CAPÍTULO 1
“Valiente
no es la persona que no tiene miedo, sino la que, a pesar de sentir miedo,
sigue adelante”.
Klaus Würm era su nombre.
La primera vez que lo oí nombrar fue cuando el
doctor Nicholas Würm me habló de él en una de mis tantas visitas a su oficina;
yo tenía catorce años de edad y él se aprestaba a cumplir diecisiete.
Recuerdo perfectamente que poseía una fotografía enmarcada
de su hijo sobre su escritorio, la que siempre llamó mi atención, sin que yo
pudiese verla de frente hasta ese momento. Sus ojos negros, como noche sin
luna, me encandilaron de inmediato, al igual que su sonrisa espléndida, que
dejaba entrever su dentadura blanca. Su padre se sentía orgulloso de él, así me
lo demostraba con cada una de sus palabras, mientras delineaba con la yema de
uno de sus dedos el contorno de su rostro.
«Verdaderamente, ese chico tiene muchísima suerte»,
pensé.
El doctor Nicholas Würm era mi psiquiatra, al que
había comenzado a visitar hacía menos de seis meses por estrictas órdenes médicas
de mi último psicólogo, el que había derivado mi caso clínico a un especialista
más experimentado, cuando ya las pesadillas eran escalofriantes y difíciles de
asimilar.
Por cuenta propia me había obligado a no cerrar los
ojos, menos a dormir por miedo a ver y oír todo lo que mi madre no creía que a
mi alrededor estuviese sucediendo. Porque ya no eran tan solo luces lo que veía
en torno a las personas, sino entes que venían por mí, y nada menos que a
pedirme ayuda. Pero… ¿Por qué? ¿Quién era yo? ¿Por qué no querían dejarme en
paz? ¡¡¿Qué estaba aconteciendo precisamente?!!
Y eso lo supe cuando finalmente tuve a Klaus frente
a mí.
Una tarde cualquiera, de un día cualquiera, el
doctor Nicholas Würm quiso experimentar, o más bien, llevar a terreno una de
sus teorías más prominentes, todo bajo el consentimiento y la supervisión de mi
madre, por supuesto, quien terminó aceptando su propuesta al oír las hipótesis
que él ya barajaba, pero no como una eminencia en su área, sino como un férreo
estudioso de la espiritualidad y los fenómenos paranormales y extrasensoriales.
¡Quién lo hubiese dicho! Y aunque nadie lo creyese, el doctor Würm terminó
siendo un avezado especialista también en esa materia.
Mientras mi madre me decía que todo iba a estar
bien, y acariciaba mis manos con ternura, él salió de su oficina para pedirle a
quien sea que estuviese fuera de ella que entrara con rapidez, consiguiendo que
con su presencia, yo instantáneamente elevara la mirada hasta posicionarla en
la del joven de cabello castaño y altura destacada que en ese momento se
disponía a entrar por la puerta. Estaba nervioso, el continuo movimiento de sus
manos, así como el vaivén de su cuerpo, me lo daban a entender.
Sin saber qué hacer, admiré a mi madre, y en
reiteradas ocasiones moví la cabeza de un lado a otro en forma de negativa. El
doctor Würm quería comprobar algo, y ese algo tenía que ver con su hijo, quien
ahora nos admiraba perplejo y extrañado, mientras pretendía sonreír.
Luego de las debidas presentaciones y el temor que
él podía ver en mis ojos, se sentó en uno de los sofás de la sala sin nada que
acotar. Bajaba la mirada, la perdía en la de su padre, y volvía a clavarla en
la alfombra de color caoba que tenía bajo sus pies, mientras este le entregaba
las correspondientes instrucciones que debía realizar, todo el tiempo que él
estuviese grabando la escena, casi como si se tratara de algún episodio de
alguna película vieja.
—Aquí no va a ocurrir nada que tú no quieras que
suceda, ¿confías en mí? —comentó el doctor Würm al tomarme las manos,
admirándome como siempre lo hacía, sin una cuota de prejuicios, recelo y
desconfianza, tal vez, porque la primera vez que lo vi le hablé de su aura, el
color que lo rodeaba ―sí, después de investigar por mi cuenta supe realmente
qué eran esas luces y qué significaban esas tonalidades―, siendo la suya de
color amarillo y muy diferente a la de los demás.
