.

Eso era nada menos que una reprimenda suya, que me tenía bien merecida.

Después de eso, cerré los ojos con prontitud, mientras todo mi cuerpo se conmocionaba y temblaba frente a su presencia. La maldita culpa me hacía sentir vacía y miserable, y lo peor de todo, no me dejaba en paz.

—Mi hijo siempre fue tan terco. —Inesperadamente se acercó a mí y me tomó de las manos, las que palmeó con suavidad. De alguna forma percibí su extraña condescendencia.

—Siempre fue el vivo retrato de su padre —sostuve.

—Ni que lo digas, Gala. Ni que lo digas.

Frente a su respuesta pretendí sonreír, al mismo tiempo que ella exhalaba ligeramente.

—Siempre me gustó ese amuleto. —Puso sus ojos castaños sobre él y lo admiró fijo—. Aunque nunca estuve de acuerdo con lo que Nicholas hacía o creía a mis espaldas, ese medallón, extrañamente, siempre me brindó una infinita paz.

Por mi parte, aún no me animaba a abrir los ojos, menos a depositar la vista sobre la suya, dilucidando si Agnes Würm, en sus entrelíneas, aún seguía reprochándome.

—No pudo haber caído en mejores manos —enfatizó, asombrándome una vez más con sus impensados comentarios. Porque siempre lo hacía; desde aquel momento, cuando el doctor Nicholas Würm me la había presentado, en su hogar, ella se había encargado de asombrarme con sus actos, pero también con sus prejuicios y contradicciones.

Suspiré, y envalentonada volví a mirarla a la cara, mientras ella se aprestaba a añadir muy seriamente:

—Buscan proteger su cerebro, manteniéndolo profundamente sedado, para así darle tiempo a su cuerpo para que se recupere. Mientras tanto, continúan monitoreando cada una de sus actividades, por mínimas que estas sean.

Elevé la vista y la fijé en el cielo de aquel sitio, evocando la última vez que Klaus y yo habíamos hablado, poco antes del fatal accidente que lo había dejado en esta tan terrible y compleja situación.

—El especialista nos comentó que el tiempo que se puede mantener a una persona en coma farmacológico dependerá de él mismo y de la causa que lo llevó a inducirlo al coma. Pueden ser semanas o… meses. —Liberó una de sus manos, mientras su barbilla le temblaba, sus ojos se aguaban en lágrimas, y terminaba llevándose aquella extremidad a la boca, para cubrírsela con ella.

»El doctor Montes también nos informó que todo esto tiene sus riesgos, y yo…

—No vas a perder a tu hijo, Agnes —manifesté, sacando fuerzas desde donde no las tenía, aún sin yo saber si aquello podría ser del todo cierto. Y la abracé. Ella, en ese momento, lo necesitaba muchísimo.

—Si Nicholas estuviera aquí… —balbuceó, sollozando.

—Lo está —aseguré, cerrando los ojos por un breve lapso de tiempo. De inmediato, Agnes se separó de mí, me tomó el rostro con sus manos y me miró directamente a los ojos, mientras yo de golpe abría los míos.

—¿Crees que tengo ánimos de escucharte bromear?

Tragué saliva con rapidez.

—Sabes perfectamente de lo que estoy hablando —proseguí, envalentonada—. Jamás bromearía con algo como tal.

—¿No me estás mintiendo? —formuló esperanzada.

—Te lo repito, Agnes, jamás podría jugar con algo semejante. Lo comprobaste por ti misma hace mucho tiempo atrás, ¿o ya lo olvidaste?

Al oírme, tembló de pies a cabeza.

—Entonces, dile que no se lo lleve, por favor, mi hijo tiene mucho aún por qué vivir. Además, está su familia, sus hijas, su esposa… —Me acarició el rostro con ligereza, mientras continuaba estremeciéndose. Pude advertirlo, sabía que en cualquier instante ella perdería el poco control que le quedaba de la situación.

—Agnes…

—No puede quitármelo… ¡No puede irse él también y dejarme aquí, sola! —Chilló la mujer entrada en años, apretujándome con sus extremidades, al mismo tiempo que yo intentaba apartarlas de mi rostro, ya que con ellas comenzaba a infringirme dolor.

—Agnes, por favor, cálmate…

—Tú puedes verlo… puedes hablar con él… puedes decirle que yo…

—Basta, Agnes. Contrólate.

—¡Cómo mierda me pides que me controle después de ver a mi hijo postrado en una cama sin saber si va a volver en sí! ¡Es mi hijo quien está aquí, Gala! ¡Mi Klaus!, ¡lo único que tengo! —Vociferó ya fuera de sus casillas, posando ahora sus fuertes manos sobre mis brazos—. ¡No eres quien está sufriendo! ¡No eres quien está en esta posición!

