CAPÍTULO 6
“Lo
único que nos separa de la muerte es el tiempo.”
Imagina lo que ocurre cuando soñamos, y para
nosotros esa es la realidad. Solo logramos comprender que era un sueño cuando
despertamos. Claro que para despertar se necesita un cuerpo físico, así que,
entonces, ¿qué pasaría si de pronto ese cuerpo físico ya no estuviera? Es muy
simple, no tendríamos los medios para salir de esa realidad alterna y entender
lo que nos ha sucedido.
»Así el médium se vuelve un elemento clave, ya que
si sabe cómo hacerlo, puede prestar por un momento su cuerpo para que esa
persona despierte y recuerde lo que ha sucedido, es decir, que ha fallecido.
Solo así ese ser será capaz de ascender hacia la luz, para ir a donde todos
vamos.
—Eso quiere decir que ¿toda mi vida seré un
instrumento para aquellas almas que no saben a dónde ir y que no saben que
están muertas? Solo tengo dieciséis, doctor Würm, ¿cómo se supone que haré eso?
—inquirí un tanto asustada.
—Gala, no tengas miedo, el médium se va encontrando
con estos fenómenos que produce su habilidad, de una forma accidental, sin
siquiera proponérselo, y poco a poco va descubriendo sus dotes.
—¿Y qué cree usted que sucedería si yo rechazo
estos dotes? ¿Si el pavor que siento es más fuerte que mi voluntad?
—Intentarías taparlos, como se le dice
habitualmente.
Mi cara de contrariedad se lo dijo todo.
—Es decir, tratarás de evitar desarrollarlos, no
hablarás de esto con nadie, y si es posible, atrofiarás estas capacidades por
miedo a lo que el uso de ellas te ha dejado ver, o lo que se ha manifestado en
forma de poder o del tipo de percepción que poseas, como telekinesis, sanación,
profecías, comunicación interdimensional, posesión, etc.
Abrí la boca y luego la cerré. Preferí quedarme
callada frente a la última palabra que él había pronunciado.
Al verme en silencio, el doctor Würm prosiguió.
—Pero al final casi todos terminan, de una forma u
otra, desarrollando en mayor o menor medida esta capacidad. Y es que la vida no
nos da dones solo por nada, Gala.
—Una vez, usted me dijo que gracias a mi condición
yo estaba en medio de dos mundos.
—Así es, en el cielo y la tierra, en lo material y
lo espiritual, y en el de los vivos y el de los muertos —especificó,
provocándome con su enunciado que mi menudo cuerpo se estremeciera—. Un médium
es… como un faro de luz en medio de la oscuridad —explicó metafóricamente.
Tomé aire repetidas veces, al mismo tiempo que mis
ojos se depositaban en el grisáceo cielo que se hallaba en lo alto, por sobre
nuestras cabezas.
—A veces, me gustaría ser tan solo una chica
normal.
—Lo eres, pero con un propósito concreto, con unos
dones concretos, y como los utilices dependerá de las experiencias que tengas,
de tu entorno, y también de tu determinación personal.
Ahora, mis ojos se dejaron caer en los suyos. Lo vi
sonreír. El doctor Würm, con el paso de los años, ya no era tan solo mi
psiquiatra, sino que se había convertido en mi confidente, pero también en mi
amigo.
—Solo hay que saber escuchar, muchachita.
Recuérdalo siempre, solo hay que saber escuchar.
Con una de sus tibias manos palmeó enseguida una de
las mías, pero con cariño, como solía hacerlo siempre.
—Debemos volver. La tarde se está poniendo helada.
Asentí en concordancia a ello.
—Y mis huesos ya lo notan más que ayer y anteayer
—se quejó mientras se levantaba del asiento de madera en el cual nos
encontrábamos—. Además, ansío probar las galletas de tu madre —acotó,
regalándome un travieso guiño.
No pude más que reír frente a eso.
Y como todo un caballero, me tendió uno de sus
brazos para que lo tomara, como lo hacía siempre que caminábamos y charlábamos
por la ciudad, disfrutando de las hojas cómo caían a nuestro alrededor, en la
temporada otoñal, como el frío hacía de las suyas, estremeciéndonos en
invierno. Pero también, como las flores renacían en primavera y todo se llenaba
de color en verano, mientras en lo alto, el astro rey nos cobijaba brindándonos
todo su calor.
De pronto, al cruzar la calzada, y cuando ya nos
aprestábamos a entrar al jardín de la propiedad, oímos una poderosa voz a la
distancia, una que yo bien recordaba, la que no había escuchado en mucho
tiempo, pero que aun así no había conseguido olvidar con tanta facilidad.