Me perdí en su profunda mirada, la que se parecía
muchísimo a la de su hijo, quien ahora no nos quitaba la vista de encima,
mientras suspiraba; seguramente, todo esto le parecía una soberana estupidez,
no había que ser una vidente para dilucidarlo.
—¿Puedes hacerlo por ti y también por mí, Gala? —Me
pidió casi como si fuera una súplica, antes de comenzar—. Es importante. Es
verdaderamente importante que yo crea en ti después de todo lo que hemos
hablado. Te prometo que nada malo va a suceder.
Pero yo no estaba tan segura de eso.
—No estoy loca —fue lo primero que dije, aseverándolo
firmemente; no era la primera vez que se lo mencionaba así; llamando la
atención de quien ahora nos contemplaba con una cierta cuota de interés,
mientras que rápidamente parpadeaba.
—Lo sé. Me consta —acotó el profesional,
palmeándome las manos—, pero tenemos que avanzar, de eso se trata todo este
proceso.
«¿Realmente teníamos que hacerlo, o solo se trataba
de una más de sus investigaciones, y yo, sin saberlo, me estaba convirtiendo de
a poco en su chivo expiatorio?», cavilé.
Hundí la vista en mis zapatos, mis mocasines de
color café para ser exactos, pidiendo que todo transcurriera de prisa, al mismo
tiempo que asentía y cerraba por un instante los ojos, sintiendo el cálido
afecto de mi madre sobre mí; me abrazaba y se estremecía junto conmigo; probablemente,
las dudas comenzaban a mermar en ella al verme así, tan frágil, vulnerable y llena
de pavor, cuando la voz de aquel chico volvía a sonar al interior de ese cuarto.
—Pensé que me habías citado para algo más
importante, papá —espetó con arrogancia pura, remarcando cada una de las
sílabas de esa despectiva frase, sin importarle que nosotras estuviéramos ahí—.
¿Ya me puedo ir?
—Todavía no hemos comenzado, Klaus —respondió su
padre, obligándolo a que se mantuviera en su sitio, cuando se dirigía veloz hacia
un costado de su escritorio para darle play
a la enorme cámara que allí se encontraba, elevada sobre un grueso soporte.
—¿De qué va todo esto, eh? No me digas que es una más
de tus absurdas investigaciones sin sentido.
Al mismo tiempo que los oía charlar, empecé a
sentir mucho frío, como si, de pronto, en esa habitación la temperatura hubiese
bajado una enormidad. Y me sacudí, sin llegar a controlarme, tanto que me
castañetearon los dientes. Porque volvía a suceder. Sin trucos, ni magia, todo
volvía a acontecer de la misma manera.
—No… Por favor, no de nuevo —balbuceé con miedo.
—¡Doctor! —exclamó mi madre al verme así, inquieta
y preocupada, sin levantar la cabeza y sumida en mis propios pensamientos y
contradicciones.
—Papá, recuerda que mamá dijo que ya no…
—¡Cállate, Klaus! —Le ordenó su padre con frialdad,
cuando muy quedamente yo levantaba la cabeza e incrustaba la vista en alguien
que ahora también se encontraba al interior de esa habitación, en la cual ya no
éramos cuatro, sino seis.
Tragué saliva un par de veces y traté de mantenerme
todo el tiempo en mis cabales, viendo cómo una deslumbrante mujer de cabellera
cana, vestido a lunares, collar de perlas, zapatos de tacón y guantes blancos
en sus manos, lo admiraba a él; sí, a Klaus, precisamente.
—Gala… —Como si la voz del doctor Würm, repentinamente,
se hubiese apagado, solo conseguí leer sus labios, deduciendo que me llamaba, y
no una, sino dos veces más, cuando más bien, mi vista se hallaba posicionada en
la figura de la desconocida de al menos setenta y tantos años que lo admiraba con
cuasi devoción, como si lo conociera desde siempre.
—Dile que lo quiero —me pidió súbitamente y sin
mirarme—. Dile que lo extraño demasiado, y que me perdone, por favor.
Aterrada, abrí la boca y la cerré, sin poder
balbucear una sola palabra.
—Sé que puedes verme y oírme, muchachita. Así que
no me temas. Después de todo, fuiste tú quien me trajo hasta este lugar.
Me atraganté con mi propia saliva mientras todo mi
cuerpo no cesaba de estremecerse, porque lo que ella afirmaba con tanta
convicción no era del todo real.