—No seas egoísta. No digas eso…

—¿Qué no lo diga? —Sonrió con sorna antes de continuar—. Por tu culpa Nicholas terminó muerto. Por tu culpa mi hijo hoy se debate entre la vida y la muerte, ¿y me pides que haga vista gorda a esta situación? ¡Esta vez no voy a quedarme callada, Gala!

—Estás cometiendo un grave error al enjuiciarme, y lo sabes.

—Lo único que sé, es que el error aquí eres tú —me indicó con su dedo índice, separándose finalmente de mí—. Siempre has sido un gran error y una abominación de la naturaleza. ¡Asúmelo!

Moví mi cabeza de lado a lado y tragué saliva con prontitud.

—¡Cómo qué no, si a dónde vas la maldita muerte te persigue! ¿Cómo eres tan estúpida para no darte cuenta de ello?

—Agnes, cállate, por favor…

—Y no me extraña que tu madre haya muerto por las mismas circunstan…

—¡Basta! —grité indignada, sin realmente querer hacerlo—. ¡No me conoces para hablar así de mí! —Añadí de la misma manera, apartándome todavía más de su lado—. Tú no eres nadie para tratarme de esta manera.

—¿Qué no soy nadie? Fui la esposa del psiquiatra al cual tú volviste loco con tus mentiras y engaños. Soy la madre de quien hoy por tu culpa está postrado en una cama, a punto de perder la vida y…

—¿Agnes? —inquirió una dulce voz a su espalda, interrumpiéndola, llamando la atención de la anciana y, por supuesto, también la mía—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué gritas? ¿Estás bien? —Rápidamente, la dueña de esa cadencia caminó hacia nosotras, mientras su rostro se desfiguraba debido a mi inusitada presencia—. ¿Qué hace esta mujer aquí? —En cuestión de segundos pude ver toda su ira en aquellos hermosos y cristalinos ojos azules que no cesaban de contemplarme—. ¿Qué no te quedó claro la última vez que este no era tu lugar?

Tragué saliva con dificultad, todo y gracias al grandísimo nudo que tenía alojado en la garganta, causado en primera instancia por la viuda del doctor Nicholas Würm, pero también por Moira Miller, la esposa de Klaus y madre de sus hijos.

—¿Qué no tienes vergüenza? ¡Qué no tienes un poco de decencia y dignidad!

La admiré por varios segundos, sin nada que decir, mientras me mordía la lengua.

—Sal ahora mismo de aquí.

—Moira, por favor, escúchame… —Intenté que se detuviera, pero fue en vano.

—¡Sal ahora mismo de aquí y no regreses, basura! —Gritó enfurecida, al mismo tiempo que era sostenida por Agnes, quien inútilmente pretendía calmarla y alejarla de mí.

—No. Necesito saber si él… —Y de pronto, y sin que lo hubiese advertido, una feroz cachetada que me regaló me hizo tambalear y voltear mi rostro hacia un costado, debido a la fuerza del impacto, arrastrándome a lo que era, llevándose consigo toda mi miseria, mi vacío y también mi patente frustración.

—Tú solo necesitas que te repita una y mil veces lo que eres y siempre serás, una ofrecida de mierda.

Mi pómulo ardía de considerable manera, al igual que lo que crecía dentro de mí, un fuego abrazador que ya me era imposible aplacarlo.

—¡Tú te lo buscaste! —expresó fuera de sí, recordándomelo, enfatizándomelo, restregándomelo en la cara, pero también, justificando su, quizás, premeditado acto de violencia en contra de mi persona. Después de ello, nadie dijo nada, solo las vi alejarse apresuradamente de mí, una abrazada de la otra, cuando por mi parte, todo lo que podía hacer era callar, como siempre lo había hecho, desde un principio.

Con los ojos enjuagados en lágrimas, me volteé y comencé a caminar en dirección hacia la salida, sintiendo ante todo las miradas furtivas de quienes allí se encontraban y seguían deleitándose, a mi espalda, con la situación que aquí había acontecido, cuando la opresión en mi pecho no decrecía, al contrario, aumentaba cada vez en intensidad, y sin que yo pudiese detenerla.

Rabia, dolor, impotencia y frustración… todo eso y más corrían ahora mismo por cada una de mis venas.



****



—¿Falcó?, ¿Falcó? ¿Estás aquí?

Podía oír aquella voz a cientos de kilómetros de mí, llamándome reiteradamente.

