martes, 19 de febrero de 2019

Saga Médium / Almas Errantes Capítulo 8



CAPÍTULO 8




“.Algunos recuerdos son puñaladas que no sangran, pero duelen.”

“…inusitadamente una figura apareció de un modo bastante etéreo, sin rastro de daño alguno, haciéndome dudar de si realmente estaba viva o muerta. Pero sus ojos… con solo verlos pude comprender fehacientemente que todavía corría sangre tibia por sus venas…”
—Gala…
Oí la voz de Camilo a la distancia, llamándome.
—Gala —pronunció mi nombre una vez más, sin que yo me diera realmente cuenta de ello. ¿Por qué? Porque para mi mala suerte, todavía no podía apartar de mi mente lo que había sucedido hace un momento con aquella desconocida. Sí, con esa mujer de mi pasado, a la que recordaba perfectamente.
Ensimismada en mis propias interrogantes y tribulaciones, no me percaté de que Camilo detenía el coche frente al edificio en el cual yo residía. No hasta que su poderosa mano se dejó caer sobre uno de mis hombros, al que le dio un leve y sutil apretón.
—¿Sigues aquí? —Intentó traerme de vuelta de donde sea que yo, en ese instante, estuviese.
Rápidamente, giré mi rostro hacia él, sin saber qué hacer ni qué decir. ¿En qué nos habíamos quedado?
—¿Dijiste algo? —articulé contrariada, entrecerrando la mirada, ajena a lo que sea que él hubiese dicho.
—Te pregunté si aún seguías aquí —repitió muy quedamente, admirándome fijo.
Ansié decirle que sí, pero no pude hacerlo. En vez de eso, solo conseguí suspirar con prontitud.
—Te quedaste callada.
—La verdad, no hay mucho que decir.
—¿Estás segura?
—Por supuesto. Solo quiero llegar a casa y descansar. —Bostecé para que mi comentario, a sus ojos, fuera del todo creíble.
Estaba loco si creía que iba a entrar en su juego detectivesco.
—Entonces, ¿por qué te noto algo tensa?
—Ideas tuyas —comenté en el acto y absolutamente relajada, según mi humilde opinión.
—Desde que salimos de los estacionamientos de la clínica, no has dejado de ver por el espejo retrovisor —me señaló.
¿Qué a este hombre no se le iba un solo detalle?
—Yo también conduzco. —Le recordé, rememorando enseguida el porqué de mi intranquilidad.
Pretendí actuar lo más serena posible. Debía tener muchísimo cuidado para no levantar en él algún tipo de sospecha.
Unos segundos después, liberé una larga y profunda exhalación.
—Solo quiero dormir. Lo necesito —acoté tras parpadear un par de veces.
—Tienes turno esta noche. —Sus palabras fueron una clara afirmación.
—Sí, hay muchísimo trabajo en la unidad.
Abrí la boca y luego la cerré. Preferí no entregarle más detalles al respecto.
—Vendré por ti para llevarte al Servicio Médico Legal.
Enseguida, rodé los ojos hacia un costado, antes de animarme a continuar.
—No es necesario. Puedo irme en mi todoterreno y… —De súbito recordé dónde se hallaba aparcado—. No hace falta. Tomaré un taxi. No tienes que preocuparte por mí.
—¿A las siete y treinta está bien para ti?
No iba a rendirse. Con aquello me lo estaba dejando más que claro.
—Ya has hecho suficiente, Camilo —pronuncié con convicción. De pronto, me di cuenta de dónde nos encontrábamos—. Gracias por traerme a casa. —Sin vacilar, bajé del coche a vista y paciencia de su intimidante mirada. Y de la misma manera abrí la puerta trasera del vehículo, para sacar del asiento mi maletín de trabajo, así como mi gabardina. Con ambos ya en mis manos, cerré la puerta, advirtiendo como se bajaba de su coche, situándose a un costado de él. Al parecer, nuestra charla no había concluido.