—¡Papá!
De la sola impresión que me causó el haberla oído,
no pude dejar de temblar. El doctor Würm así lo advirtió de inmediato.
—Tranquila, todo va a estar bien. Es solo Klaus, mi
hijo.
Sí, su hijo, a quien no había visto desde aquella
vez, cuando se había suscitado “esa particular situación” al interior de la
oficina de su padre. Todavía recordaba cómo me había llamado, pero también cómo
me había hecho sentir tras sus acalorados gritos y furiosas recriminaciones.
Nicholas Würm se volteó en el acto y sonrió al ver
a su hijo como venía hacia él, con una gran sonrisa estampada en su semblante. Evidentemente
asombrado ante tamaña sorpresa, levantó la extremidad derecha, en la que
sostenía su bastón de apoyo, su nuevo amigo y leal compañero de sus habituales
caminatas.
—¡Hijo! ¡Pero qué haces aquí! —exclamó aún tomado
de mi brazo. Debido a ello, tuve que girarme hacia él. Klaus había crecido, su
cuerpo ya no era el de un muchacho, sino el de un joven atlético de salvaje
cabellera castaña, que solía peinar hacia atrás, o en cualquier dirección, desordenándola.
Sin duda alguna, la universidad le había sentado muy bien, llevándose consigo
todos sus rasgos de adolescente.
—¿Crees que iba a perderme tu fiesta de cumpleaños,
papá?
Al estar ya muy cerca, ambos se confundieron en un
gran abrazo colmado de cariño y devoción, situación que me permitió alejarme un
poco para no invadir su intimidad de padre e hijo.
—Mamá dijo que podría encontrarte disfrutando de tu
paseo habitual.
—¿Recuerdas a Gala, Klaus?
No quise levantar la mirada, pero cuando el doctor
Würm pronunció inevitablemente mi nombre, cambiando el curso de la
conversación, no me quedó otra alternativa que hacerlo.
—Claro que sí —contestó con frialdad, fijando sus
ojos en los míos por un breve instante—. ¿Cómo estás?
—Bien, gracias.
—Me alegro —fue solo lo que mencionó, centrando
toda su atención en su padre—. ¿Nos vamos? Vine a buscarte —le comunicó con desembozo,
sonriéndole, gesto que evitó obsequiarme a mí; seguramente porque recordaba lo
que había sucedido conmigo en el pasado.
—No antes de que probemos las exquisitas galletas
de Natalia. ¿Te nos unes, Klaus?
Su hijo no supo qué decir, es más, aunque lo
quisiera no podía contrariarlo; lo conocía, sabía que frente a ello no iba a
dar su brazo a torcer. Por mi parte, no me quedó más que tragar saliva con
efusividad.
—¿Le podrías avisar a tu madre, Gala? No quiero
importunarla.
—Sí, claro, yo… iré enseguida.
Me separé de ambos mientras los oía cuchichear. Probablemente,
su hijo le estaba diciendo que eso no era necesario, que podrían comprar en
cualquier dulcería algunas galletas más sabrosas y deliciosas que las que hacía
mamá.
No me tomó mucho tiempo entrar a la casa y
comentarle a mi madre lo que afuera sucedía, asombrándome enseguida de su inusitada
reacción.
—Por supuesto —dijo, y sonrió—, en nuestra mesa
siempre habrá cabida para alguien más—. Diles que pasen.
Al cabo de un momento, y ya desprendidos de sus
chaquetas, los invitados de mi madre probaban el exquisito chocolate caliente
que había preparado para acompañar el dulzor de las galletas caseras de canela
que el doctor Würm disfrutaba como si fuera un niño, comparándolas con las que
preparaba su madre, cuando ella vivía, pero asegurando que estas eran todavía
mejor.
La charla entre ambos fluía muy bien, si hasta
reían con naturalidad, cosa que no sucedía con su hijo, que no se veía para
nada contento y cómodo con estar hoy aquí, al interior de nuestro hogar.
—¿Gala, puedes avivar el fuego de la chimenea, por
favor? —preguntó mi madre de pronto. Obedecí a su requerimiento pidiendo
permiso para retirarme de la mesa, sin saber qué minutos más tarde Klaus
llegaría hasta la sala para ofrecerme su ayuda.
—¿Me dejas hacerlo? —formuló, sorprendiéndome, situándose
a mi lado, mientras veía cómo me ponía los guantes de protección para quitar con
ellos la rejilla caliente que cubría el frontis de la chimenea.
—No te preocupes, puedo hacerlo sin problemas —contesté.