—No creo que a estas alturas de su vida le guste
jugar con trenes. Era de color azul y a mi nieto le encantaba. —Sonrió
bellamente, fascinada con su presencia—. En su tiempo… fue el juguete favorito
de su padre.
—Ya… no juegas con trenes —proferí tímidamente,
dirigiéndome a él—, y en su tiempo fue el juguete favorito de tu padre —agregué,
viéndolos a ambos como sorprendidos abrían sus ojos como platos.
—¿Papá? ¿Qué está ocurriendo? ¿De qué habla esta
chica? —inquirió Klaus, nervioso y confundido frente a mi inesperada
intervención.
—Silencio, hijo —le pidió el doctor Würm, dando un
par de pasos en mi dirección—. ¿Gala? ¿Está todo bien contigo?
En el acto, terminé levantando mi mano izquierda,
con la cual le di a entender que era mejor que se quedara en su sitio. Después,
admiré a la bella y anciana mujer, que ahora nos acompañaba, quien también me
contemplaba, y para nada estupefacta.
—Dile que el cigarrillo no es un buen amigo y
consejero. Y que tarde o temprano terminará matándolo.
—Debería dejar de fumar, doctor Würm —expresé
enseguida, llamando todavía más la atención de los presentes con mi atrevido comentario.
—¿Qué fue lo que dijiste? —Mencionó Klaus,
envalentonado.
—¿Gala…? —Pronunció el doctor Würm un tanto
descolocado—. ¿Quién está aquí? ¿A quién ves? —Parecía muy ansioso de conocer
ambas respuestas.
—¿Cómo que a quién ves? —Alzó la voz Klaus, aún más
embrollado que antes.
—Carpe Diem,
Nicholas, eso fue lo que te enseñé, ¿o ya lo olvidaste?
—Carpe Diem,
Nicholas, eso fue lo que te enseñé, ¿o ya lo olvidaste? —Sin vacilar, repetí las
palabras de aquella mujer, cuando él pronunciaba entrecortadamente…
—¿Ma-má?
Casi como un acto reflejo, volteé la vista hacia
las cortinas, pero en específico hacia la oscura figura de quien no cesaba de
acecharnos, oculta entre las sombras. Sí, él estaba ahí, aguardando, como
siempre.
De repente, de forma impetuosa oí la voz de Klaus.
—¿Qué ocurre, papá? ¿Quién es ella, y por qué me
trajiste hasta aquí? —Todavía más confundido, corrió enseguida hacia su padre,
quien había regresado tras sus huellas y ahora yacía a un costado de la cámara
y el enorme y grueso soporte, impertérrito.
—Porque necesitaba que alguien más corroborara todo
esto, hijo —le confió serenamente, pero sin dedicarle un solo vistazo con sus
radiantes ojos claros—. Necesitaba que alguien más, y de mi total confianza,
creyera, y no solamente en mí.
Frente a eso, Klaus no supo qué responder.
—No solo su madre se encuentra en esta sala, doctor
Würm —intervine, tragando saliva con prontitud. Podía sentir mis manos cómo
resbalaban las unas de las otras, producto de la sudoración fría que envolvía mi
cuerpo, y también, perlaba mi rostro y mi frente.
—¿Quién más se encuentra aquí, Gala? —Reiteró
vehemente—. ¿Quién nos acompaña?
Al instante, moví mi cabeza de lado a lado,
negándome a proclamarlo.
—Gala, por favor —insistió.
—Papá, ya basta. Sea quien sea, solo termina con
esto y déjala en paz. ¡No comprendes que nos está mintiendo!
Y realicé el mismo movimiento, no una, sino varias
veces más, fijando la vista en la figura confundida de su hijo, al mismo tiempo
que mi madre intercedía, furiosa.
—¡Mi hija no es una mentirosa!
—Gala… —articuló otra vez el doctor Würm, casi al
borde de la desesperación y un colapso nervioso. Su serenidad, al parecer, se
había esfumado—. ¡Gala, te lo pido! —vociferó esta vez como una ferviente súplica.
—¡Díselo! ¡Qué no lo estás oyendo! —exclamó con poderío
la voz de su desconfiado hijo, ordenándomelo, haciéndome temblar, taladrándome
los ojos con su irascible mirada. Sí, quería que este absurdo circo acabara de
una buena vez, y tal vez, para siempre.