—Vendré por ti a las siete y treinta —sentenció con frialdad.
Al oírlo, enarqué una de mis cejas, contrariada.
—No hace falta. Gracias.
—Tu todoterreno está en los estacionamientos del Servicio Médico Legal.
—Lo sé, por eso tomaré un taxi.
—Gala…
—No hace falta que lo hagas —repetí, sin dar mi brazo a torcer—. De verdad, ya hiciste demasiado.
—Nunca es suficiente —dijo envalentonado y sin titubear.
Por algunos segundos, los dos decidimos guardar silencio. Había algo en su mirada. Algo que no había advertido sino hasta este extraño momento.  Sus ojos no podían engañarme. En ellos había cierta cuota de culpabilidad.
—¿Qué ocurre contigo? —inquirí dispuesta a conocer los pormenores de su propia boca. Era mi turno de obtener respuestas.
—¿A qué te refieres?
—A tu comportamiento, Camilo.
—¿Mi comportamiento?
—Sí —asentí—. Ese proceder tuyo tan… particular —enfaticé.
—Solo pretendo ser amable contigo, Gala.
—Y yo lo aprecio. De veras que lo aprecio muchísimo, pero… no deja de causarme cierta confusión la manera en la que te comportas.
—¿Qué tiene de raro mi amabilidad?
—Tú deberías saberlo mejor que yo. Eres tú el que desea enmendar algo, ¿o me equivoco? —me aventuré a expresar sin saber si estaba en lo cierto.
Camilo enmudeció y con posterioridad clavó la vista en el piso. De inmediato percibí su agobio, además de su intranquilidad; no estaba para nada cómodo con mi comentario. ¿O a estas alturas debía decir vaticinio?
Al cabo de unos segundos, decidió alzar la vista hacia el nuboso cielo que nos cobijaba.
—Es… complicado —mencionó, sin entregarme detalles.
—Lo sé. Tu mirada me lo dice —afirmé sin titubear.
Sonrió de manera agraz, mientras se llevaba una de sus manos hacia su mentón, el que acarició un par de veces, meditabundo.
—Pudiste haber sido detective. Tienes una percepción digna de admirar, Falcó.
Asentí nuevamente, dándole la razón.
—Vendré por ti a las siete y treinta —reafirmó muy convencido.
Ahí íbamos de nuevo.
—Camilo… ¿Alguna vez me dirás por qué Klaus y tú se pelearon? —Ataqué, esperando que obviara mi pregunta.
—Tal vez.
—Tal vez, ahora sea el momento, ¿no crees? Yo confié en ti, y créeme, quiero seguir haciéndolo.
Se tomó su tiempo antes de animarse a contestar.
—Si no hay más remedio… Porque me comporté con mi mejor amigo como un miserable, vil y despreciable desgraciado —comentó con decisión, y un tanto avergonzado.
Al oírlo, mi interés fue aún mayor.
—Él no se lo merecía… —admitió, dejándome todavía más interesada y perpleja.
—No se merecía qué.
—Que su mejor amigo le mintiera, le fallara, y le diera la espalda de esa manera.
—De qué manera.
—De una indigna manera.
—Un error lo comete cualquiera —aseguré, encogiendo mis hombros, dirigiendo la conversación hacia el punto exacto en el cual deseaba abordarlo.
—El que yo cometí, no fue cualquier error, Gala.
—¿Qué pudo haber sido tan grave para que te sientas así?
Camilo no dijo nada. «El que calla, otorga», dicen…
—Solo… espero que algún día me perdone.
—Y tú, ¿lograrás perdonarte a ti mismo?
—No lo sé —respondió en el acto—. Yo… ciertamente, no lo sé.
Gracias a esa ambigua respuesta no me costó deducir que su vergüenza era aún mayor de la que me demostraba—. Vendré por ti a las siete y treinta —reiteró, dándolo por hecho.