—Es peligroso, podrías quemarte —acotó,
apartándomelos con sutileza de las manos, poniéndoselos él segundos después
para quitarla por mí—. Ahora, déjame ayudarte con los troncos, por favor.
¿Dónde están?
—Junto al recibidor —mencioné de inmediato,
observando cada movimiento suyo, por mínimo que este fuera. Con posterioridad,
lo vi cargar un par de troncos cortados, los que acomodó en el fuego,
intensificando las brasas que no demoraron en encender. Ninguno de los dos dijo
nada por un buen rato, no hasta que terminó de realizar su labor.
—Ahora está mejor, ¿te parece?
Asentí en agradecimiento. Luego, me senté en uno de
los sofás, mientras él se ponía de pie, esperaba que yo lo invitase a tomar
asiento en otro de ellos.
—¿Puedo acompañarte?
—Claro que sí, perdona… —Me sentía muy nerviosa
frente a su presencia. Es más, no sabía qué hacer o qué decir, al mismo tiempo
que él se reclinaba y entrelazaba sus manos.
—Las galletas de tu madre son muy buenas. ¿Las
sabes preparar?
—He visto como las hace. La receta es sumamente sencilla
—respondí.
—A mi padre le encantan.
—Por eso siempre prepara unas especiales para él,
sin gluten y bajas en sodio y azúcar. Pero no le digas, por favor, mi madre
solo quiere cuidar de su salud sin que él lo note.
—No te preocupes —sonrió a medias—, me llevaré ese
secreto a la tumba.
Yo también sonreí a medias al escuchar y comprender
su comentario.
Un nuevo silencio nos envolvió, mientras oíamos
como mi madre y su padre disfrutaban de la amena charla que mantenían en el
comedor.
—Yo… —se rascó una vez la nuca. Al parecer, se
sentía nervioso frente a lo que iba a mencionar—, tu madre es una persona muy
generosa, Gala. Por un momento, y en cuanto me vio, creí que iba a echarme a
patadas de tu casa.
—Mi madre cada vez me sorprende más. Siendo
sincera, también temí lo mismo.
Klaus asintió y sonrió espontáneamente por primera
vez.
—Todavía recuerdo lo que pasó hace algún tiempo.
Enseguida, clavé mi mirada verdosa en el piso,
avergonzada.
—No quiero hablar de eso, por favor.
—Comprendo. Yo… mejor me callo la boca —proclamó
así sin más. No deseaba importunarme, algo en su tono de voz me lo dio a
entender, ya que procuró cambiar de tema en el acto.
—Y… ¿Cómo va la escuela?
Parpadeé y tomé aire repetidas veces.
—Me va muy bien, gracias.
—¿Pretendes ir a la universidad?
—Sí, dentro de dos años.
—O sea, tienes dieciséis —dedujo.
—Pero el próximo mes ya serán diecisiete
—especifiqué, dejándoselo en claro.
Al oírme, otra sonrisa delineó en sus labios.
—¿Y qué deseas estudiar?
Parecía interesado en oír cada una de mis
respuestas. Si hasta su mal humor había mejorado con el transcurso de los
minutos.
—Algo relacionado con medicina, tal vez.
—Entonces, creo que seremos colegas, futura doctora
Falcó.
Asombrada, clavé mis ojos en los suyos gracias a
cómo se refirió a mí. Conocía mi apellido o quizás, aún lo recordaba.
—Mi padre habla mucho de ti. Te tiene mucho cariño.
—Lo siento.
—¿Lo sientes? ¿Por qué? —Entrecerró la vista,
parecía confundido.
—No debería ser así. Él es mi psiquiatra.
—Ya son varios años compartiendo con tu madre y
contigo, creo que ya se puede dar ese lujo, ¿no? Me refiero al de apreciarlas. Además,
me gusta ver cómo sonríe y bromea; en casa no sucede igual.
Estaba siendo sincero, demasiado para mi gusto,
tanto que… pude ver una pizca de tristeza en sus ojos al mencionarlo.
—Si no te parece bien o a tu madre, yo podría, tal
vez…
—No he dicho tal cosa, Gala, no me malinterpretes,
por favor. Solo fue un comentario.
—Espero que tú tampoco lo estés haciendo con
nosotras. Después de aquella vez, me quedó muy claro que… —Sin darme cuenta, yo
misma estaba sacando a relucir aquella situación que solo deseaba apartar de mi
mente.
—Lo siento mucho —comentó, mirándome con
preocupación—. No quise tratarte de la manera en que lo hice.
