CAPÍTULO 8
“.Algunos
recuerdos son puñaladas que no sangran, pero duelen.”
“…inusitadamente una figura apareció de un modo
bastante etéreo, sin rastro de daño alguno, haciéndome dudar de si realmente
estaba viva o muerta. Pero sus ojos… con solo verlos pude comprender
fehacientemente que todavía corría sangre tibia por sus venas…”
—Gala…
Oí la voz de Camilo a la distancia, llamándome.
—Gala —pronunció mi nombre una vez más, sin que yo
me diera realmente cuenta de ello. ¿Por qué? Porque para mi mala suerte,
todavía no podía apartar de mi mente lo que había sucedido hace un momento con
aquella desconocida. Sí, con esa mujer de mi pasado, a la que recordaba
perfectamente.
Ensimismada en mis propias interrogantes y
tribulaciones, no me percaté de que Camilo detenía el coche frente al edificio
en el cual yo residía. No hasta que su poderosa mano se dejó caer sobre uno de
mis hombros, al que le dio un leve y sutil apretón.
—¿Sigues aquí? —Intentó traerme de vuelta de donde
sea que yo, en ese instante, estuviese.
Rápidamente, giré mi rostro hacia él, sin saber qué
hacer ni qué decir. ¿En qué nos habíamos quedado?
—¿Dijiste algo? —articulé contrariada,
entrecerrando la mirada, ajena a lo que sea que él hubiese dicho.
—Te pregunté si aún seguías aquí —repitió muy
quedamente, admirándome fijo.
Ansié decirle que sí, pero no pude hacerlo. En vez
de eso, solo conseguí suspirar con prontitud.
—Te quedaste callada.
—La verdad, no hay mucho que decir.
—¿Estás segura?
—Por supuesto. Solo quiero llegar a casa y
descansar. —Bostecé para que mi comentario, a sus ojos, fuera del todo creíble.
Estaba loco si creía que iba a entrar en su juego
detectivesco.
—Entonces, ¿por qué te noto algo tensa?
—Ideas tuyas —comenté en el acto y absolutamente
relajada, según mi humilde opinión.
—Desde que salimos de los estacionamientos de la
clínica, no has dejado de ver por el espejo retrovisor —me señaló.
¿Qué a este hombre no se le iba un solo detalle?
—Yo también conduzco. —Le recordé, rememorando
enseguida el porqué de mi intranquilidad.
Pretendí actuar lo más serena posible. Debía tener
muchísimo cuidado para no levantar en él algún tipo de sospecha.
Unos segundos después, liberé una larga y profunda
exhalación.
—Solo quiero dormir. Lo necesito —acoté tras
parpadear un par de veces.
—Tienes turno esta noche. —Sus palabras fueron una
clara afirmación.
—Sí, hay muchísimo trabajo en la unidad.
Abrí la boca y luego la cerré. Preferí no
entregarle más detalles al respecto.
—Vendré por ti para llevarte al Servicio Médico
Legal.
Enseguida, rodé los ojos hacia un costado, antes de
animarme a continuar.
—No es necesario. Puedo irme en mi todoterreno y… —De
súbito recordé dónde se hallaba aparcado—. No hace falta. Tomaré un taxi. No
tienes que preocuparte por mí.
—¿A las siete y treinta está bien para ti?
No iba a rendirse. Con aquello me lo estaba dejando
más que claro.
—Ya has hecho suficiente, Camilo —pronuncié con
convicción. De pronto, me di cuenta de dónde nos encontrábamos—. Gracias por
traerme a casa. —Sin vacilar, bajé del coche a vista y paciencia de su
intimidante mirada. Y de la misma manera abrí la puerta trasera del vehículo, para
sacar del asiento mi maletín de trabajo, así como mi gabardina. Con ambos ya en
mis manos, cerré la puerta, advirtiendo como se bajaba de su coche, situándose
a un costado de él. Al parecer, nuestra charla no había concluido.
—Vendré por ti a las siete y treinta —sentenció con
frialdad.