—¿Te sientes bien? —preguntó quién se aprestaba a quitarse su casaquilla de color azul con el logo del Servicio Médico Legal en la parte posterior, como también en uno de sus costados—. Recuerda que tenemos un cadáver que periciar.

Un cadáver… Sí, esta noche iba a ser bastante larga.

—Estoy… bien. Solo me duele un poco la cabeza —le di a entender mientras suspiraba y pretendía apartar de mí, prontamente, cada una de mis preocupaciones, ante los acontecimientos que se estaban suscitando.

—¿Quieres hablar?

—No hace falta, Villegas. Gracias —me excusé, otorgándole en el acto una torcida y fugaz sonrisa a mi compañera y colega de trabajo, la médico forense Daniela Villegas.

Sin nada más que decir, me preparé con agilidad, al mismo tiempo que ella no cesaba de contemplarme, perpleja, incrédula, como si no hubiese creído en mis palabras.

—Estoy bien —repetí, vistiéndome de forma apresurada con la indumentaria correspondiente, antes de entrar al “Cuarto frío”, como solíamos llamar a nuestro maravilloso e idílico lugar de trabajo.

Unos minutos después, ambas cruzábamos el umbral para adentrarnos en ese particular sitio, el cual se hallaba rodeado por tres cámaras frigoríficas que contenían en su mayoría a víctimas de muertes violentas, de tipo homicida, suicida o accidental.

Cuanto frío se sentía y respiraba aquí… pero no precisamente debido a la temperatura que albergaba esta área, sino por la específica energía que aquí yacía. Un lugar al cual no cualquiera tenía acceso y, por supuesto, no cualquiera desearía entrar.

—¿Qué tienes para mí? —pregunté, terminando de colocarme la pechera plástica sobre mi uniforme de color azul, en el mismo instante en que ella se acercaba a la mesa de autopsias, la rodeaba, y con posterioridad, abría el cierre de una gran bolsa oscura que se hallaba sobre ella.

—Víctima de sexo femenino, de alrededor de treinta años de edad, encontrada en un humedal de la ribera del río, al suroeste, y, al parecer, fallecida por inmersión.

—¿Suicidio? —Me acerqué al cadáver para observarlo en todo su esplendor.

—Es lo que certifica el informe de los peritos de la Policía de Investigaciones. No creo que esta mujer haya salido precisamente a nadar tan temprano Gala.

Asentí y guardé silencio, mientras mi compañera de trabajo seguía con su vista cada uno de mis silenciosos movimientos.

—¿Data de muerte? —continué, enfocada precisamente en las primeras informaciones que ella me entregaba.

—Algo más de treinta y seis horas.

—Treinta y seis horas —repetí, pero no del todo convencida, tocando con lentitud cada uno de los costados de su abdomen, y también su caja torácica—. Costillas rotas, Villegas. —Enarqué una de mis colorinas cejas al informárselo—. ¿Eso también se detalla en el informe?

—No, Gala. Aquí no hay nada de eso.

Suspiré, temiéndomelo.

—¿A qué hora fue encontrada esta mujer?

—A las seis de la mañana con trece minutos, precisamente.

Me dediqué con afán a realizar mi labor, cuando mi compañera volvía a entregarme pequeños y ambiguos detalles sobre este caso.

—Hace más de diez días la víctima había desaparecido de su hogar —acotó.

—¿Alguna constancia por presunta desgracia?

—Sí, de su ex pareja. El parte dice que el individuo tardó más de tres días en dar aviso a la policía de su desaparición.

—¿Extraño, no te parece? ¿Cómo se llamaba la víctima, Villegas?

—Amanda. Amanda… López.

—¿Qué fue lo que te sucedió, Amanda? —susurré bajito,  tan solo para ella y para mí, mientras comenzaba a desarrollar el correspondiente examen tanatológico a su cuerpo, tratando de determinar las causas exactas de su muerte y las circunstancias en las que se produjo.

—Siempre me he preguntado una cosa, y con todo respeto te lo menciono, debido a nuestros años como médicos forenses y trabajando en este lugar…

—Habla de una vez, Daniela. ¿Qué ocurre?

—¿Por qué siempre tratas por su nombre a un cadáver, siendo lo que ya es?

Me detuve y alcé la cabeza para fijar mis ojos en los suyos por un brevísimo momento.

—La muerte extingue la personalidad, por lo que en el cadáver no se reconocen los atributos que la ley les concede a las personas —me recordó lo que yo bien sabía.