Al oírlo, me puse de pie y terminé temblando frente
a él como una pálida hoja de papel.
—No tienes que hacer esto.
—Yo creo que sí, y prefiero que sea en este momento
y no después.
Sin parpadear ni responder, lo contemplé a la
belleza de su penetrante mirada.
—Seguramente, nos veremos más a menudo después de
esta invitación —aseveró.
La verdad, yo esperaba que eso jamás ocurriera.
Segundos después, lo vi ponerse de pie y refregarse
las manos en sus jeans desgarbados.
—Así que… espero que puedas perdonarme. O al menos,
saber que lo intenté.
Las voces del doctor Würm junto a la de mi madre,
nos dieron a entender que ambos venían hacia donde nos encontrábamos.
—Ya podemos irnos, hijo. Natalia se aseguró de
convidarme una buena ración para acompañar el café de esta tarde.
Sus palabras nos hicieron sonreír. Fue en ese
momento en que Klaus y yo logramos intercambiar un par de fugaces miradas. Acto
seguido, lo vi sonreír y agradecerle a mi madre su invitación, así como
disculparse también con ella. Luego, cogieron sus abrigos, y ya con la ropa
puesta se despidieron de nosotras mientras mi madre los acompañaba hasta el
umbral de la puerta. Afuera, la luz de sol comenzaba a decaer, dándole paso a
un hermoso crepúsculo que no dejé de admirar por entre las cortinas semi
abiertas de la sala, por las cuales también pude verlo a él.
—¿Todo bien? —dijo mi madre al entrar y cerciorarse
de que la chimenea tuviese madera suficiente para gran parte de la tarde y de
la noche.
—Sí, todo bien.
—Estaremos calentitas —añadió enseguida—. Gracias,
hija.
—Fue obra de Klaus. Él lo hizo.
—Qué amable.
—Mamá, ¿por qué decidiste invitarlo después de lo
que sucedió?
Mi madre me observó con extrañeza.
—Sabes a qué me refiero. Ahora, dime, ¿por qué no
lo echaste a patadas después de cómo nos trató?
—En primer lugar, por el doctor Würm.
—¿Y en segundo lugar?
—Porque no voy a juzgarlo, Gala. Porque si yo
hubiese estado en su lugar, créeme, me habría comportado igual o peor que él
ante lo que estaba viendo y escuchando.
Mi madre siempre procuraba ser tan asertiva con
cada uno de sus comentarios.
Crucé mis brazos por sobre mi pecho y suspiré.
—Bienaventurados los que no ven y creen —filosofó.
A continuación, se aceró a mí para regalarme un dulce beso y un cariñoso abrazo.
—No cuesta nada ser generosos, hija.
—¿Lo serás también con Agnes Würm?
—No me pidas imposibles, ¿quieres?
Ambas reímos a viva voz.
—Él… me pidió disculpas, mamá.
—Me alegra escuchar eso.
—A mí también —susurré, sintiéndome un tanto
avergonzada por haberle confiado aquello.
—No tienes de qué avergonzarte, menos si a él le
nació hacerlo. Haya o no haya sido de corazón, ya es un gran paso, ¿no crees?
—Tú… ¿crees que él aún piense en lo que vio?, y que
asimismo crea que yo estoy…
—Gala, lo que te tiene que importar eres tú, no lo
que piensen los demás acerca de ti. ¿Estamos claras?
—Sí, mamá.
—Muy bien. Ahora, si deseas ayudarme a limpiar, ya
sabes dónde encontrarme.
Me acarició el rostro con ternura y desapareció, anunciándome
que iría a ordenar el desastre que aún la esperaba en la cocina.
Pensé en lo que me dijo y en la situación que
minutos antes había vivido con él, dejando que por algo más que una milésima de
segundo se me escapara una risilla traviesa.
****
Me detuve abruptamente al bajar del ascensor. Mis
pies, al parecer, se negaban a continuar andando.
Camilo lo notó y se detuvo, confundido.
—¿Por qué te detienes? —mencionó.
—Intuición —manifesté, alzando la mirada hacia
quien ya conseguía ver de espaldas.
Camilo siguió la dirección de mi vista para comprender
a qué me refería exactamente con aquella palabra.
—No te preocupes por ella —me sugirió—. Deja todo
en mis manos.
—Esto es una locura. ¿Realmente quieres que yo…?
—Gala, lo que te tiene que importar eres tú, no lo
que piensen los demás acerca de ti. ¿De acuerdo?
Me perdí en sus ojos al evocar a mi fallecida
madre. Y sonreí, asintiendo.
—Agnes Würm es una mujer difícil de manejar y
comprender, Camilo.