Al oírlo, enarqué una de mis cejas, contrariada.
—No hace falta. Gracias.
—Tu todoterreno está en los estacionamientos del Servicio
Médico Legal.
—Lo sé, por eso tomaré un taxi.
—Gala…
—No hace falta que lo hagas —repetí, sin dar mi
brazo a torcer—. De verdad, ya hiciste demasiado.
—Nunca es suficiente —dijo envalentonado y sin
titubear.
Por algunos segundos, los dos decidimos guardar
silencio. Había algo en su mirada. Algo que no había advertido sino hasta este
extraño momento. Sus ojos no podían
engañarme. En ellos había cierta cuota de culpabilidad.
—¿Qué ocurre contigo? —inquirí dispuesta a conocer
los pormenores de su propia boca. Era mi turno de obtener respuestas.
—¿A qué te refieres?
—A tu comportamiento, Camilo.
—¿Mi comportamiento?
—Sí —asentí—. Ese proceder tuyo tan… particular
—enfaticé.
—Solo pretendo ser amable contigo, Gala.
—Y yo lo aprecio. De veras que lo aprecio
muchísimo, pero… no deja de causarme cierta confusión la manera en la que te
comportas.
—¿Qué tiene de raro mi amabilidad?
—Tú deberías saberlo mejor que yo. Eres tú el que
desea enmendar algo, ¿o me equivoco? —me aventuré a expresar sin saber si
estaba en lo cierto.
Camilo enmudeció y con posterioridad clavó la vista
en el piso. De inmediato percibí su agobio, además de su intranquilidad; no
estaba para nada cómodo con mi comentario. ¿O a estas alturas debía decir
vaticinio?
Al cabo de unos segundos, decidió alzar la vista
hacia el nuboso cielo que nos cobijaba.
—Es… complicado —mencionó, sin entregarme detalles.
—Lo sé. Tu mirada me lo dice —afirmé sin titubear.
Sonrió de manera agraz, mientras se llevaba una de
sus manos hacia su mentón, el que acarició un par de veces, meditabundo.
—Pudiste haber sido detective. Tienes una
percepción digna de admirar, Falcó.
Asentí nuevamente, dándole la razón.
—Vendré por ti a las siete y treinta —reafirmó muy
convencido.
Ahí íbamos de nuevo.
—Camilo… ¿Alguna vez me dirás por qué Klaus y tú se
pelearon? —Ataqué, esperando que obviara mi pregunta.
—Tal vez.
—Tal vez, ahora sea el momento, ¿no crees? Yo
confié en ti, y créeme, quiero seguir haciéndolo.
Se tomó su tiempo antes de animarse a contestar.
—Si no hay más remedio… Porque me comporté con mi
mejor amigo como un miserable, vil y despreciable desgraciado —comentó con
decisión, y un tanto avergonzado.
Al oírlo, mi interés fue aún mayor.
—Él no se lo merecía… —admitió, dejándome todavía
más interesada y perpleja.
—No se merecía qué.
—Que su mejor amigo le mintiera, le fallara, y le diera
la espalda de esa manera.
—De qué manera.
—De una indigna manera.
—Un error lo comete cualquiera —aseguré, encogiendo
mis hombros, dirigiendo la conversación hacia el punto exacto en el cual
deseaba abordarlo.
—El que yo cometí, no fue cualquier error, Gala.
—¿Qué pudo haber sido tan grave para que te sientas
así?
Camilo no dijo nada. «El que calla, otorga», dicen…
—Solo… espero que algún día me perdone.
—Y tú, ¿lograrás perdonarte a ti mismo?
—No lo sé —respondió en el acto—. Yo… ciertamente,
no lo sé.
Gracias a esa ambigua respuesta no me costó deducir
que su vergüenza era aún mayor de la que me demostraba—. Vendré por ti a las siete
y treinta —reiteró, dándolo por hecho.
—Si acepto tu ofrecimiento, ¿me dejarás en paz?
—Fue mi enfática respuesta.