—Si acepto tu ofrecimiento, ¿me dejarás en paz? —Fue mi enfática respuesta.
—No puedo prometer nada —contraatacó, regalándome una siniestra sonrisa un tanto amarga. Por mi parte, cerré los ojos y suspiré, cansada de protestar—. De acuerdo —dijo a regañadientes, logrando que gracias a esas dos palabras yo volviera a mirarlo a los ojos con incredulidad—, no pretendo atosigarte.
—Gracias. Tomaré eso como un cumplido. —A continuación, giré sobre mis talones para comenzar a caminar en dirección a la entrada del edificio, pero me detuve, todo y gracias a las inusitadas palabras que a la distancia declaró.
—Gracias por confiar en mí, Gala.
Me volteé solo para responderle con la mayor sinceridad posible:
—Todavía no cante victoria al cien por ciento, Comisario.

***

Afuera había algo de niebla. En esta especial época del año comenzaba a oscurecer más temprano, por lo tanto, a las siete con quince de la tarde ya todo estaba cubierto por un manto negruzco, así como también por el frío otoñal que envolvía a la ciudad.
Me disponía a dejar todo preparado en uno de los sofás ante la inminente llegada de Camilo, cuando recordé que las plantas que decoraban la entrada de mi departamento no se alimentaban solas. Fui por la regadera, en la cual vertí suficiente agua para regarlas. Tenía tiempo suficiente para ello, tanto para las del interior, como también para las del exterior de mi departamento.
Mientras realizaba esa tarea, arrodillada frente a la Costilla de Adán, como usualmente se le conoce a la Monstera deliciosa —una planta trepadora que resulta ideal para ambientes con poca luz, como porterías o entradas de edificios—, la luz del pasillo del piso seis, en el cual me encontraba, parpadeó, y no una, sino varias veces. «Tal vez la bombilla esté floja», pensé, levantando deliberadamente la vista hacia una de las luces que allí se hallaba, la más próxima a mí para ser exactos. Fue extraño, a decir verdad, cuando mis ojos se depositaron en aquella pequeña lámpara, porque de pronto, sentí un incómodo silencio perpetuarse a mi alrededor, además de un raro escalofrío que recorrió mi espalda de punta a punta.  
Muy lentamente me puse de pie, todo y gracias a mi instinto. De la misma forma miré a todos lados, centrando mi vista en cada puerta cerrada de los otros departamentos que conformaban el piso seis, pero también en la entrada de mi hogar, que se hallaba entreabierta.
—Debe ser mi imaginación —murmuré tontamente, creyendo que no había sido una genial idea haber bebido un poco de vino tinto. Sonreí, admitiendo que, de una forma u otra, el líquido ambarino frutal había estado exquisito.
Luego, volví a verter un poco de agua sobre la misma planta, notando que la luz de la bombilla continuaba pestañeando.
—Listo, amiguita. Ya tienes suficiente agua —mencioné, dirigiéndome hacia la planta, a la que le acaricié un par de sus brillantes y verdes hojas, admirando lo bellas que eran, tal y como mi madre lo hacía cuando vivía, de quien había obtenido ese especial gusto y dedicación por las plantas—. Nos vemos a mi regreso. No me esperes despierta —bromeé, apartándome de ella, irguiéndome para empezar a caminar solo un par de pasos, los que me separaban del umbral, y los que en definitiva no pude dar, quedándome paralizada, todo y gracias al maldito escalofrío que volvió a apoderarse de mí y de todo mi cuerpo.
Alguien estaba ahí. Aun cuando mis ojos no habían logrado posarse sobre los de quien me admiraba fijo, podía saberlo.
Tomé aire repetidas veces, sintiendo un escozor en la boca de mi estómago, ansiando creer que todo era una nefasta pesadilla creada por mi subconsciente. Pero estaba tan equivocada… aquello era demasiado real, al igual que la presencia que tenía a mi espalda.