—Te lo repito, confía en mí y deja todo en mis
manos.
Suspiré prominentemente, y me llevé una de las mías
a la frente. Camilo estaba arriesgando demasiado, y lo peor de todo era que no
se estaba dando cuenta de ello. O quizás, sí, y la razón solo deseaba pasarla
por alto.
—Gala… solo una cosa más.
—Dime.
—Cuanto estés allí, con Klaus… dile que lo extraño
y que me… perdone, por favor.
Sinceridad. Eso irradiaba su mirada.
—Sé muy bien que no puede oírte por su condición,
pero…
—Pase lo que pase, así lo haré —lo interrumpí—. No
te preocupes, Camilo, a pesar de lo que todos crean o piensen, él sí puede
oírme. Sé que puede oírme —proferí con convicción.
—Gracias —contestó tímidamente; parecía apenado,
pero también muy avergonzado. Luego de ello, se apartó de mí para avanzar en
solitario hacia donde se encontraba la madre de Klaus, junto a otras personas
que parecían ser parte de su círculo de amistades. Por mi parte, me quedé de
pie junto a los ascensores, observando lo que entre ambos acontecía, la forma
en como ella lo abrazaba y lloraba, desconsolada, y como él la confortaba y le
decía, tal vez, que todo iría bien, que solo debía tener fe y jamás perder las
esperanzas.
Por Klaus supe lo muy amigos que habían sido, y por
él también supe cómo todo llegó a su fin, luego de una golpiza en la cual ambos
se vieron enfrascados. ¿El motivo? Eso jamás me fue revelado. Pero la razón
debía ser muy compleja para que Camilo hoy estuviese aquí, dando todo de sí
frente a Agnes para que yo pudiese entrar a la sala donde tenían internado a su
amigo. Porque jamás se refería a Klaus de manera diferente o con rabia, como
debía de ser, tras esa situación. Es más, la tristeza que habitaba en sus ojos
debía ser igual o mayor a la que existía en su corazón maltrecho.
Mis manos sudaban de considerable manera, mis ojos
parpadeaban sin poder dejar de hacerlo y en mi cabeza solo estaba él, junto a
la remota posibilidad de verlo, de tocarlo, de sentir que todavía su espíritu
estaba conmigo, luchando por quedarse, peleando por salir airoso de esta
pesadilla que parecía no tener final, la que había empezado el maldito día en
que había tomado la decisión de quedarse conmigo, a mi lado, obviando todo lo
demás.
Mi barbilla tembló frente a ese poderoso recuerdo y
una lágrima fugaz se derramó por mi mejilla. De pronto, Agnes se volteó hacia
mí para verme fijo, desde su sitio, con ira. Estoica, no conseguí mover un solo
músculo de mi cuerpo, esperaba una reacción suya, quizás su histeria, tal vez
sus gritos recriminadores, pero en especial, todo el odio que ella sentía por
mí y que cínicamente ocultaba tras ese disfraz de mujer condescendiente y madre
abnegada.
En aquel lugar los segundos parecían eternos,
mientras yo sentía que a mi alrededor el tiempo transcurría de prisa, hasta que
su vista volvió a recaer en la de Camilo, obviándome, como si yo no existiera.
Agnes se volteó, dándome finalmente la espalda. Frente a ese gesto, mi última
posibilidad parecía haberse ido por completo al tacho de la basura. Esa mujer
me odiaba con todo su corazón y jamás daría su brazo a torcer con respecto a mí
y lo que sentía por su hijo.
Comencé a lloriquear en silencio, no pude dejar de
hacerlo por más que así lo deseé, al mismo tiempo que Camilo sonreía y me hacía
un gesto cómplice con su cabeza. Sí, un sorpresivo y determinante gesto que me
hizo llorar todavía más, al comprenderlo, pero de auténtica felicidad e inmensa
alegría.
Torpemente caminé hacia ambos y de la misma manera
y con el rostro totalmente humedecido le agradecí a Camilo lo que había hecho
por mí, apresurando cada vez más mi andar, percibiendo el frenético latir de mi
corazón desbocado, que en ese momento ambicionaba solo una cosa: volver a ver a
Klaus para repetirle, al igual que aquella vez, y con las mismas palabras que
él había utilizado para conmigo, que lo amaba… sin tiempo, sin obstáculos y sin
razón.
Él no iba a morir, tenía que ser fuerte.
Y yo… no iba a dejarlo partir. Su alma aún formaba
parte de este mundo.
Continuará...


Al fin lo podrá ver! Qué pasará ?? Por favor !! Más...
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