—No puedo prometer nada —contraatacó, regalándome
una siniestra sonrisa un tanto amarga. Por mi parte, cerré los ojos y suspiré,
cansada de protestar—. De acuerdo —dijo a regañadientes, logrando que gracias a
esas dos palabras yo volviera a mirarlo a los ojos con incredulidad—, no
pretendo atosigarte.
—Gracias. Tomaré eso como un cumplido. —A
continuación, giré sobre mis talones para comenzar a caminar en dirección a la
entrada del edificio, pero me detuve, todo y gracias a las inusitadas palabras
que a la distancia declaró.
—Gracias por confiar en mí, Gala.
Me volteé solo para responderle con la mayor
sinceridad posible:
—Todavía no cante victoria al cien por ciento,
Comisario.
***
Afuera había algo de niebla. En esta especial época
del año comenzaba a oscurecer más temprano, por lo tanto, a las siete con
quince de la tarde ya todo estaba cubierto por un manto negruzco, así como
también por el frío otoñal que envolvía a la ciudad.
Me disponía a dejar todo preparado en uno de los
sofás ante la inminente llegada de Camilo, cuando recordé que las plantas que
decoraban la entrada de mi departamento no se alimentaban solas. Fui por la
regadera, en la cual vertí suficiente agua para regarlas. Tenía tiempo
suficiente para ello, tanto para las del interior, como también para las del
exterior de mi departamento.
Mientras realizaba esa tarea, arrodillada frente a
la Costilla de Adán, como usualmente se le conoce a la Monstera deliciosa —una
planta trepadora que resulta ideal para ambientes con poca luz, como porterías
o entradas de edificios—, la luz del pasillo del piso seis, en el cual me
encontraba, parpadeó, y no una, sino varias veces. «Tal vez la bombilla esté
floja», pensé, levantando deliberadamente la vista hacia una de las luces que
allí se hallaba, la más próxima a mí para ser exactos. Fue extraño, a decir
verdad, cuando mis ojos se depositaron en aquella pequeña lámpara, porque de
pronto, sentí un incómodo silencio perpetuarse a mi alrededor, además de un
raro escalofrío que recorrió mi espalda de punta a punta.
Muy lentamente me puse de pie, todo y gracias a mi
instinto. De la misma forma miré a todos lados, centrando mi vista en cada
puerta cerrada de los otros departamentos que conformaban el piso seis, pero
también en la entrada de mi hogar, que se hallaba entreabierta.
—Debe ser mi imaginación —murmuré tontamente,
creyendo que no había sido una genial idea haber bebido un poco de vino tinto.
Sonreí, admitiendo que, de una forma u otra, el líquido ambarino frutal había
estado exquisito.
Luego, volví a verter un poco de agua sobre la
misma planta, notando que la luz de la bombilla continuaba pestañeando.
—Listo, amiguita. Ya tienes suficiente agua —mencioné,
dirigiéndome hacia la planta, a la que le acaricié un par de sus brillantes y
verdes hojas, admirando lo bellas que eran, tal y como mi madre lo hacía cuando
vivía, de quien había obtenido ese especial gusto y dedicación por las
plantas—. Nos vemos a mi regreso. No me esperes despierta —bromeé, apartándome
de ella, irguiéndome para empezar a caminar solo un par de pasos, los que me separaban
del umbral, y los que en definitiva no pude dar, quedándome paralizada, todo y
gracias al maldito escalofrío que volvió a apoderarse de mí y de todo mi cuerpo.
Alguien estaba ahí. Aun cuando mis ojos no habían
logrado posarse sobre los de quien me admiraba fijo, podía saberlo.
Tomé aire repetidas veces, sintiendo un escozor en
la boca de mi estómago, ansiando creer que todo era una nefasta pesadilla
creada por mi subconsciente. Pero estaba tan equivocada… aquello era demasiado
real, al igual que la presencia que tenía a mi espalda.
—¿Qué haces aquí? —Formulé con rabia en la voz—.
¿Qué no te quedó claro que no debías volver nunca?