—¿Qué haces aquí? —Formulé con rabia en la voz—. ¿Qué no te quedó claro que no debías volver nunca?
—Eso se lo prometí a tu madre, no a ti —contestó con la misma fría e impersonal voz de siempre, acallándome por un brevísimo momento.
Empuñé mis manos una a una, si hasta pensé en lanzarle la regadera por la cara. Pero no, esa mujer no merecía nada de mí, menos que por su causa yo me saliera de mis casillas.
Decidí actuar, era hora de ser valiente.
Me giré sobre mis talones para verla, y cuando finalmente lo hice, solo logré apreciar a quien creí no volver a ver jamás.
Alta, erguida, vestida de negro desde la cabeza hasta los pies, con la vejez surcándole el rostro, un tanto demacrada, mi abuela materna me contemplaba sin siquiera parpadear. Y lo peor de todo era que… ella no era un maldito fantasma, y podía ser peligrosa.
—Buenas noches, Gala. —Fue lo segundo que me dijo, entrelazando sus manos, mientras me miraba con fijeza—. Me da gusto saber de ti después de tanto tiempo.
—¿Te da gusto saber que estoy viva? —Ironicé—. ¿A eso te refieres precisamente?
Al dar un par de pasos hacia mí, terminó disimulando una particular sonrisa bobalicona.
—Veo que no has perdido tu tiempo y has conseguido desarrollar y potenciar de positiva manera cada uno de tus dones.
—No voy a preguntarlo de nuevo, ¿qué haces aquí?
—Vine a verte. Después de todo, tú y yo somos familia.
Reí a carcajadas frente a lo que mencionó, una verdadera estupidez del porte de un trasatlántico.
—Tenemos que hablar. Es importante —prosiguió.
—¿Hablar? Que yo recuerde, no tengo nada que hablar contigo.
—Pero yo sí, y vas a escucharme.
—No soy tan dócil y benevolente como lo fue mi madre —le di a entender.
—Lo sé. Eres muchísimo más fuerte que ella —aseguró, arrebatándome por varios segundos el habla—. Tiene que ser ahora. —Sin lugar a dudas, se refería a nuestra inminente conversación—. No tengo mucho tiempo. —Su mirada seguía siendo fría e intimidante, como bien la recordaba. Y por un instante pensé estúpidamente que no me había buscado, esencialmente, para hablar sobre mamá.
—¿Qué quieres? —inquirí con fuerza en la voz, y de tosca manera.
Esperé una pronta explicación de su parte, mientras no cesaba de mirarme. A juzgar por lo que vi en sus seniles rasgos, ella, en su juventud, había sido una mujer bellísima.
—Por lo visto, no vas a invitarme a entrar, y menos pretendes invitarme a tomar un café.
Sonreí. Ahora, la que poseía una mirada fría, calculadora e implacable era yo.
—¿Qué quieres? —Insistí por última vez, cansada de sus jugarretas y nimiedades—. ¿Qué esperas de mí? ¿Que acaso te reciba con los brazos abiertos? Abandonaste a mi madre a muy temprana edad, dejándola al cuidado de un fanático religioso, ¡de un psicópata y violento enfermo!, ¡de un hijo de puta! —vociferé, sin medir mis palabras y la ira que sentía por ella—, al que jamás consideré mi abuelo.
Mi abuela dio otro paso más, empequeñeciendo el espacio que nos separaba. De inmediato, un no menos perceptible escalofrío en mi nuca me alertó.
—No se acerque —le exigí con vigor, levantando mi brazo derecho, viendo cómo se detenía en el acto.
—¿Podrías guardar silencio, por favor? Necesito que te calmes.
—¡Estoy calmada, maldita sea! —respondí furiosa. Había logrado contaminarme con el mismo odio que mi madre sentía por esa mujer.
—Una vez te mencioné que no debías temerme.
—No le temo —rebatí muy segura de mis dichos—, solo le estoy pidiendo que no se acerque a mí.