—No lo hubiese dicho mejor —respondí socarronamente, todo y gracias a su asertivo comentario, volviendo a inspeccionar lo que mis ojos podían ver a simple vista, como los hematomas en sus rodillas, por ejemplo.

—¿Entonces? —insistió, ansiaba que le respondiera.

—No lo sé. Siento que ellos aún merecen todo mi respeto, y más, en este tipo de condiciones —expliqué, fijándome también en los moretones de consideración que yacían en sus extremidades superiores, que según el parte oficial, no estaban en su cuerpo al momento del hallazgo.

—Nunca terminaré de comprenderte, Gala.

—Esa siempre ha sido mi idea, Daniela —giré mi cabeza hacia ella, otorgándole un guiño—, ser para ti un bendito misterio.

La oí sonreír, así como también vi como ponía los ojos en blanco.

—¿Qué hay del lugar de los hechos? —Continué.

—Al parecer, nada que pueda entregarnos información más relevante sobre lo que allí aconteció.

—A eso yo lo llamo habilidad pura —comenté, desconcertándola.

—¿A qué te refieres con eso?

—A que… si te fijas bien y te concentras, el cadáver siempre terminará contándonos lo que con él ocurrió, sin importar lo que los demás no vean o no quieran ver.

Enseguida entrecerró la vista antes de volver a formular:

—¿En qué estás pensando, Gala?

—Ve por el instrumental, por favor. Vamos a tomar algunas muestras.

Daniela así lo hizo, dejándome un par de minutos a solas con quien yacía inerte sobre la mesa de autopsias, en el mismo momento en que me atreví a preguntar:

—¿Por qué? —Miré fijamente y con paciencia a sus ojos cerrados—. Dime, ¿por qué? —reiteré, como esperando a que Amanda pudiese decirme algo más. Algo de lo que, evidentemente, solo ella estaba al tanto.

Al cabo de treinta minutos, el cuerpo comenzó a entregarme ciertos detalles que los peritos de la policía habían pasado por alto, negligentemente.

—Costillas rotas, el bazo roto, hematomas en la parte inferior de sus extremidades, en clara alusión de que Amanda fue arrastrada en contra de su voluntad; además de los hallados en cada uno de sus brazos y que no se detallan en el informe. Esto no pinta para un suicidio, Daniela. Esto es simple y llanamente, una muerte con violencia y de forma homicida.

—Llamaré al comisario Santander —proclamó con cierto entusiasmo.

Asentí y advertí un brillo especial en sus ojos castaños, porque con mis palabras, y también las suyas, a mi querida compañera de trabajo solo le hacía falta aplaudir y saltar de alegría.

—Dile que lo necesito aquí a primera hora de la mañana, por favor —le indiqué—. Después de eso, puedes hacer con él lo que tú quieras.

Villegas sonrió e hizo de inmediato abandono del cuarto frío con una sonrisa de oreja a oreja estampada en su semblante. Entretanto, me quedé allí por un momento más, siempre invadida y acompañada por la soledad y el mutismo del lugar. Y con posterioridad, y mientras los minutos transcurrían, crucé mis brazos por sobre mi pecho, de espaldas a la mesa de autopsias, percibiendo como la temperatura del lugar parecía bajar, más y más, erizándome todavía más el vello cubierto de mi piel.

Sí, sabía lo que a continuación ocurriría. De hecho, desde que había cumplido los trece años de edad, esto estaba sucediéndome.

—¿Tienes algo que decir? —inquirí sin siquiera voltearme a ver a quien se erguía sobre la mesa de autopsias, de torpe y muy lenta manera.

—Sí —susurró la dueña de una débil y rota voz, mientras caía de su boca un espeso y fétido líquido viscoso, y se acercaba a mí para murmurar muy cerca de mi oído una única palabra que con atención conseguí escuchar, la que en definitiva logró helar cada parte de mi cuerpo. Cerré con prontitud mis ojos y percibí cómo me envolvía con su gélido aliento, pero por sobre todo, con su inquietante y paradójica presencia.

Porque Amanda estaba ahí. Finalmente, ella me estaba respondiendo. 

Continuará...

**Próximo capítulo, miércoles 12 de diciembre.
Nos leemos!!
 

2 comentarios:

  1. Hola querida Andrea!!! Acabo de leer tu nuevo capítulo. Me encantó. Gala es una persona muy interesante y misteriosa, con grandes falcutades psíquicas. La adoro ! Me encanta esta novela, amiga. Creo que nunca me voy a cansar de leerla. Te felicito, ¡¡¡es atrapante!!! Besos.

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    1. Muchísimas gracias por seguirla, Andre!! Feliz y encantada que te encante. Besos y abrazos gigantes.

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