—Eso se lo prometí a tu madre, no a ti —contestó con
la misma fría e impersonal voz de siempre, acallándome por un brevísimo momento.
Empuñé mis manos una a una, si hasta pensé en lanzarle
la regadera por la cara. Pero no, esa mujer no merecía nada de mí, menos que
por su causa yo me saliera de mis casillas.
Decidí actuar, era hora de ser valiente.
Me giré sobre mis talones para verla, y cuando finalmente
lo hice, solo logré apreciar a quien creí no volver a ver jamás.
Alta, erguida, vestida de negro desde la cabeza
hasta los pies, con la vejez surcándole el rostro, un tanto demacrada, mi
abuela materna me contemplaba sin siquiera parpadear. Y lo peor de todo era que…
ella no era un maldito fantasma, y podía ser peligrosa.
—Buenas noches, Gala. —Fue lo segundo que me dijo,
entrelazando sus manos, mientras me miraba con fijeza—. Me da gusto saber de ti
después de tanto tiempo.
—¿Te da gusto saber que estoy viva? —Ironicé—. ¿A
eso te refieres precisamente?
Al dar un par de pasos hacia mí, terminó
disimulando una particular sonrisa bobalicona.
—Veo que no has perdido tu tiempo y has conseguido
desarrollar y potenciar de positiva manera cada uno de tus dones.
—No voy a preguntarlo de nuevo, ¿qué haces aquí?
—Vine a verte. Después de todo, tú y yo somos
familia.
Reí a carcajadas frente a lo que mencionó, una verdadera
estupidez del porte de un trasatlántico.
—Tenemos que hablar. Es importante —prosiguió.
—¿Hablar? Que yo recuerde, no tengo nada que hablar
contigo.
—Pero yo sí, y vas a escucharme.
—No soy tan dócil y benevolente como lo fue mi
madre —le di a entender.
—Lo sé. Eres muchísimo más fuerte que ella —aseguró,
arrebatándome por varios segundos el habla—. Tiene que ser ahora. —Sin lugar a
dudas, se refería a nuestra inminente conversación—. No tengo mucho tiempo. —Su
mirada seguía siendo fría e intimidante, como bien la recordaba. Y por un instante
pensé estúpidamente que no me había buscado, esencialmente, para hablar sobre mamá.
—¿Qué quieres? —inquirí con fuerza en la voz, y de tosca
manera.
Esperé una pronta explicación de su parte, mientras
no cesaba de mirarme. A juzgar por lo que vi en sus seniles rasgos, ella, en su
juventud, había sido una mujer bellísima.
—Por lo visto, no vas a invitarme a entrar, y menos
pretendes invitarme a tomar un café.
Sonreí. Ahora, la que poseía una mirada fría, calculadora
e implacable era yo.
—¿Qué quieres? —Insistí por última vez, cansada de
sus jugarretas y nimiedades—. ¿Qué esperas de mí? ¿Que acaso te reciba con los
brazos abiertos? Abandonaste a mi madre a muy temprana edad, dejándola al
cuidado de un fanático religioso, ¡de un psicópata y violento enfermo!, ¡de un
hijo de puta! —vociferé, sin medir mis palabras y la ira que sentía por ella—,
al que jamás consideré mi abuelo.
Mi abuela dio otro paso más, empequeñeciendo el
espacio que nos separaba. De inmediato, un no menos perceptible escalofrío en
mi nuca me alertó.
—No se acerque —le exigí con vigor, levantando mi
brazo derecho, viendo cómo se detenía en el acto.
—¿Podrías guardar silencio, por favor? Necesito que
te calmes.
—¡Estoy calmada, maldita sea! —respondí furiosa.
Había logrado contaminarme con el mismo odio que mi madre sentía por esa mujer.
—Una vez te mencioné que no debías temerme.
—No le temo —rebatí muy segura de mis dichos—, solo
le estoy pidiendo que no se acerque a mí.
—Somos familia, Gala —me recordó.
—No, no lo somos. La única familia que yo tuve, fue
mi madre.
—Te equivocas, muchacha. Sanguíneamente, sigo
siendo tu abuela.