—Está jugando con fuego —comenté decidida,
alcanzando una de las manos de mi madre, la que apreté con fuerza segundos
después, diciéndole con ello que era hora de marcharnos de este sitio—. ¿Qué no
lo siente? —agregué, cuando ambas ya caminábamos hacia la puerta.
—¿Sentir qué, Gala?
Varias lágrimas rodaron por mis, ahora, humedecidas
y gélidas mejillas.
—¡Sentir qué! —Reiteró, enfebrecido.
—Déjela en paz, doctor Würm —comentó mi madre,
apurando el paso—. Ya no más, por favor. Ya no insista más.
—Gala, sea lo que sea, quiero saberlo —comentó, sin
prestarle atención a las palabras de mi madre—. Es más, daría todo lo que tengo
por…
Pero solo un segundo me bastó para abrir la boca e
interrumpirlo antes de que cometiera el peor de los errores al concluir su desfavorable
comentario.
—¡Basta! —proferí duramente, admirándolo desde la
puerta de su oficina. Y sollocé, temblando de pies a cabeza, y no precisamente
de frío—. No querrá saberlo. Se lo advierto —aseguré—. Jamás querrá llegar a
saberlo.
—¿Por qué?
—Porque la muerte no es mala, ni es piadosa, solo
es ella, tiene un trabajo y debe cumplir con él.
—¡Quién te dijo eso! —formuló iracundo, mientras se
le desencajaba la mandíbula. Y empuñó sus manos, como si mis palabras le hubiesen
sonado realmente familiares.
—Su madre, doctor Würm.
Abrió aún más sus ojos como platos.
—¿Qué has dicho? ¿Mi madre? ¿Estás segura?
—Sí. ¿No fue eso lo que ella le escribió en una
carta antes de morir?
Su barbilla le tembló un par de veces. Por mi
parte, clavé mis ojos en el piso, avergonzada, antes de volver a alzar la
mirada y manifestar en su dirección.
—Ella… solo ansía que la perdone.
El doctor Nicholas Würm no dijo nada, solo se
limitó a aferrarse con fuerza a su escritorio, al mismo tiempo que pretendía
regular el precipitado ritmo de su respiración. Era evidente, estaba shockeado.
—No sé quién eres, ¡pero deja ya de mentir! —atacó
Klaus, gritándomelo al rostro sin ningún tipo de condescendencia.
—¡Te lo repito, muchacho, mi hija no es una
mentirosa! —proclamó mi madre de vuelta, fuera de sus cabales.
—Entonces, ¿qué quiere conseguir con todo esto? ¡¡¿Engañarnos
como si fuéramos dos idiotas?!!
—Nada —contesté en el acto, limpiándome la cara con
la manga de mi suéter de lana—. Solo tengo catorce años y…
—Vamos, hija, no des más explicaciones en vano. Ya no
tenemos nada más que hacer aquí —me interrumpió mi madre, abriendo la puerta
con prontitud. Quería tanto como yo abandonar este cuarto.
Sin más preámbulos, me aferré a ella, al mismo
tiempo que le dedicaba un último vistazo a quien, desde su lugar y
verdaderamente intrigado, no cesaba de
contemplarme.
—Lo siento, doctor Würm. Realmente, lo siento
muchísimo —comenté al detenerme en el umbral de la puerta.
—Hija, por favor… —suplicó mi madre.
—Yo no pedí ser así. ¡Tiene que creerme! —Enfaticé
con fervor—. No es mi culpa… Se lo juro… —finalicé, antes de perderme tras
ella.
Continuará...
**Próximo capítulo de Almas Errantes, Saga Médium, sábado 08 de diciembre.
Muchísimas gracias por cada una de sus lecturas y sus comentarios.
¡Nos leemos!
Un besote grande.

Ohhh!! Ya quiero leer el siguiente capítulo!!!! Un interesante relato... vamos por una buena senda... ahora a esperar 😉
ResponderBorrarAndrea, me encanta esta nueva novela. He disfrutado muchísimo leyendo tu primer capítulo. Me fascina el tema paranormal. Te felicito. Estoy ansiosa por seguir leyendo!!!!!! Me intriga mucho Gala, qué personaje más interesante!! Muchas gracias por haber incursionado en este tema tan atrapante. Estoy segura que será una gran novela!!!! Besos, amiga, y, sigue adelante con esta magnífica historia!!!!
ResponderBorrarQue intenso!!!! Ya quiero el siguiente capítulo
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