—Somos familia, Gala —me recordó.
—No, no lo somos. La única familia que yo tuve, fue mi madre.
—Te equivocas, muchacha. Sanguíneamente, sigo siendo tu abuela.
—No para mí —declaré con severidad.
Había algo en su mirada. De hecho, también en la forma en la que se desenvolvía, lo que hizo que me pusiera a la defensiva.
—Ahora, y de una vez por todas sé clara. ¿Debido a qué regresaste?
—Solo pasaba por aquí —susurró, admirando de reojo todo a su alrededor.
Al oírla, enarqué una de mis cejas, una clara señal de que no creía un carajo en sus palabras.
—¿Cómo me encontraste?
—Es relativamente fácil hallar a uno de los nuestros.
Contuve el aliento por un brevísimo instante. ¿Qué estaba diciendo? ¿Uno de los nuestros?
—Necesito que ahora mismo te vayas de aquí. No te quiero cerca.
Un fugaz e inevitable recuerdo colmó cada recoveco de mi mente. Intenté eliminarlo, pero fue en vano. Aún seguía ahí, y más vivo que nunca.
—Gala, tenemos que hablar, y tiene que ser esta noche.
—¿Por qué? ¿Por qué tanto interés en hablar conmigo? —Ansié saber, perdiendo una vez más la compostura.
—¿Qué palabra de las que he articulado aún no has comprendido? —Subrayó seriamente—. Es importante —recalcó con soberbia.
Sonreí divertida. Esa mujer no iba a amedrentarme ni un segundo más.
—Claro… ¿Y pretendes que te deje entrar a mi departamento para que también nos tomemos un café con galletitas?
—Es el único lugar en el cual tú, por ahora, puedes estar segura.
Qué siniestro y a la vez ilógico sonó eso.
De pronto, y en un abrir y cerrar de ojos, mi abuela materna desvió la vista hacia las escaleras, en especial, hacia la oscuridad que reinaba en ellas. Movida por la curiosidad, terminé siguiendo la dirección de sus ojos claros, muy parecidos a los míos.
—Tenemos que entrar —expresó sin rodeos y un tanto nerviosa—. Ahora —añadió fieramente, llamando mi atención.
—No —contesté muy segura de ello.
—Tenemos que entrar—repitió tajantemente, apretando sus dientes, cuando su vista iba hacia las escaleras y luego hacia mí.
—No —volví a proferir, mientras ella tragaba saliva con rapidez y se volteaba hacia el comienzo de las escalones, dándome la espalda, como si de alguna extraña forma intentara protegerme.
—Lo lamento, intenté hacerlo por las buenas, pero ya que no deseas cooperar… —comentó, sacando un arma de fuego desde donde quiera que la haya tenido escondida. Fue tan rápida su reacción que… le bastó casi solo un segundo amenazarme con ella.
—¡Qué se supone que hace! —exclamé sin tanta delicadeza, estudiando cada movimiento suyo, para evaluar así cuál iba a ser su puntual reacción. ¿Dispararme? Ella… indudablemente, se preparaba para algo más.
—¿Qué no es obvio? Intento protegerte —dijo rudamente, y con todas sus letras, volteándose hacia las escaleras, mientras me admiraba por el rabillo de sus ojos.
—¿Protegerme? —Al menos, no me estaba apuntando a la cara—. ¿Protegerme de quién? —Esta mujer estaba verdaderamente loca. Seguramente, su demencia senil avanzaba a pasos agigantados, haciéndole creer todo tipo de imbecilidades que su mente creaba sin descanso.
—No de quien, sino de quienes —reveló.
—¿Quiénes? —pregunté una vez más, cansada de su increíble capacidad de imaginar situaciones inverosímiles.
—Sí, de quienes están allí —indicó el mismo lugar en el que tenía posados sus ojos claros, además de su arma cargada—, y pretenden asesinarnos.

Continuará...