—No para mí —declaré con severidad.
Había algo en su mirada. De hecho, también en la forma
en la que se desenvolvía, lo que hizo que me pusiera a la defensiva.
—Ahora, y de una vez por todas sé clara. ¿Debido a
qué regresaste?
—Solo pasaba por aquí —susurró, admirando de reojo
todo a su alrededor.
Al oírla, enarqué una de mis cejas, una clara señal
de que no creía un carajo en sus palabras.
—¿Cómo me encontraste?
—Es relativamente fácil hallar a uno de los
nuestros.
Contuve el aliento por un brevísimo instante. ¿Qué
estaba diciendo? ¿Uno de los nuestros?
—Necesito que ahora mismo te vayas de aquí. No te
quiero cerca.
Un fugaz e inevitable recuerdo colmó cada recoveco
de mi mente. Intenté eliminarlo, pero fue en vano. Aún seguía ahí, y más vivo
que nunca.
—Gala, tenemos que hablar, y tiene que ser esta
noche.
—¿Por qué? ¿Por qué tanto interés en hablar conmigo?
—Ansié saber, perdiendo una vez más la compostura.
—¿Qué palabra de las que he articulado aún no has
comprendido? —Subrayó seriamente—. Es importante —recalcó con soberbia.
Sonreí divertida. Esa mujer no iba a amedrentarme
ni un segundo más.
—Claro… ¿Y pretendes que te deje entrar a mi
departamento para que también nos tomemos un café con galletitas?
—Es el único lugar en el cual tú, por ahora, puedes
estar segura.
Qué siniestro y a la vez ilógico sonó eso.
De pronto, y en un abrir y cerrar de ojos, mi
abuela materna desvió la vista hacia las escaleras, en especial, hacia la
oscuridad que reinaba en ellas. Movida por la curiosidad, terminé siguiendo la
dirección de sus ojos claros, muy parecidos a los míos.
—Tenemos que entrar —expresó sin rodeos y un tanto
nerviosa—. Ahora —añadió fieramente, llamando mi atención.
—No —contesté muy segura de ello.
—Tenemos que entrar—repitió tajantemente, apretando
sus dientes, cuando su vista iba hacia las escaleras y luego hacia mí.
—No —volví a proferir, mientras ella tragaba saliva
con rapidez y se volteaba hacia el comienzo de las escalones, dándome la
espalda, como si de alguna extraña forma intentara protegerme.
—Lo lamento, intenté hacerlo por las buenas, pero
ya que no deseas cooperar… —comentó, sacando un arma de fuego desde donde
quiera que la haya tenido escondida. Fue tan rápida su reacción que… le bastó
casi solo un segundo amenazarme con ella.
—¡Qué se supone que hace! —exclamé sin tanta
delicadeza, estudiando cada movimiento suyo, para evaluar así cuál iba a ser su
puntual reacción. ¿Dispararme? Ella… indudablemente, se preparaba para algo
más.
—¿Qué no es obvio? Intento protegerte —dijo rudamente,
y con todas sus letras, volteándose hacia las escaleras, mientras me admiraba
por el rabillo de sus ojos.
—¿Protegerme? —Al menos, no me estaba apuntando a
la cara—. ¿Protegerme de quién? —Esta mujer estaba verdaderamente loca.
Seguramente, su demencia senil avanzaba a pasos agigantados, haciéndole creer
todo tipo de imbecilidades que su mente creaba sin descanso.
—No de quien, sino de quienes —reveló.
—¿Quiénes? —pregunté una vez más, cansada de su
increíble capacidad de imaginar situaciones inverosímiles.
—Sí, de quienes están allí —indicó el mismo lugar
en el que tenía posados sus ojos claros, además de su arma cargada—, y
pretenden asesinarnos.
Continuará...

Qué tensión!! Quienes serán los que vienen?? Me encantó este capítulo!!
ResponderBorrarQué misterio me encanta!!
ResponderBorrarQue pasa Andrea con la saga médium me encanta
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